Cien notas (24)

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¿Y para qué me hace falta a mí otra mujer? Protesta mi padre cada vez que se lo insinúo. Yo intento convencerle de que en su caso es lo mejor, al menos estaría acompañado. Me responde que le da igual, que no le importa estar solo, que ya tiene Internet. Eso es lo malo, desde que mi madre le dejó, a él le dio por apuntarse a cursos on line que le mantienen tan ocupado que ni siquiera tiene tiempo de hacer la compra. Nada de eso me importaría si en cada visita no tratara de ponerme al día de sus últimos progresos intelectuales, que van desde la microbiología hasta los cursos de cocina. Qué incongruencia, papá, le digo, si te interesa aprender cocina tienes que empezar por hacer la compra, siempre me lo endosas todo a mí y yo ahora no tengo tiempo para nada, estamos preparando… un proyecto, le comento para impresionarle. Por cierto, me dice, estoy aprendiendo a hacer gazpacho, necesito tomates, a ver si te acercas al súper y me traes un par de kilos. Así es mi padre, se sale por la tangente cuando le viene en gana y al final soy yo el que acaba tomándose el gazpacho.

Cien notas (23)

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A veces me identifico de forma inexplicable con historias mediáticas que no tienen nada que ver conmigo: el reencuentro de una madre y un hijo, el descubrimiento de una bacteria que descontamina el agua o la felicidad serena de las personas que han logrado superar sus adicciones. Mis pequeños triunfos personales son mucho más modestos, no voy a decir que no, pero me hacen igual de feliz. Entrar a poner copas en el local de Tonno supuso un hito en mi carrera, por fin podía conjugar la obligación con el deleite, tras una etapa de penurias que se había prolongado en exceso. Dije adiós a mis tímidas incursiones en otros campos profesionales y acepté el ofrecimiento del Tonno, un italiano barbateño que regentaba tanto ese negocio como otros asuntos privados que ahora no vienen a cuento. Trabajar en en este local fue un pequeño paso para mí, pero un gran paso para la hostelería creativa. No voy a negar que en nuestra relación laboral después de tanto tiempo hayamos sufrido algún que otro desencuentro, como cuando me cambiaba los turnos o me abroncaba si tardaba en recoger las mesas. Lo cierto que en el local solo había una mesa. Puede parecer un asunto menor, pero me sirvió para explicarle que los músicos tenemos una medida diferente del tiempo, y que cuando nos meten prisas corremos el riesgo de perder el compás.

Cien notas (22)

«Soy muy maniático, me peino con cresta porque me lo aconsejó un amigo y desde ese momento empecé a marcar goles. Siempre repito lo que hago el día antes del partido: si cuando marqué había ido de pie en el autobús, voy también de pie; si había hablado con alguien, vuelvo a hablar… siempre lo repito.»

Fernando Torres

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Cada uno presume de lo que le viene en gana. Yo particularmente nunca alardearía de mis manías supersticiosas, aunque puede que alguna vez haya sido víctima de irracionalidades de esa clase. Por ejemplo, siento un gran apego por ciertas prendas de vestir, como mi sudadera gris, la misma que llevaba la noche en que conocí a Dely. Tan buenos resultados me ha dado esa sudadera que, aunque haga calor, siempre me invento cualquier excusa para poder llevarla, y no por superstición, sino por la seguridad que me transmite. Es muy fácil presumir de manías cuando no son inconfesables y, al mismo tiempo, quién se atreve a establecer los límites entre la ficción y la realidad, entre la verdad y la mentira, entre el acto digno y la mamarrachada. No me imagino a Fernando Torres volviendo a Fuenlabrada de pie en el autobús, es un acontecimiento difícilmente verificable, sospecho más bien que el único bus en el que se monta Torres es el del club que le paga, y ahí debe ir bien sentadito (y en chándal). En cambio lo de mi sudadera viene avalado por datos que me atrevería a calificar de empíricos. Me confiere un aspecto muy juvenil, un aire contestatario, ese espíritu que Dely supo captar desde nuestro primer encuentro. En principio puede parecer una prenda un poco gris (de hecho es de color gris) soy yo quien le da un brillo especial. Algo mágico ocurrió aquella noche en que nos sentimos atraídos, algún tipo de magnetismo hizo que Dely se interesara por mi faceta musical (así la llamó: “faceta”). Es una larga historia, le respondí. Aún no se la he terminado de contar.

