Lencería

Hay días más largos que otros días, con el ímpetu apagado y la sucia espera de condiciones óptimas en las paredes desnudas, cuando la temprana ofuscación alienta a los ciudadanos y a sus madres, a través del prisma de la carne implícita y los recuerdos abiertos. Hay días en que se desbordan las súplicas y vuelan pañuelos por los parques vacíos, rebosan las arterias y caen los edificios (de forma imaginaria), los estrechos de miras y palancas de cambio agreden a sus víctimas con un metadiscurso  y calzan los escrúpulos, escrupulosamente, caídos como los avisos de última hora y las desdichas, con la única alegría de saber que mañana aún es pronto.

Soy un rehén de tu caricia oculta y pido cita con tu mirada y con la calma chicha, confiando en que el campo gravitatorio del agujero negro no sea más que un infierno aún más negro. Encontraré a tu cuerpo en otros cuerpos y no hablaré con nadie del abismo.

Aún conservo partículas invioladas que nunca entraron en tus fiordos. Con la convicción errática de que las prisas y las causas se muestren resbaladizas y apocadas, me muevo en la torpeza del presentimiento exclusivo del instante en que se produce el encuentro y todo lo demás no cuenta.

Feliz en mi desdicha, remangándome, atravieso las esferas y me sumo a tu bando, trasquilado e inconcluso, periférico y metafórico, persistente en este juego de sombras que no llevan a ninguna parte.

Por si acaso, dejaré las llaves donde puedas encontrarlas, en un último movimiento estratégico que no espera a nadie, que en vez de ver la luz cerrada de los escaparates, se adormece en la certidumbre agónica de que no estás conmigo. Por eso te llamo.

Mirando al futuro

Hay detalles en algunas ciudades que demuestran su rabiosa modernidad