La recepción

Le sorprendió que no hubiera nadie en recepción. A esa hora tan avanzada de la noche, la cafetería también había cerrado. Miró en todas direcciones y dudó unos segundos antes de avanzar por el pasillo. En cierto modo era normal no cruzarse con nadie aunque, al mismo tiempo, le pareció extraño. Tal vez iba algo mareado, notaba cierta confusión y experimentó algunas dificultades para orientarse en la dirección correcta. A pesar de todo, fue tanteando la pared a lo largo del pasillo hasta que, por fortuna, encontró su habitación. Allí fue donde ella, con una sencilla pregunta, le sacó de dudas: ¿Pero tú qué te has creído, que esto es un hotel?

Cantar de Urdangarín (VII) – La sentençia

Merçed la Ffiscalia, merçed toda la Cort,
que la Iffanta es absuolta, maguer el su esposso non,
al oir de la sentençia gran revuelo se prendio,
essora fablo su adbogado, el letrado sennor Miquel Roc,
diz que era levitando de tant sanctisfaxion
de veer a la su clienta libre de la corrubción,
e por aver ussado la Vissa Oro de Aizoon
solo ad titulo lucrativo una pequenna sançion
ca es un nuovo titulo pora el linaxe Borbon
assi l’ creçe la ondra de toda la Cort.
Hya antes lo ovo predixo el proprio Marianno Rajoy,
que fficaba confiado en que oviere absoluçion.
Ploraba Urdangarin, e clamava al Criador,
al veerse condenado por prevaricaçion
e falsedad en document e fraude a la Admenistraçion
e contra la Facienda publica, ca es delito mayor,
por todos estos fechos deviere entrar en prission.
Ploraba de los ojos, la cara se sanctigo,
Hyo lo juro por San Esidro de Leon
que en todas nuestras tierras non ha tant buen varon.
E ovo essotra condenna, para el so socio Diego Torres,
et el unico politico que ovo condenacion
fuere el sennor Jaume Matas, que otrosi prevarico.
Hya se van rrepintiendo los onbres del caso Noos
de lo que avien fecho tant rrepisos son,
mucho se rrepintieron mas non pedieren perdon.
E dixeron sus razones otros onbres de la Cort,
los borbones sienpre ganan, dezia Alberto Garzón,
la iultiçia es exemplar, dixo uno del Psoe,
e desde los populares dezian la mesma razon.
En este logar se acava el judicio del caso Noos,
el romanz es leído, datnos del vino, si non tenedes dineros,
Echad allá unos peños, que bien vos lo darán sobr’ellos.

Pac-Man Barcelona

Si la vida es una línea en el tiempo, la mía seguro que es discontinua, tal vez porque los sucesos que le dan forma bailan al son de los caprichos de la memoria, se vuelcan en deformaciones de acontecimientos que nunca sucedieron y hoy me sacuden como niños que cayeron a un pozo, llamándome desde la sima irrecuperable del pasado. Al principio todo eran dudas, crecí a la sombra de la ignorancia hasta entender que mis hermanas y yo no compartíamos el mismo padre, que eran solo medio hermanas, y por eso mi piel tenía un color distinto, más oscuro. Soporté una niñez salpicada de burlas hasta llegar a conocer mi verdadero origen. En medio del desconcierto, me vi forzado a aceptar que Venancio, quien hasta entonces había sido mi padre, no era sino mi padrastro, y esa palabra, en mis incipientes entendederas, tenía el mismo valor que el pellejo alrededor de las uñas. Fueron demasiados descubrimientos para una edad en que la identidad se escondía bajo un cuerpo en permanente cambio, un cuerpo tan negro que no parecía ni mío. Accedí a que me llamaran de manera indistinta Miguel o Michael, porque mi verdadero padre era inglés y mi nombre era el suyo. Eso también lo asimilé como una historia de las que contaban en el grupo extraescolar de lecturas complementarias. Llegué a fantasear con un padre aventurero y hasta cierto punto heroico, aunque hubiera salido de una pandilla de ingleses alcoholizados. Tuve que definirme, después de todo, a golpe de desengaños.

Mamá Juana rehuía estas curiosidades. Por más que yo tratase de saldar las deudas del pasado, nunca me contó detalles sobre las circunstancias que rodearon el acto de mi fecundación, alegaba que el episodio no se comprendería bien en un pueblo manchego como el nuestro, máxime si regentas una tienda de alimentación y ultramarinos, como era el caso, donde acudía lo más granado de la tierra a compartir chismes. Una aventura como la que vivió mi madre resultaba excesiva. Al parecer, todo ocurrió en la isla de Mallorca, en un contexto impregnado de rutinas propias del turismo de sol y playa, en plena confluencia de caracteres y nacionalidades. Puedo imaginar uno de esos espantosos viajes escolares. Juanilla, mi joven madre, coincidió con un grupo de foráneos que parecían más integrados en el ambiente insular que ella misma, tan manchega, tan de interior… es muy probable que se sintiera atraída por el singular Michael, oscuro de piel, en medio de otros jóvenes sonrosados o sudorosos. Puede que mi progenitor se rodeara de hooligans y, sin embargo, algo especial vería en él que lo hizo destacar sobre los demás, estoy casi seguro. Quiero pensar que trató a mi madre con delicadeza, hablándole despacio para que le comprendiera, a ella las lenguas nunca se le dieron bien. Me gusta creer que no la forzó, que ella accedió de buen grado, movida por el idealismo de quien vuela por primera vez a las islas con las compañeras de colegio, inocentes y soñadoras, demasiado vulnerables a las sensaciones nuevas, al talante insular de los británicos, a la ropa de baño. Supongo que la amnesia de mi madre se deberá a ese cúmulo de impresiones, eso puede explicar que de mi progenitor carnal solo recuerde el nombre, Michael, y una vaga referencia a la ciudad de Birmingham. Además influiría el hecho de que, después de concebirme, nunca más volvieran a encontrarse.

