Lingüística computacional

El lingüista computacional había acudido al congreso internacional en su calidad de experto en procesamiento de lenguajes naturales. Disponía de la tarde libre, así que en la propia cafetería del hotel se sintió tentado de sacar su disciplina fuera de las máquinas, igual que otros salen del armario. Animado por la atmósfera profesional que se respiraba en el ambiente, buscó la ocasión de poner en práctica sus investigaciones y aplicarlas al contexto que tenía más a mano: el suyo propio. Si era capaz de resolver ambigüedades sintácticas creando algoritmos que interpretaban el valor semántico de los actos de habla, tampoco iba a resultarle muy complicado establecer contacto con las dos bellas colegas japonesas que tenía como vecinas de mesa y que no paraban de emitir agudas interjecciones entre risitas. No entender el japonés hablado suponía un obstáculo minúsculo para un ingeniero del lenguaje conectado a la wifi del hotel, era pan comido. Siempre había albergado la fantasía de montarse un trío con dos chicas orientales y al fin veía el momento de activar el protocolo semiótico que se había construido en su imaginación a lo largo de tantas noches en vela, perdido entre unidades sintácticas y endiablados códigos. El lingüista se armó de valor y, exhibiendo un correcto control del lenguaje corporal, se aproximó a ellas con gesto decidido que concluyó en una inclinación casi espontánea. Cuando llegó al momento de hablar, echó mano de la aplicación que él mismo había diseñado y solo tuvo que darle al play. Las chicas reaccionaron con asombro ante el ingenio lingüístico que las abordaba. Al instante saltaron de sus asientos y accedieron gustosas a acompañarle, sin apenas contener su excitación mientras se perdían en el laberinto de pasillos que conducía a las habitaciones.

Tras un par de horas de retozo apasionado, una vez convertida en realidad su fantasía, ellas terminaron exigiéndole, con gestos muy claros, el cobro del servicio. Finalmente, el lingüista comprendió que se había producido un equívoco: aquellas chicas, a las que había tomado por colegas japonesas, no eran expertas en lingüística computacional.

Entonces ¿quiénes eran?

Festival Med 2014

El equipo de Nosoloimpulsos al completo, como cada verano a eso de finales de junio, se traslada al Festival Med de Loulé a vivir la ilusión de que cuando empieza la música empiezan también las vacaciones. Me alegra comprobar año tras año que esa ilusión de tan hondo calado sigue resistiendo a pesar de todo. Quizá sea mejor no decirlo muy alto, pero me siento obrigado, por eso os dejo amorosamente esta galería de imágenes:

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y también este vídeo

Polonizing


Advertencia a los perspicaces lectores de Nosoloimpulsos. Es posible que hayan reparado en que esta entrada ha sido reeditada y, en lugar de una simple y sosa galería de fotos (que aun así hemos decidido mantener debajo de este texto) hay un documento videográfico mucho más rico y con música de Coroco Bocaíto como mandan los cánones. Incluso el título ha mutado a “Polonizing”, cosa extraña.
Nosoloimpulsos, siempre evolucionando para seguir igual.

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Poemario 21

Puedo escriturar los vertebrados más triturables esta noche.
 
Escriturar, por ejemplo: “la noción está estrellera
y tironean, azulencos, los astrofísicos, a lo lejos”.
 
El vientre de la noción gitanea en el ciempiés y cantonea.
 
Puedo escriturar los vertebrados más triturables esta noche.
Yo la queseé, y a veces ella también me queseó.
 
En las nociones como esta la tensé entre mis brazuelos.
La bestialicé tantas veces bajo el ciempiés infinitoso.
 
Ella me queseó, a veces yo también la queseaba.
Cómo no haber amarañado sus grandilocuentes ojuelos filamentosos.
 
Puedo escriturar los vertebrados más triturables esta noche.
Pensionar que no la tironeo, señalar que la he perdonado.
 
Ojetear la noción inmensurable, más inmensurable sin ella.
Y el vertebrado cafetea al almacén como al pastor el rodaballo.
 
Qué importa que mi amoralismo no pudiera guarecerla.
La noción está estrellera y ella no está conmigo.
 
Eso es todo. A lo lejos alguien cantonea. A lo lejos.
Mi almacén no se contesta con haberla perdonado.
 
Como para acerrojarla, mi miradura la buzonea.
Mi corbata la buzonea, y ella no está conmigo.
 
La misma noción que hace blanquecer los mismos arbolarios.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
 
Ya no la queseo, es cifrado, pero cuánto la queseé.
Mi vozarrón buzoneaba el vientre para toldar su ojal.
 
De otro. Será de otro. Como antes de mis vertebrados.
Su vozarrón, su cuervo clarucho. Sus ojuelos inflacionarios.
 
Ya no la queseo, es cifrado, pero tal vez la queseo,
Es tan coruñés el amoralismo, y es tan larguirucho el ombligo.
 
Porque en nociones como esta la tensé entre mis brazuelos,
Mi almacén no se contesta con haberla perdonado.
 
Aunque este sea el último domador que ella me cautiva
Y estos sean los últimos vertebrados que yo le escrituro.

Veintiocho cuentos impulsivos

Sin aspirar a que esto tenga necesariamente que convertirse en una tradición anual, aquí va mi regalo por el Día del libro.