Cien notas (21)

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Durante gran parte de mi infancia mi padre fue maestro rural, así que crecí en un entorno mucho más sano de lo que yo hubiera deseado. De hecho, vivíamos en pleno campo, ni siquiera en el pueblo. Esta vida campestre hizo de mí un niño solitario, algo asalvajado, absorto en mundos imaginarios que, lejos del candor infantil, en mi caso eran más bien oscuros. Tuve que incluir en mi círculo de relaciones a los conejos y gallinas que mi padre criaba, no me importaba encerrarme con ellos en el corral, formaban parte de mis juegos, conocía el nombre de todos y era capaz de identificarlos incluso cuando me los servían de almuerzo. Por fortuna, esta etapa rural solo duró unos pocos años de mi infancia, hasta que mi padre consiguió al fin un destino urbano, a partir de entonces empecé a relacionarme con niños normales, tuve vecinos, y además conseguí superar pronto mis fobias a la carne humana. Llegué a la ciudad ya adolescente, en mitad de esta tormenta de sensaciones, mi sexualidad se abría paso despertando a un futuro lleno de incertidumbres. En esos años nació mi afición a la música, me sirvió para atemperar las efusiones propias de la edad al mismo tiempo que alimentaba mis inquietudes espirituales. Yo como siempre, salpicado de idealismos.

Cien notas (20)

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Uno de mis artistas preferidos se llama Alfredo y tengo la suerte de ser amigo suyo. Llamarse Alfredo también es un condicionante a la hora de destacar. En música obliga a competir con Alfredo Kraus, en fútbol con Di Stefano, en el cine con Hitchcock… Quizá por ese motivo se dedica a la poesía, en este campo dice que no hay mucha competencia. A mí me tiene en gran estima, siempre me cuenta sus proyectos artísticos y, con frecuencia, me involucra en ellos. Alfredo lleva puesta la etiqueta de los inclasificables, continuamente anda con algún proyecto entre manos y a la primera oportunidad te dispara con él: es lo que se conoce como un hombre proyectil, una especie de hombre bala, pero sin red. Su última ocurrencia consiste en recitar poesía acompañado por una banda de death metal. Piensa pedirles que toquen bajito. A veces siento la tentación de quitarme de enmedio, puedo oler el peligro. ¿Qué será lo próximo? ¿Una zarzuela pornográfica?

Cien notas (19)

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Adelaida (en realidad se llama Francisca Adelaida) dice que uno de sus mayores placeres es engañar a los notarios. Afirma haber desarrollado una sensibilidad especial para relacionarse con ellos. Ella piensa que son unos seres corruptos por naturaleza, y en consecuencia no les tiembla el pulso a la hora de estampar su firma con el único empeño de conferir carácter público a los asuntos privados, que es donde radica la esencia de su negocio. Luego los ves ahí, dando fe de todo lo que sucede bajo sus narices… Los que parecen más campechanos son los peores, dice. Engañar a estos no tiene ningún mérito, ella prefiere a los formalitos. Por otro lado, le fascinan los apoderados, esas personas que actúan por poderes. Le parecen superhéroes, siempre dando la cara ante los notarios en representación de otras personas que supuestamente han depositado en ellos su confianza (ante otro notario). Adelaida es una gran letrada, y en el fondo siento admiración por ella, pero no alcanzo a comprender los entramados legales en los que se ve envuelta, ni siquiera acierto a reproducirlos con fidelidad, quizá porque usa demasiados tecnicismos jurídicos. Empiezo a pensar que su mundo y el mío habitan en universos paralelos.

Cien notas (18)

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El problema es mi nombre. Si dejamos de lado las evidencias y ponemos el foco en mi carrera artística, reconozco que a pesar de tantos logros en el mundo de la música no termino de sentirme satisfecho. En realidad, atribuyo en gran medida este fracaso parcial a mi nombre (otra herencia que le debo a mis padres). Me llamo Camilo. Mi abuelo (el padre de mi madre) también se llamaba así, y no me gustaría que esto sonase como una disculpa. Camilo es un nombre que condiciona la existencia de cualquiera, posee demasiada fuerza como para prescindir de él y, sin embargo, usarlo como nombre artístico suele conllevar todo tipo de efectos colaterales, dado que ya existen otros célebres Camilos capaces de eclipsar la personalidad de cualquier artista emergente. En mi caso concreto, todo se complica por mi extraordinario parecido con Fernando Torres, por más que intente diferenciarme de él alterando mi estilismo.