Tampoco hay que culpar a mi padrastro Venancio por no haber llegado a tiempo para engendrarme. En el pueblo estaba considerado como una buena persona, y mejor electricista. Yo tengo mi propia opinión, como es normal. Nunca fui su hijo predilecto, sobre todo porque ni siquiera era hijo suyo, le costaba disimular cierta animadversión hacia mí o esa, al menos, era la impresión que me causaba. Quizá me viera como a un producto de la ligereza (de cascos) de mi madre. Por detalles de este tipo me costaba encajar su carácter, durante la infancia tuve que soportar la arbitrariedad de sus decisiones junto a toda clase de actitudes discriminatorias. Hoy casi le comprendo: temía por sus hijas naturales, desconfiaba de mí. Puedo excusar la falta de apego, los castigos, las ocurrencias, le disculpo por haber sido tan manchego y prejuicioso. Creía que yo, por ser solo hermano al cincuenta por ciento, y de distinto color, podría abusar de las mellizas. Qué tontería, a lo sumo jugábamos a los médicos.

Ante los atractivos tan raquíticos de Venancio, no es extraño que la figura idealizada de mi padre carnal, el aventurero Michael, fuera creciendo en mi imaginario infantil como un mito cargado de valores positivos. En mis fantasías prendió el deseo de conocerle, aunque fuera de forma casual, en cualquier viaje, quizá en alguna isla. Es posible que todavía persista su afición al turismo de sol y playa, imaginaba en mis ensoñaciones. ¿Seguirá vivo? ¿Se sentirá aún atraído por el fenómeno insular? De ahí pasaba a cuestiones más trascendentes: ¿Habrá procreado más veces? ¿Tendré otras hermanas mulatas? Estas preguntas en ningún momento me atormentaban, al contrario, me sirvieron de estímulo en la aventura que representa la búsqueda de la propia identidad.

Al menos mi relación con las mellizas, Teresa y Adriana, no se vio afectada por los recelos de mi padrastro. Ellas me adoraban, veían en mí a una especie de líder, un referente, y no por méritos propios, sino porque a fin de cuentas, a pesar de mi oscuridad cutánea, un hermano mayor es un hermano mayor. Además, podían disfrutar conmigo de un excelente compañero de juegos, por el mismo precio. Crecimos juntos compartiendo momentos irrepetibles de encanto y diversión. Ni siquiera cuando, a orillas del Tajo, fueron visitadas por el mágico duende de la pubertad, perdimos la complicidad que nos unía. Tal vez por ese motivo yo me oponía a sus pretendientes, ninguno de aquellos mequetrefes estaba a la altura de mis hermanas. Los muy imbéciles se empeñaban en llamarme Michael (y lo decían con acento de Birmingham), deformaban mi nombre cargados de displicencia, y lo hacían con el fin de marcar las fronteras de nuestra amistad, porque ellos sabían de sobra que yo prefería el nombre de Miguel, que rechazaba sentirme excluido del grupo como individuo y que cualquier sutileza la interpretaba como una referencia maliciosa a mi color de piel. Qué idiotas. Tal vez fuera una especie de venganza contra esos amigos de la infancia, no lo sé, lo cierto es que siempre traté de evitar que Teresa y Adriana atendieran a los requerimientos de aquellos rivales insignificantes. De lo que pasó después prefiero omitir detalles, salvo que no todo fue culpa mía: ellas me provocaron. Como buen técnico electricista, mi padrastro presumía de una habilidad natural a la hora de localizar los empalmes. Fue él quien, a la postre, terminaría forzando nuestra separación. Algo intuía. Sobre todo después de aquella tarde en que nos sorprendió a los tres hermanos en la bañera.