28cuentos copiaVersión MOBI (para Kindle)

28cuentos copiaVersión ePub (para otros lectores)

28cuentos copiaVersión PDF (para todos)

 

 

 

Tampoco estoy regalando nada que no haya regalado antes, no es más que la última recopilación de historias, aquellas que no entraron en la primera que ya publiqué hace poco más de un año. Que ustedes la disfruten, si pueden.

Luz verde

Era la acompañante perfecta para volver al hotel, sobre todo a esas horas de la noche, así que en cuanto la vio aparecer abrió la puerta y se lanzó al asiento del copiloto. Ella le recibió con amabilidad, incluso bromeó mientras le ayudaba a abrocharse el cinturón. Él también trató de mostrarse complaciente. Pudo fijarse en sus delgados brazos, le llamó la atención el tatuaje que se perdía en la manga de su camisa, bajo la que se adivinaban unos pechos bien proporcionados. Se sintió afortunado, ni en sus mejores sueños había imaginado regresar con una mujer tan atractiva. Le cautivaba ese aire desenfadado y sugerente que se respiraba dentro del vehículo, al que contribuía la música a un volumen que les permitía conversar. Empezaron hablando de asuntos triviales, hasta que poco a poco fueron entrando en confidencias más íntimas. Le sedujo su visión despreocupada de las cosas, su desparpajo, el gesto con que se giraba de cuando en cuando para regalarle una sonrisa, desatendiendo unos segundos la conducción con tal de devolverle la mirada. Era una mirada dulce. Definitivamente le gustaba, le gustaba mucho, y se sentía feliz de que le hubiera tocado en suerte, se excitaba solo de pensar en la idea de invitarla a una copa, sintió enormes deseos de besarla, incluso estuvo a punto de abalanzarse sobre ella. Sin embargo, al finalizar el trayecto apenas se atrevió a balbucear una despedida afectuosa, rebuscando en su billetera a ver si encontraba suelto para ajustarse a la cantidad que marcaba el taxímetro. En la escalera del hotel encendió un pitillo y se quedó contemplándola mientras ella hacía la pirula en el cruce para dar la vuelta. Con tristeza, la vio encender la luz verde. De nuevo quedaba libre, expuesta a los peligros de la noche. A cualquier baboso.

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El sonido de la hormigonera

hormigonera-bf01Me acostumbré al sonido de la hormigonera, su runrún continuo me ayudaba a adormecerme después de cada almuerzo. Me gustaba imaginar el giro de sus engranajes, una poderosa vibración se apoderaba del salón cada vez que la ponían en funcionamiento. Cuando la máquina se paraba, empezaban los porrazos despiadados, azulejos rotos, rascados, chirridos, martillazos, mazazos, caída de escombros, cascotes, arenilla, estrépitos momentáneos que me sobresaltaban, golpes de herramientas al caer al suelo… En esta sinfonía de matices, lo mejor era con mucho el sonido de la hormigonera, podía imaginar que mientras se preparaba la mezcla, los albañiles se quedarían absortos en su contemplación, permitiéndose instantes de relativo descanso antes de seguir con la faena. Esa vibración grave y continua, como la de algunos instrumentos aborígenes, era capaz de apoderarse de cualquier voluntad, me hice adicto a ella, de alguna forma me transportaba a un universo hipnótico que hacía crujir las paredes de todo el edificio. La obra era justo en el piso de arriba, no tenía ni idea de lo que estarían haciendo, seguramente lo habían vendido y su nuevo propietario había decidido cambiar el suelo y tirar la mitad de los tabiques antes de habitarlo, el caso es que llevaban así más de dos meses y aquello parecía no tener fin, lo sentía todo como si estuvieran dentro de mi propia casa. El sonido de la hormigonera suponía el único consuelo en medio de aquella agitación diaria.

Al cabo de otros dos meses, en que ni siquiera descansaron en los días festivos, la hormigonera se había convertido en parte de mi vida, esperaba con ansiedad que encendieran su motor eléctrico y que comenzara la interpretación, era la única forma de iniciar el viaje interior a través del cual había llegado a descubrir la esencia de mi verdadera identidad. Los golpes y demás ruidos ya me daban igual, estaba acostumbrado a ellos, ya ni siquiera me sobresaltaban en los momentos de máxima concentración, formaban parte de aquella peculiar banda sonora que se había instalado en mi vida.

Un día la obra se terminó y el silencio volvió al hogar. No podía soportarlo. Daba igual poner la radio, siempre me ha horrorizado escuchar música (tampoco comprendo esa pasión humana por la música). Me encontré vacío y sin ningún medio que llenara tanto silencio. De entre todos los ruidos, el que más añoraba era el de la hormigonera, a veces incluso me sorprendí a mí mismo tratando de imitarlo con gruñidos guturales que me brotaban de la garganta como algo espontáneo, casi inconsciente. Me sentía terriblemente solo. Así hasta que otro día escuché pasos en el piso de arriba. Presté atención a los indicios sonoros tratando de interpretarlos: ¿serían por fin los nuevos inquilinos? Al poco rato empezaron los gemidos y los gritos de placer. Al principio me provocaron cierto sobresalto. Hoy ya me he acostumbrado a ellos, tanto que, cuando se van de vacaciones y dejan el piso solo, los echo de menos. A veces me sorprendo a mí mismo tratando de imitar esos mismos jadeos de placer. De cuando en cuando suelto también algún ladrido, para disimular. Mejor que no se note mucho qué clase de perro soy.