En forma de simulación

Te lo digo cerrando la revista
cansado de este modo de existir
te amé con la camisa torcida
con los ojos desnudos
te amé por descontado
boquiabierto
como se ama a los regalos
en los clubes
en los años bisiestos
después del temporal
en los mercados
te amé pegado a la pared
compré tus labios rotos
el vestido y la silla
te amé fingiendo como te amé cuando
me arrepentí de amarte
te arranqué el silencio con la mirada
te amé con el estómago vacío
con los recuerdos que nos tatuábamos para pasar el rato
aplastados en el amor que se dejaba caer
se derramaba
con la palma en la flor también te quise
con el ombligo
con la poca vergüenza de quererte sin merecerte
te amé sentado
me olvidé de decirte que te amaba
cuando te vi morir en mis manos con la gravidez de un gemido
en la calle cortada
en la cabina
te amé como un obseso convertido
en un simple afluente de tu cuerpo
entrando en ti
perdido como el gato
casi sin pretenderlo levanto acta
levanto apenas la nariz en tu ausencia
como si despertara de un almuerzo
al fin te miro
en el plano inclinado de un recuerdo
pintada en un lamento
te regalo mi amor
en diferido

Realidad paralela

Soy un profesional de la dualidad complementaria. Prefiero la clandestinidad, me entrego a ella con toda convicción. El mero hecho de que mi existencia natural transcurra a la sombra me libera de fastidiosos quehaceres. Vivir en este submundo de seres clandestinos me permite disfrutar de una soledad reconfortante, qué sencillo dejarse arrastrar por una masa de peatones singulares que deambulan con la aparente libertad de un gamo en la selva, sin advertir la amenaza constante de los depredadores. Así atravieso cada jornada, en una ignorancia saludable, en el plano certero de la realidad paralela, en la posición privilegiada de quien no asume riesgos y escapa del tiempo. Por eso me reinvento en cada relación que establezco, porque tengo a mi disposición los recursos que me brinda el dominio de las situaciones. Casi sin pretenderlo, termino aventurándome en los espacios que me ofrecen lo que más anhelo: abundancia y experiencia.  Nadie marca el camino, nadie sabe que cada paso que doy en perfecto anonimato es una pequeña victoria, me reconforto en la convicción de que no tengo que demostrar nada, y sé que si hoy puedo disfrutar de algún privilegio es en la oscuridad de una realidad inaccesible. Ya no necesito sentirme en deuda con un pasado que ni siquiera es mío. Por eso al final opto por callarme, porque solo el silencio me garantiza la tranquilidad de llevar esta vida oculta que solo disfrutan los personajes secundarios cuando desaparecen de la historia.

Cantar de Urdangarin (VI)

Corren apriesa los annos, passan volando los dias,
grandes acontesçimientos acaesçen en la Villa,
el Rrey donn Joan Carlos en el so fijo abdica,
ansi agora sont dos rreyes en tierras de Castilla,
donn Felipe el Sexto rreyna con donna Letizia,
e su fija donna Leonor, e la Iffanta donna Sofia,
el emerito donn Joan Carlos anda rrondando a Corina,
cuando no esta de viaxe o en alguna cazeria.
Plueven casos de corrubtos de Levante hasta Gaeliçia,
nuevos partidos empuxan, floresçen independentistas,
suçedense elexiones, mas non ha pactos a la vista,
sube el partido morado, abaxan los soçialistas,
e otrosi los populares, por no fablar de esquerra unida.
En la çibdad de Palma, en la insula Maiorica,
comiença el pleyto de Urdangarin y la Iffanta donna Christina,
acussados e acussadas sientanse en tres filas,
la Iffanta en un extremo, Urdangarin en la otra esquina,
I vieredes ffablar al de la Ffiscalia,
e vieredes otros adbogados, e otrosi la de Manos Limpias,
e de la Agençia Tributaria, una adbogada leia,
quien por salvar a la Iffanta bien oiredes lo que decia:
que Facienda somos todos es parabla poblicista.
Quand era la noch çerrada la session es finida,
despidense las partes pora seguir otro dia,
agora solo avemos un rregalo en la rretina,
quien fuera duque Empalmado e la Iffanta donna Christina
sentados en los iulgados con toda la camarilla.

Todos los episodios del Cantar de Urdangarín.