Es muy probable que esta clase de travesuras acabara conviritiéndose en la causa de que, en cuanto tuve edad suficiente, mi padrastro se empeñara en quitarme de en medio enviándome bien lejos, a Barcelona nada menos. En connivencia con mi madre, trazó un plan rocambolesco en que los estudios de hostelería se antojaban como la solución perfecta ante mi ausencia de expectativas. Vivimos en un país de camareros, decía Venancio, más te vale iniciarte en el sector. Así lo llamaba, el sector, muy convencido de que el oficio de técnico electricista no estaba hecho para mí. En el fondo creía que mi existencia obedecía a una especie de cortocircuito. Aunque me doliese, debo reconocer que algo de razón llevaba, soy de natural aprensivo y sé que un error en la cocina, como mucho, puede suponer un tajo en un dedo; de electricista, en cambio, casi seguro que acabas electrocutado. Hay que fijarse siempre en el lado bueno de las cosas. Terminé aceptando los designios paternos con apagado entusiasmo, sobre todo por tener que separarme de mis amadas Teresa y Adriana. Alimentando la nostalgia, traté de aferrarme al recuerdo de las vivencias que me proporcionaron, me consolaba saber que me habían abierto al contacto carnal y al desparrame, nuestra relación dejó una marca genuina en mis hábitos eróticos que habría de acompañarme el resto de los días. Ellas me enseñaron el vínculo que existe entre dar y recibir, y que en el amor caben tantos instrumentos como en una orquesta.

Si la vida es una línea en el tiempo, quizá eso explique mis obsesiones con la geometría, porque la memoria no siempre permite recorrer el camino inverso, sino sometiendo los recuerdos a una selección natural y matando las emociones que un día nos aportaron las experiencias más livianas. De pronto me encontraba en un destino señalado por dedos ajenos y, casi por impulso, pensé en salir de la línea como la forma más sencilla de romper los pronósticos sobre mi futuro. Acepté el ingreso en el sector con la idea clara de que nada detendría la fuerza creativa que me recorría los humores, sin esconder mi condición de macho alfabetizado de piel oscura, perdido en el delirio de quien no sabe a qué se expone. En mi trazado biográfico me dio por perseguir las líneas con el fin de romperlas. Tal vez por eso me fijé en el bus turístico, que aunque por naturaleza siga siempre un itinerario definido, me pareció una ruta marcada por la pasión de conocer.

Me cuesta recordar qué fuerza natural me condujo a subir a este simpático autobús de dos plantas, mi desembarco en la ciudad condal no se producía bajo interés turístico de ninguna clase. Imagino que un deseo urgente de ampliar perspectivas se apoderó de mi voluntad, y este autobús parecía la forma más sencilla de escapar del círculo que suponía la Plaça de Catalunya, donde hasta las palomas se movían con mayor sentido que yo, tan oscuro de piel y, al mismo tiempo, tan manchego. Fueron dos turistas belgas quienes, de forma involuntaria, me motivaron a subir, con el aliciente de que, gracias a ellas, pude esquivar el pago del billete en una maniobra que pareció más espontánea de lo que realmente era. Como muestra de agradecimiento, me situé cerca de ellas en el piso superior por la parte de atrás, donde se congregaba un grupo variopinto de visitantes de diversos colores, nacionalidades, razas y creencias. Por primera vez desde mi llegada a la ciudad me sentí como en casa. Se llamaban Emma y Julie, y desprendían un olor que me evocaba al de mis propias hermanas. Este bombardeo de estímulos me llegaba mientras atravesábamos el paseo de Gràcia en medio de una ola de calor impropia del mes en que nos encontrábamos. Con esta misma pregunta abordé a una de las belgas, a la que parecía de mayor edad: ¿No es un poco raro, para el mes que estamos, ya tanto calor?, le comenté. Fue entonces cuando me dijeron sus nombres, Emma y Julie, y me informaron de que eran turistas y que también eran belgas, una nacionalidad que yo por aquel entonces ubicaba en tierras lejanas y frías, casi en las proximidades del círculo polar. Por el motivo que fuera, ellas tampoco tuvieron claro dónde situar el paraíso manchego del que yo procedía, quizá desconcertadas por el color de mi piel. Eso nos colocaba en una situación de empate técnico.

Como simples turistas que eran, decidieron apearse del bus con objeto de visitar la Sagrada Familia. Yo había llegado a la ciudad para terminar mi formación y encontrar empleo, por eso preferí aguardarlas en un parque cercano, donde la afluencia de turistas era algo menor, junto a un estanque que encontré por casualidad en un hallazgo premonitorio. Arrobado por la magia del instante, me detuve a contemplar las torres y pináculos de tan magnífico templo desde el exterior, sin llegar a entender los símbolos que escondía, tal vez tratando de interiorizar el espectáculo arquitectónico que se ofrecía ante mis ojos. En mi estado de asombro, me preguntaba cuántos jóvenes de piel oscura serían capaces de apreciar el auténtico valor de un cimborrio.

La familia puede ser muy absorbente, sobre todo la sagrada, pensé al notar que el tiempo de espera se prolongaba en exceso. Ese pudo ser el motivo de que Emma y Julie, tan francas en su expresión como enigmáticas en sus maneras, nunca regresaran de su visita al templo. El vacío que sentí en medio de la soledad que transmitían los grupos de turistas se apoderó de mi ánimo, y busqué la forma de retomar el contacto humano. En mi precipitación estuve a punto de ser arrollado por un autobús turístico similar al que me había conducido hasta ese punto. Habría sido un homenaje póstumo a la figura de Gaudí, que falleció a causa de las heridas producidas por el atropello de un tranvía, pero me conformé con el susto. No hay que forzar las cosas, pensé, tengo toda la vida por delante para dejarme atropellar.

