Pollos de granja y pollas de corral

Interesarse por un simple pollo sin nombre es algo que no suelen hacer a menudo los granjeros, a menos que se sospeche que el pollo sea portador de alguna patología avícola contagiosa. Por eso si eres pollo de granja lo ideal es que el criador no se interese demasiado por ti, o corres el riesgo de ser sacrificado antes de tiempo.

Tampoco pasaría nada. En realidad, la vida de un pollo de granja no es gran cosa, se trata de una existencia orientada al engorde acelerado a base de un continuo consumo de pienso, en plan Descartes. Todo el día dándole al pico, siempre al pico, el pollo toma conciencia de que el pico es la parte fundamental de su cuerpo y en él centra su atención; no solo lo usa para comer, también para atacar a otros pollos o para defenderse de ellos. Hallamos, según esto, dos puntos de interés en gran medida complementarios: el pienso y el pico. ¿Qué pasa entonces con las plumas? —se preguntarán—. Es cierto que entre los pollos de granja las plumas lucen poco, pasan más bien a un triste segundo plano.

En cambio, los pollos de corral llevan una vida bastante más plácida, algo que por fortuna revierte en la calidad de sus huevos. El centro de atención se traslada del pico a las pollas, y eso hace que todo resulte más lógico. Las plumas, aquí sí, se convierten en la principal arma de seducción de los sementales. Por su parte, las pollas de corral saben latín, y no les importa tanto el pienso como el cogito. En ese sentido también puede decirse que siguen una lógica cartesiana.

Todo esto se ilustra en un precioso método de organización avícola, el breve manual de Harry R. Lewis titulado “Cómo debe administrarse un gallinero de ponedoras“, distribuido en las Hojas divulgadoras que en 1924 publicara la Dirección General de Agricultura y Montes, dependiente por aquel entonces del Ministerio de Fomento. De este documento, dirigido tanto a profesionales de la granja y el corral como a cualquier aficionado al pollerío, ofrecemos algunas frases reveladoras que llaman poderosamente nuestra atención:

La mejor manera de empezar es la de hacerse con un buen grupo de pollas.

Durante el crecimiento de ]as pollas que se guarden para la postura, el avicultor procurará que sean uniformes y que no sufran retrasos…

para cuando llega el invierno, las pollas han de estar ya bien desarrolladas, porque si no, los fríos les cortan el crecimiento.

pueden emplearse dos métodos de selección. El primero consiste en no tener más que pollonas.

Ha de procurarse que en noviembre se cosechen unos 25 huevos sobre 100 pollas, y esto se logra con los debidos cuidados.

Cuando las pollas llegan a tal momento, hay que practicar una selección, no colocando con las ponedoras las débiles y de poco desarrollo.

El número de pollas que se pongan en explotación ha de depender de las condiciones de la finca, de su extensión y de la orientación del negocio.

en agosto la polla va creciendo y entra en carnes, y en otoño, sobre todo a fines de año, se puede vender a un precio que compense su gasto en el verano, que permaneció improductiva.

Si les ha gustado, agradézcanselo a Harry R. Lewis, el padre de los corraleros americanos, un verdadero genio olvidado, un auténtico visionario.

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Kavafis y el flamenco

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
C. Kavafis. Itaca

No es extraño que ciertos artistas flamencos se inspiren en el poeta griego Constantino Kavafis. Uno de sus poemas más conocidos lleva por título Ítaca, coincide justo con un compás típicamente flamenco: Y taca tacatacataca tacatacataca tacatacatá.

Y es que hay poemas que parece que se escribieron para ser taconeados.