Glosemática (Hjelmslev in love)

En los prolegómenos de la cena, el joven Louis Hjelmslev abrió la despensa de su apartamento parisino y comprobó con evidente desilusión que se había quedado sin huevos. Era ya noche cerrada y aquel frío mes de febrero no invitaba a bajar de compras, si es que a esa hora podía quedar ya algo abierto por las callejuelas del Quartier Latin, donde residía. Tampoco el color casi anaranjado de la mantequilla auguraba nada bueno. Lo que menos le apetecía era cenar en el comedor de Mariette, junto al resto de inquilinos, sobre todo por el sentido inmanentista que el prometedor gramático comenzaba ya a imprimir a sus rutinas, así que agarró un trozo de pan que le había sobrado del almuerzo y empezó a roerlo con sus dientes de conejo (previamente se había decidido a acompañarlo con un poco de foie que casi por casualidad encontró in extremis en la alacena). Lo cierto es que la última comida del día solía transcurrir en esa línea, para qué engañarnos, unas veces con un poco de saucisson, otras con un trozo de queso cantal. Por supuesto, nunca solía introducir embutidos en el pan a manera de bocadillo, mezclando forma y sustancia, sino que metódicamente alternaba mordiscos al pan y a la chacina, procurando apreciar por separado los sabores, y se ayudaba en la ingestión con grandes sorbos de agua que le obligaban a rellenar el vaso con una vieja jarra de porcelana que situaba a su derecha.

Cuando hubo concluido la frugal pitanza, recogió la mesa y observó con desgana la correspondencia que se amontonaba en la cómoda del recibidor. Nada le infundía tanta pereza como atender a las misivas de sus parientes y amigos, siempre ávidos de información acerca de su aventura parisina. Pero la intensidad de su dedicación a los estudios en esta nueva etapa no le dejaba hueco en su apretada agenda académica. Sólo eso explicaba que llevara casi un mes sin meterles mano.

—Jeg lort på den lille havfrue!* —exclamó en un danés casi desestructurado.

De cualquier modo ya iba siendo hora, así que resolvió armarse de paciencia, agarró la pila de cartas y fue clasificándolas sobre la misma mesa en la que había cenado. En principio distinguió dos planos: las académicas y las personales. Luego tomó estas últimas y decidió que antes de abrirlas debía diferenciar otros dos planos: las cartas familiares y las cartas de amigos. No se apresuró en absoluto a usar el abrecartas, ni mucho menos, sino que seleccionó el grupo de misivas de sus amistades y de ellas entresacó las que correspondían a Maiken, sin duda una mujer especial en su vida, algo más que una simple amiga. Claro que, a decir verdad, de ella únicamente había recibido una solitaria aunque prometedora carta.

Prosiguió a continuación con el resto de la correspondencia, haciendo diferentes montoncitos: cartas académicas de Francia, cartas académicas de Lituania, cartas académicas danesas, cartas del Círculo de Praga, cartas de familiares directos, cartas de sus padres, y así hasta que llenó la mesa de montoncitos de sobres sin abrir. Pensó también que no sería mala idea considerar una relativa secuenciación diacrónica a la hora de leerlas, y decidió disponerlas en orden cronológico, situando en la parte superior de cada grupo la carta más antigua. Eso le obligaría a examinar con minuciosidad la fecha de los matasellos de montón en montón al iniciar la lectura. Observó con interés que se producía una progresión descendente en número de cartas conforme avanzaban las fechas, pero se resistió a formular una teoría al respecto. Aún le pesaban en la moral las lecciones de verano que su padre, el reputado matemático Johansen Hjelmslev, le infligía mientras sus amigos andaban de merienda o salían a ver los veleros atracar en el puerto de Copenhague.

Cuando al fin se paró a contemplar con indisimulada satisfacción los montones de cartas ya debidamente ordenados, comprendió que había llegado el momento de iniciar la apertura secuenciada. Seleccionó la más antigua, procedente de un lingüista lituano de la Universidad de Vilnius, y palpó el sobre: debía de contener unas diez cuartillas, por lo menos. El rostro de Louis reflejó un evidente desánimo, acabó contradiciendo sus propias premisas y, en lugar de comenzar por el lingüista, la solitaria carta de Maiken captó su atención desde una esquinita de la mesa. Se dejó llevar en el último instante por un súbito impulso y no pudo resistirse a abrirla dando un malicioso salto a lo largo del eje diacrónico. Sin embargo, su ilusión se quebró al toparse con la siguiente noticia en el plano del contenido:

“Frederik me ha propuesto matrimonio. Si consigo que mis padres lo aprueben estoy dispuesta a aceptarlo. ¿Y a ti? ¿Cómo te va por París? ¿Has conocido ya a alguna francesita interesante?” Leyó en un susurro casi inaudible.

Una congoja íntima se le acumuló en la garganta, y ya no tuvo más fuerzas para seguir abriendo cartas. Se apoderó de él la idea absurda de que si no se hubiera saltado sus propias reglas, el mensaje de Maiken quizá hubiera sido otro.

Aquella noche, mientras intentaba conciliar el sueño, tomó forma en su mente una nueva concepción de la gramática centrada en los aspectos formales de los sistemas lingüísticos. En un principio había pensado denominarla “Grammaiken”, pero al final, llevado por cierto impulso revanchista, eligió una raíz griega y optó por el nombre de “Glosemática”.