Llamar laguna a lo que me sucedió después parecerá una metáfora, un engaño de la memoria o un depósito natural de agua, de poco sirven las experiencias extremas cuando no se recuerdan con un mínimo detalle. Eran los preliminares de mi ingreso en el sector, y tuve los honores de ir a parar a una residencia en la que confluíamos jóvenes en circunstancias parecidas a las mías. Disponía de apenas unas horas para iniciarme en el espíritu de la gran metrópoli en la medida aconsejable a un chico de mi edad, eso era motivo suficiente como para retardar el momento del regreso a mi habitación, o incluso abrir la posibilidad de que alguien me invitara a un alojamiento alternativo, si había fortuna. Creo que recorrí la Rambla en ambos sentidos al menos un par de veces, hasta encontrar el punto exacto en que había de desviarme. Siguiendo los instintos primarios, me dejé llevar por la propia inercia de las callejuelas y fui a parar a un local en el que no se servían almuerzos, ni falta que hacía. Sopesé el riesgo que suponía gastar el remanente económico que había reservado para los imprevistos en un espacio tan poco iluminado. Algo estimulaba los flecos de mi soledad como si el aire se cargara de energía, aunque detrás de esta sensación temprana no hubiese más que uno de tantos locales de copas, tirando a demodé. Sin embargo decidí asumir la decisión de penetrar en el mundo de las licorerías, es cierto que en aquel punto de mi vida acumulaba poca experiencia en esta clase de ambientes, de hecho fue la camarera que regentaba ese original espacio quien consiguió vencer mis reticencias iniciales. Se llamaba Anthonia y me sedujo para que probara la oferta del día, el carallet, una versión catalana del carajillo que ella misma había creado, combinando café con licor tradicional de los Pirineos. Todo es de la zona, aseguró, hasta el café lo compraba en un chino de la misma calle. Me dejé convencer por su mirada aturdida y su aire desganado, al mismo tiempo que me admiraba de la facilidad con que había olvidado a las turistas belgas, quienes una hora antes eran el objeto de mis anhelos. Llegué a dudar si el encuentro en las alturas se había producido en realidad. Los abismos surgen a nuestros pies cuando caminamos sin ver, y el viaje en la segunda planta del autobús turístico se antojaba como experiencia propicia para perder el contacto con tierra firme, casi una forma de levitar. Por su lado, Anthonia, la camarera, adivinó mi desconcierto y se prestó a charlar conmigo. En nuestra conversación, interrumpida con frecuencia por la llegada de otros clientes, le revelé mi origen manchego y mis aspiraciones en el sector hostelero. Llevado por el entusiasmo, le manifesté también mi vocación de llegar a ser un buen barman. Se tragaba con facilidad mis ocurrencias, incluso se ofreció a darme consejos y, en medio de la temática profesional, me soltó que yo era un negro muy guapo. A mí ella también me gustaba, sobre todo su estilismo, el tatuaje que le ascendía por el cuello (una especie de enredadera), su voz acariciadora, su mirada desvaída y, por qué no decirlo, su culo. Es complicado recordar los detalles de nuestra charla, quizá porque al carallet le sucedieron otros cócteles que ella me preparó en atención a mi vocación de barman. A partir de ahí los datos se amontonan, se confunden, por no decir que se disuelven en el agua de la laguna (o del estanque). Si me cuesta reconstruir los hechos, aún más difícil me resulta poner en pie las conversaciones que mantuvimos. En mi defensa diré que la capacidad seductora de Anthonia superaba con mucho a las maneras a las que mis propias hermanas me habían acostumbrado, y que la calidad de los cócteles con que pretendió introducirme en las técnicas del oficio no eran comparables a mis asaltos infantiles al mueble bar, mi única experiencia anterior en estas lides.

Aún trato de salvar del olvido lo que ocurrió después, ni siquiera he podido recomponer cómo regresé a la residencia, en qué medio de transporte ni en qué compañía, ¿es posible que volviera por mi propio pie? Al día siguiente me encontraba del todo indispuesto, apenas tuve cuerpo para salir de mi habitáculo. Mi estómago se había desarreglado y me tuvo entretenido varias horas, por eso tardé en advertir el percance que marcaría la jornada inaugural de este periplo catalán: había perdido la cartera con toda la documentación (¡y el dinero!). Lo que me faltaba, pensé. Los trastornos ocasionados por el estúpido extravío desvirtuaron mi entrada en Barcelona y apagaron la brillantez que se esperaba de mi comienzo de curso, supe que el desorden memorístico no haría más que entorpecer el ingreso en el sector. Pronto comencé a despertar suspicacias entre los maestros quienes, ante mis repetidas ausencias en los primeros días, llegaron a acusarme de irresponsabilidad y poco interés en el oficio, tal vez condicionados por el color de mi piel y mi origen manchego. Este cúmulo de contrariedades acabaron por agravar los problemas de identidad que ya desde pequeño me perseguían.

Tuvieron que pasar varios días hasta reunir fuerzas para tratar de recomponer los hechos borrados de mi memoria o, al menos, para recuperar la cartera. El desafortunado incidente me había obligado a malgastar los primeros días de esta nueva etapa enredado con engorrosos trámites burocráticos. Y así fue hasta que se me ocurrió buscar los documentos por vía artesanal, en el lugar donde los extravié, en el bar de Anthonia. ¿Cómo se llamaba el local? También ese detalle había huido de mis recuerdos. Con ánimo de reconstruir mis pasos, estuve a punto de volver a montar en el bus turístico y visitar los alrededores de la Sagrada Familia. Al final me bastó con recorrer la Rambla hasta llegar al mismo punto donde me desvié la otra vez, allí me dejé arrastrar hacia la calle en la que se encontraba la taberna, en cierta forma me sentía como el protagonista de un videojuego. Por fortuna, gracias a mi ascendencia británica, poseo un extraordinario sentido de la orientación y no me costó demasiado dar con el local, sin embargo me llevé una decepción al descubrir que ella, Anthonia, no estaba; en su lugar, un tipo grosero y mal encarado me atendió en catalán solo para decirme que allí no trabajaba ninguna Antonia y que tampoco habían encontrado mi cartera. Ni documents. Ni diners en efectiu. Por un momento llegué a pensar que me había confundido de taberna. Con el fin de captar su benevolencia, se me ocurrió pedir un carallet, y solo logré que el mozo se me quedara mirando con abierta hostilidad, como si le estuviera tomando el pelo. Dominado por el desconcierto, consideré que lo más prudente era largarme. Me fui callejeando, cabizbajo y pensativo, sin hallar una explicación plausible a todos los episodios que se empeñaban en confundirme desde que llegué a la ciudad condal. ¿Cómo se llamaba el local? ¡Mierda! Otra vez se me olvidó mirarlo. Mis expectativas se desmoronaban, las piezas no encajaban.

Si la vida es una línea en el espacio, la mía debe de ser sinuosa y recurrente, llena de segmentos oscuros de difícil trazado, con vocación circular y manga ancha, perdida en los escombros de una ciudad vejada que se resiste a desaparecer bajo las pisadas de los turistas. Necesitaba encontrar explicaciones. No atribuyo solo a la casualidad que, al caer la noche, de regreso a la Plaza de Catalunya, me topase con una multitud de inmigrantes subsaharianos, con la piel tan oscura como la mía, protestando contra la misma discriminación que yo sentía. Lo tomé como una señal que alguien me enviaba para guiar mis pasos (¿quizá mi propio padre carnal?). Aquel gentío daba la impresión de estar lleno de indocumentados. Sin pensarlo mucho me uní a ellos y pasé al menos una hora coreando eslóganes y proclamas en estado de máxima concentración. La ocasión me permitió departir con algunos hermanos de raza que, por lo general, procedían del continente africano y no terminaban de encontrar en la ciudad catalana el paraíso con que un día soñaron. Así conocí a Idri, un senegalés que se movía en el sector turístico catalán (aunque solo fuese intentando acceder a sus restaurantes y terrazas para vender artesanías locales de su pueblo y gafas de sol). El encuentro me reconfortó, los consejos de mi nuevo amigo me ayudaron a orientar mis pasos en aquel complicado entramado social. Idri era muy joven, casi tanto como yo, y me habló de su interés en cruzar los Pirineos, por lo visto tenía familiares en Bélgica (qué coincidencia, belgas). Le confesé que, en cierta forma, siempre buscaba a mi padre, podía estar en cualquier parte, y aproveché para darle algunos datos sobre las circunstancias que rodearon mi concepción. También intenté ponerle al corriente de la existencia de las tierras manchegas, con las esperanza de incluir nuevas perspectivas en sus proyectos. Encontré poca receptividad frente a mis sugerencias, como si su mente viajera apuntara solo al Norte, a lugares como Berlín, Estocolmo, Copenhague o incluso Birmingham, la ciudad de los mil negocios, donde la población negra, me informó, se repartía en una proporción de uno a cinco. Yo también he sentido la llamada de esa ciudad británica, le dije.