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N. del T. *Jeg lort på den lille havfrue!: ¡Me cago en la sirenita!

Hablan las cámaras

Esto empieza a oler mal. Nuestro oficio está cada vez más infravalorado, y no lo digo por mí, ni por las de mi clase, que somos unas veteranas y aún conservamos cierto prestigio; lo digo sobre todo por las nuevas. A nosotras todavía nos respetan, por eso se nos puede ver cubriendo eventos deportivos, grandes espectáculos, encuentros de altos mandatarios internacionales… siempre alrededor de la noticia, a pie de calle. También están las que se especializan en publicidad, o las que firman por una productora. Yo misma he rodado con importantes directores de cine, por no mencionar a las valientes que se juegan el tipo en conflictos internacionales. No se trata de reclamar un plus de peligrosidad ni nada parecido, al contrario, es una cuestión de dignidad. Ahora todo se enturbia, la competencia se ha vuelto muy dura, encuentras a compañeras consagradas a empleos humillantes, o integradas en el aparato, sin autonomía. Me entero de historias horribles de algunas colegas que llegan con un gran bagaje científico y tecnológico a sus espaldas y acaban entrando en el sector sanitario, dedicándose a las endoscopias, por ejemplo. Al final limitan su trabajo a una tarea repetitiva y denigrante. Y eso no es lo peor. Resulta que a algunas las reducen a tal extremo que caben en un cápsula, así pueden ser ingeridas por los pacientes y luego expulsadas junto con las heces, en el mejor de los casos. Por fin somos desechables, a esta situación hemos llegado. ¿Que qué me parece? Pues una mierda, eso es lo que me parece.

El hombre de tu vida

De pronto un día descubres que el hombre al que acabas de conocer sí que es el hombre de tu vida. No presentiste un encuentro tan súbito, pensabas que tardaría en llegar o que sucedería en otras circunstancias. Al principio te cuesta creerlo, hasta que lo tienes delante, medio bizco, clavándote la mirada… Es fácil adivinar lo que pasa por su mente, aunque en realidad eres tú la que sufre la sacudida emocional de quien acaba de conocer al hombre de su vida. Reconoces que lo habías idealizado, imaginaste un escenario diferente, en tus fantasías secretas quizá él te susurraría algo al oído, o se destacaría sobre el resto de los individuos de algún modo peculiar. Sin embargo, la realidad a menudo es más prosaica, y también más imprevisible. El hombre de tu vida se ha fijado en ti, de eso no hay duda, pero no hace nada por facilitar las cosas. El traje tampoco le queda mal, observas, aunque hubieras preferido que tuviera otra ocupación o, al menos, cruzarte con él en un ambiente más cálido. Sin embargo, a pesar de que nada es como imaginaste, sabes que es el hombre de tu vida, esas cosas se notan. Y te tiembla el pulso mientras tratas de disimular echando un vistazo al catálogo que te pone en las manos, apenas eres capaz de concentrate. Para salir del paso te inclinas por el modelo Cabo Verde. A él le parece una acertada elección, lustrosa y elegante al mismo tiempo. Sin embargo, te ofrece una alternativa y pone especial interés en explicar el funcionamiento de las urnas biodegradables, te informa de que permiten convertir las cenizas del fallecido, tu marido, en una nueva vida. Le escuchas bajo los efectos de una fuerte impresión. Su voz es tan seductora…

Apetitos carnales

Esta maldita propensión biológica que nos induce a copular causa estragos en quienes somos especialmente sensibles a la belleza. A mí me ocurre por las tardes, después del almuerzo. Como una media hora después, para ser más preciso. Las circunstancias en que me veo sacudido por estos apetitos carnales cada día son distintas aunque, afortunadamente, no se trata de un impulso irresistible, de lo contrario no sé qué pasaría. Esto no quita que mis reacciones en ocasiones puedan resultar peculiares, también lo son las palabras que salen de mi boca en los limitados contactos sociales que mantengo a diario. La solución, me repito a menudo, podría ser no almorzar, y sin embargo, cuántas veces es el estómago quien se alza con la victoria en su lucha contra la voluntad. Ignorando estas señales de los instintos primarios, trato de aparentar normalidad y, quizá para expiar mis culpas o para tranquilizar la conciencia, también he decidido acortar las sobremesas. Regreso al servicio lo antes posible y, cuando al fin me quedo solo, me he aficionado a dejar fluir las ideas o a verbalizarlas, sin desviarme de la ruta, sin permitir que los locos pensamientos me aparten de mi objetivo. Esta semana me toca llevar un cargamento de pepinos de Almería. Soy transportista.

Cargamento de pepinos