Cuando los agentes del orden se acercaron a disolvernos como si fuéramos solo recuerdos, supe que había llegado el momento de regresar a mi residencia. Quizá me vendría bien conocer a otros estudiantes y compartir nuestras experiencias, no parecía mala opción dejarse ver un poco por las zonas comunes de la casa, como el salón, la cocina o el cuarto de baño. Me despedí de mis amigos africanos y encaminé mis pasos a lo que por una temporada había de ser mi nuevo hogar. A decir verdad, el ambiente de la residencia me atraía bien poco y, por contra, los rincones alternativos que iba descubriendo en mi periplo urbano, por algún secreto motivo, tiraban de mis hilos internos. Puede que los recuerdos que se borran dejen en su lugar una huella cargada de magnetismo, pensaba. A pesar de estas reticencias iniciales, entre los distintos residentes con los que mantuve contacto, tuve el honor de departir con Dolors, una vecina de habitación estudiante de farmacia que sabía bastante de teléfonos móviles. También conocí a Adriá, un informático que entendía mucho de sustancias psicotrópicas. Y a Xavier, un joven barbudo que en ningún momento quiso revelar datos sobre los motivos de su estancia en la residencia, aunque deduje que trabajaba en algún empleo poco decoroso. Hubo un detalle que me contrarió: les informé a todos de que mi nombre era Miguel y a las primeras de cambio ya me estaban llamando Michael. Por qué ese empeño súbito. Qué confianzas eran esas. A pesar de todo, les perdoné su torpeza gracias a que, después de escuchar el relato de mis desventuras, se avinieron a prestarme dinero.

Con el discurrir de mi estancia en la residencia, poco a poco fui optando por evitar la excesiva cercanía en las relaciones con los compañleros mientras que, por contra, en las escasas salidas por la ciudad me fui sintiendo cada vez más integrado, gracias a la familiaridad con que me trataban los africanos y, en especial, al amigo Idri, con quien me topaba en mis andanzas con inusitada frecuencia. Debo reconocer que me caía bien, era un negro seductor, como yo, se interesaba por mi marcha en los estudios, me preguntaba si había encontrado a mi padre… Yo trataba de corresponder en la medida de mis posibilidades, le enseñaba a doblar servilletas, o le hablaba de las técnicas de cocción y de las guarniciones. Tampoco perdí nunca el contacto con los parientes manchegos, aunque fuera de forma casi protocolaria y telefónica, al menos una vez a la semana me veía forzado a informar sobre mis progresos en la capital, los hubiera o no. Sin embargo, las noticias que me llegaban del pueblo no eran las mejores: la tienda de ultramarinos se resentía de la presión que ejercían los emergentes comercios chinos y andaban barajando la posibilidad de traspasarla. Esa información me sacudió en mi retiro condal, aquella pequeña tienda había sido de mis abuelos, y algún día pensaba que quizá podría ser mía (germen quizá de mi futuro restaurante) o, al menos, de mis adoradas mellizas, que siempre sabrían acogerme. Lo peor de todo fue que, según me advirtieron, las dificultades económicas hacían peligrar la capacidad para afrontar los gastos de la residencia, pero eso no debía suponer un problema para mí, un primo hermano de mi padrastro vivía en Barcelona y no tendría ningún inconveniente en darme alojamiento. El primo Amancio. No me veía yo a esas alturas viviendo en casa de una familia, la noticia hizo surgir en mí un apego especial hacia el habitáculo de mi nuevo hogar donde, a pesar de todo, gracias a la ausencia de padrastros, se respiraba libertad. Si quería mantener el estatus, no me quedaba otra opción que buscarme la vida.

Por medio de los contactos que establecí en la escuela de hostelería encontré la posibilidad de hacer algunos trabajos remunerados, ya fuera sirviendo en algún catering o incluso colaborando en la elaboración de platos sencillos, lo cual me permitió adentrarme en ciertos ambientes, en los que incluso llegué a encontrarme cara a cara con personajes que me sonaban de haberlos visto en la televisión: políticos, empresarios, banqueros y sus chóferes. Observé que la profesión de conductor parecía muy atractiva, mientras nosotros nos matábamos sirviendo canapés ellos esperaban tranquilamente fumando y charlando de sus cosas en los exteriores. Me llamó la atención que algunos fueran negros. En cierta forma empezaba a vislumbrar la estratificación de la sociedad negra en la escala social barcelonesa. El objetivo era situar en esa misma escala a los mulatos manchegos relacionados con el sector hostelero, como yo. ¿O había llegado el momento de sacarse el permiso de conducir? Volví a sentir una especie de llamada en medio de mis dudas obsesivas.

Si nuestras líneas biográficas no se cruzaran de vez en cuando la vida sería demasiado aburrida, la soledad del viaje haría tan insoportable la existencia que no tendría mucho sentido seguir avanzando. Una noche ocurrió. Después de atender uno de los eventos para los que, por culpa de los recortes, solían recurrir a estudiantes como nosotros, en una jornada que reunía a políticos, empresarios y banqueros, tuve un hueco para salir a relajarme fuera del local, y me acerqué a los conductores. Aunque yo por entonces no fumaba, les pedí fuego y aproveché el equívoco para abordarles y charlar con ellos. Me resultaba difícil meter baza en la conversación porque, la verdad, de fútbol entiendo poco y de arbitrajes, menos aún. De pronto, cuando me retiraba del grupo (total, yo no fumaba) escuché una voz masculina que se dirigía a mí con el nombre de Michael, y lo curioso fue que lo pronunciaba con acento de Birmingham. No contento con eso, prosiguió hablando en inglés. Me pareció poco probable que hubiera allí ningún manchego de mi pueblo, pero no, era un hombre maduro de baja estatura, parecía un empresario, o quizás un banquero (no tenía pinta de político). Mi desconcierto fue en aumento, hasta que reparé en que me confundía con otra persona que, al parecer, también se llamaba Michael. Nos hizo gracia la confusión, sobre todo porque, al verme de cerca, se dio cuenta de que yo era mucho más joven que el Michael que él buscaba quien, por cierto, era su chófer. Yo también me reí, aunque casi no entendí nada de lo que dijo, porque por entonces solo hablaba el inglés del instituto. Sí, seguro que era un banquero o un directivo con un cargo lo suficientemente importante, por eso podía permitirse una acompañante como la que iba a su lado. Entonces reparé en ella.

En este punto los acontecimientos se precipitan como si entraran en un acelerador de partículas: aquella acompañante era Anthonia, la chica del carajillo, la camarera del local donde perdí mi documentación. No tuve ninguna duda de que era ella, el tatuaje del cuello (una especie de enredadera) la delataba. La llamé por su nombre y sin embargo, lejos de mostrarse alegre por el reencuentro, me respondió con absoluta frialdad, hablándome en inglés, como si no me conociera de nada. Casi no tuve tiempo de reaccionar, la pareja se montó en el vehículo y apenas tardaron unos segundos en arrancar y largarse del aparcamiento. Desde mi perspectiva, pude fijarme también en el chófer quien, efectivamente, era más negro que yo, y formaba parte del grupo con quienes antes estuve charlando de fútbol (es un decir). ¿Qué había pasado? ¿Había sido un reencuentro verdadero?  Me tomé la libertad de preguntar al resto de los chóferes si conocían a la chica, pero ninguno de ellos la había visto antes, además mostraron claras reticencias a desvelar cualquier tipo de información sobre sus pasajeros, como si hubieran firmado un pacto de silencio con ellos. Nosotros no sabemos nada, repetían, y si no me mandaban a tomar viento, seguro que lo hacían en consideración a mi buen carácter, aunque en medio de sus risotadas escuché la palabra zorra y la hicieron rimar con Andorra. Comprendí que Anthonia había cambiado de oficio pero, ¿a qué se dedicaba exactamente? A pesar de todo, algo me decía que ella podría abrirme las puertas del exclusivo círculo social de la burguesía catalana. Sentí un deseo irracional de tomar un carajillo.

En mi camino de regreso me costaba sacudirme la impresión del reencuentro. Tal vez Anthonia podría tener la clave para recuperar los sucesos que se habían hundido en la laguna de la primera tarde (o en el estanque). En mi desvarío le atribuía incluso la posibilidad de que ella supiera el paradero de aquellas turistas belgas que fueron engullidas por la Sagrada Familia en mi primera jornada. Al llegar a Plaza Catalunya, me encontré con Idri, el amigo senegalés. Le hablé de mi encuentro con Anthonia y, con la lucidez propia de los hombres de raza, supo ver más allá de lo que mi torpe mirada era capaz de descubrir. Terminé de relatarle el episodio y, después de pensar unos segundos, sacó sus conclusiones: lo importante no era Anthonia, y tampoco el empresario al que acompañaba.  La clave era el chófer. ¿El chófer? Le pregunté desconcertado. Sí, sí, el chófer. Debí reparar antes en ese chófer negro, que se llamaba igual que yo, ¿cómo no se me ocurrió pensarlo antes? Aquel hombre podía ser mi padre.

Si la vida es una línea, por definición se compone de infinitos puntos. Lo malo es que resulta del todo imposible detenerse en ninguno de ellos. Es la voracidad de puntos lo que nos hace avanzar, como si fuéramos el protagonista del videojuego Pac-Man, ese círculo amarillo al que, en forma de boca que se abre y se cierra, le falta un sector (¿el sector de la alimentación?). La diferencia es que en el caso humano nunca podemos volver atrás, salvo mediante esa ficción a la que llamamos memoria, la única que nos permite huir de los fantasmas. Tampoco tenemos tres vidas. Con la vaga ilusión de haber visto a mi padre carnal, abracé a Idri agradeciéndole su generosidad y su mirada abierta. Solo quien nos alumbra el camino merece ser llamado amigo, solo quien nos ayuda a escapar del laberinto. Encontré en el hermano senegalés la puerta que tanto tiempo creí cerrada, aunque todo fuera una suposición, ¿acaso la vida real no es otra cosa? Me dieron ganas de agarrar el móvil, llamar a mi madre y decirle al fin: Mamá Juana, he visto a mi padre carnal, por fin podremos recuperar los puntos que un día perdiste en la isla de Mallorca. Mamá Juana, ya lo he conocido, ahora solo nos queda encontrarlo. Debí haberla llamado, pero me contuve, no podía anunciar una noticia de ese calado sin ofrecer pruebas concluyentes. Me guardé la primicia con la certeza de que algo en mi existencia había cambiado para siempre.

Sesamum indicum

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MullookkaaranTrabajo propio
CC BY-SA 3.0

Hierbas de metro y medio,
hojas alternadas en la base,
ovadas o linear lanceoladas,
dentadas o enteras,
ápice agudo, base redondeada
angostamente cuneada,
pecíolos acanalados,
flores solitarias en las axilas,
sépalos connados, lineares,
ebracteolados y algo carnosos,
corola oblicuamente campanulada,
blanca, negra, zambo rosada o rosa viejo,
estigmas de néctar color amarillo pálido o ausentes,
lóbulos no manchados,
cuatro estambres estaminodios ausentes,
fruto como una cápsula cuadrada,
café amarillenta, dehiscente,
no pectinada,
con dos rostros terminales
de cinco milímetros de largo,
semillas numerosas, obovadas,
negras, cafés o blancas,
testa brillante,
mi lengua llama a tu fruto encapsulado
y repite: ¡ábrete, sésamo!


Inspirado en el artículo de Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sesamum_indicum

En forma de simulación

Te lo digo cerrando la revista
cansado de este modo de vivir
te amé con la camisa torcida
con los ojos desnudos
te amé por descontado
boquiabierto
como se ama a los regalos
en los clubes
en los años bisiestos
después del temporal
en los mercados
te amé pegado a la pared
compré tus labios rotos
el vestido y la silla
te amé fingiendo como te amé cuando
me arrepentí de amarte
te arranqué el silencio con la mirada
te amé con el estómago vacío
con los recuerdos que nos tatuábamos para pasar el rato
aplastados en el amor que se dejaba caer
se derramaba
con la palma en la flor también te quise
con el ombligo
con la poca vergüenza de quererte sin merecerte
te amé sentado
me olvidé de decirte que te amaba
cuando te vi morir en mis manos con la gravidez de un gemido
en la calle cortada
en la cabina
te amé como un obseso convertido
en un simple afluente de tu cuerpo
entrando en ti
perdido como el gato
casi sin pretenderlo levanto acta
levanto apenas la nariz en tu ausencia
como si despertara de un almuerzo
al fin te miro
en el plano inclinado de un recuerdo
pintada en un lamento
te regalo mi amor
en diferido

Realidad paralela

Soy un profesional de la dualidad complementaria. Prefiero la clandestinidad, me entrego a ella con toda convicción. El mero hecho de que mi existencia natural transcurra a la sombra me libera de fastidiosos quehaceres. Vivir en este submundo de seres clandestinos me permite disfrutar de una soledad reconfortante, qué sencillo dejarse arrastrar por una masa de peatones singulares que deambulan con la aparente libertad de un gamo en la selva, sin advertir la amenaza constante de los depredadores. Así atravieso cada jornada, en una ignorancia saludable, en el plano certero de la realidad paralela, en la posición privilegiada de quien no asume riesgos y escapa del tiempo. Por eso me reinvento en cada relación que establezco, porque tengo a mi disposición los recursos que me brinda el dominio de las situaciones. Casi sin pretenderlo, termino aventurándome en los espacios que me ofrecen lo que más anhelo: abundancia y experiencia.  Nadie marca el camino, nadie sabe que cada paso que doy en perfecto anonimato es una pequeña victoria, me reconforto en la convicción de que no tengo que demostrar nada, y sé que si hoy puedo disfrutar de algún privilegio es en la oscuridad de una realidad inaccesible. Ya no necesito sentirme en deuda con un pasado que ni siquiera es mío. Por eso al final opto por callarme, porque solo el silencio me garantiza la tranquilidad de llevar esta vida oculta que solo disfrutan los personajes secundarios cuando desaparecen de la historia.

Cantar de Urdangarin (VI)

Corren apriesa los annos, passan volando los dias,
grandes acontesçimientos acaesçen en la Villa,
el Rrey donn Joan Carlos en el so fijo abdica,
ansi agora sont dos rreyes en tierras de Castilla,
donn Felipe el Sexto rreyna con donna Letizia,
e su fija donna Leonor, e la Iffanta donna Sofia,
el emerito donn Joan Carlos anda rrondando a Corina,
cuando no esta de viaxe o en alguna cazeria.
Plueven casos de corrubtos de Levante hasta Gaeliçia,
nuevos partidos empuxan, floresçen independentistas,
suçedense elexiones, mas non ha pactos a la vista,
sube el partido morado, abaxan los soçialistas,
e otrosi los populares, por no fablar de esquerra unida.
En la çibdad de Palma, en la insula Maiorica,
comiença el pleyto de Urdangarin y la Iffanta donna Christina,
acussados e acussadas sientanse en tres filas,
la Iffanta en un extremo, Urdangarin en la otra esquina,
I vieredes ffablar al de la Ffiscalia,
e vieredes otros adbogados, e otrosi la de Manos Limpias,
e de la Agençia Tributaria, una adbogada leia,
quien por salvar a la Iffanta bien oiredes lo que decia:
que Facienda somos todos es parabla poblicista.
Quand era la noch çerrada la session es finida,
despidense las partes pora seguir otro dia,
agora solo avemos un rregalo en la rretina,
quien fuera duque Empalmado e la Iffanta donna Christina
sentados en los iulgados con toda la camarilla.

Todos los episodios del Cantar de Urdangarín.