Lingüística computacional

El lingüista computacional había acudido al congreso internacional en su calidad de experto en procesamiento de lenguajes naturales. Disponía de la tarde libre, así que en la propia cafetería del hotel se sintió tentado de sacar su disciplina fuera de las máquinas, igual que otros salen del armario. Animado por la atmósfera profesional que se respiraba en el ambiente, buscó la ocasión de poner en práctica sus investigaciones y aplicarlas al contexto que tenía más a mano: el suyo propio. Si era capaz de resolver ambigüedades sintácticas creando algoritmos que interpretaban el valor semántico de los actos de habla, tampoco iba a resultarle muy complicado establecer contacto con las dos bellas colegas japonesas que tenía como vecinas de mesa y que no paraban de emitir agudas interjecciones entre risitas. Su desconocimiento del japonés hablado suponía un obstáculo minúsculo para un ingeniero del lenguaje conectado a la wifi del hotel. Era pan comido. Siempre había albergado la fantasía de montarse un trío con dos chicas orientales y al fin veía la ocasión de activar el protocolo semiótico que se había construido en la imaginación a lo largo de tantas noches en vela, perdido entre unidades sintácticas y endiablados códigos. Había llegado el momento y se armó de valor; exhibiendo un correcto control del lenguaje corporal, se aproximó a ellas con gesto decidido que concluyó en una inclinación casi espontánea. Cuando llegó al momento de hablar, echó mano de la aplicación que él mismo había diseñado y solo tuvo que darle al play. Las chicas reaccionaron con asombro ante el ingenio lingüístico que las abordaba. Al instante saltaron de sus asientos y accedieron gustosas a acompañarle, sin apenas contener la excitación mientras se perdían en el laberinto de pasillos que conducía a las habitaciones.

Tras un par de horas de retozo apasionado, cuando el gramático digital ya había convertido en realidad sus fantasías, ellas terminaron exigiéndole, con gestos muy claros, el cobro del servicio. Finalmente, comprendió que se había producido un equívoco: aquellas chicas, a las que había tomado por colegas japonesas, no eran expertas en lingüística computacional.

Entonces ¿quiénes eran?

Veintiocho cuentos impulsivos

Sin aspirar a que esto tenga necesariamente que convertirse en una tradición anual, aquí va mi regalo por el Día del libro.

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Tampoco estoy regalando nada que no haya regalado antes, no es más que la última recopilación de historias, aquellas que no entraron en la primera que ya publiqué hace poco más de un año. Que ustedes la disfruten, si pueden.

Luz verde

Era la acompañante perfecta para volver al hotel, sobre todo a esas horas de la noche, así que en cuanto la vio aparecer abrió la puerta y se lanzó al asiento del copiloto. Ella le recibió con amabilidad, incluso bromeó mientras le ayudaba a abrocharse el cinturón. Él también trató de mostrarse complaciente. Pudo fijarse en sus delgados brazos, le llamó la atención el tatuaje que se perdía en la manga de su camisa, bajo la que se adivinaban unos pechos bien proporcionados. Se sintió afortunado, ni en sus mejores sueños había imaginado regresar con una mujer tan atractiva. Le cautivaba ese aire desenfadado y sugerente que se respiraba dentro del vehículo, al que contribuía la música a un volumen que les permitía conversar. Empezaron hablando de asuntos triviales, hasta que poco a poco fueron entrando en confidencias más íntimas. Le sedujo su visión despreocupada de las cosas, su desparpajo, el gesto con que se giraba de cuando en cuando para regalarle una sonrisa, desatendiendo unos segundos la conducción con tal de devolverle la mirada. Era una mirada dulce. Definitivamente le gustaba, le gustaba mucho, y se sentía feliz de que le hubiera tocado en suerte, se excitaba solo de pensar en la idea de invitarla a una copa, sintió enormes deseos de besarla, incluso estuvo a punto de abalanzarse sobre ella. Sin embargo, al finalizar el trayecto apenas se atrevió a balbucear una despedida afectuosa, rebuscando en su billetera a ver si encontraba suelto para ajustarse a la cantidad que marcaba el taxímetro. En la escalera del hotel encendió un pitillo y se quedó contemplándola mientras ella daba la vuelta en el cruce. Con tristeza, la vio encender la luz verde. De nuevo quedaba libre, expuesta a los peligros de la noche. A cualquier baboso.

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El sonido de la hormigonera

hormigonera-bf01Me acostumbré al sonido de la hormigonera, su runrún continuo me adormecía después de cada almuerzo. Podía imaginar el giro de sus engranajes, una intensa vibración se apoderaba del salón cada vez que la ponían en funcionamiento. Cuando la máquina se detenía, empezaban los porrazos despiadados, azulejos rotos, rascados, chirridos, martillazos, mazazos, caída de escombros, cascotes, arenilla, estrépitos momentáneos que me sobresaltaban, golpes de herramientas al caer al suelo… En esta sinfonía de matices, lo mejor era con mucho el sonido de la hormigonera, podía imaginar que mientras se preparaba la mezcla, los albañiles se quedarían absortos en su contemplación, permitiéndose instantes de relativo descanso antes de seguir con la faena. Esa vibración grave y continua arrastraba mi voluntad, me hice adicto a ella, de alguna forma me transportaba a un universo hipnótico que hacía crujir las paredes de todo el edificio. La obra era justo en el piso de arriba, no tenía ni idea de lo que estarían haciendo, seguramente lo habían vendido y su nuevo propietario había decidido cambiar el suelo y tirar la mitad de los tabiques antes de habitarlo, el caso es que llevaban así más de dos meses y aquello parecía no tener fin, lo sentía todo como si estuvieran dentro de mi propia casa. El sonido de la hormigonera suponía el único consuelo en medio de aquella agitación diaria.

Al cabo de otros dos meses, en que ni siquiera descansaron en los días festivos, la hormigonera se había convertido en parte de mi vida, esperaba con ansiedad que encendieran su motor eléctrico y que comenzara la interpretación, era la única forma de iniciar el viaje interior a través del cual había llegado a descubrir la esencia de mi identidad. Los golpes y demás ruidos no me incomodaban, estaba acostumbrado a ellos, ya ni siquiera me sobresaltaban en los momentos de máxima concentración, formaban parte de aquella peculiar banda sonora que se había instalado en mi vida.

Un día la obra se terminó y el silencio volvió al hogar. No podía soportarlo. Daba igual poner la radio, siempre me ha horrorizado escuchar música (tampoco comprendo esa pasión humana por la música). Me encontré vacío y sin ningún medio que llenara tanto silencio. De entre todos los ruidos, el que más añoraba era el de la hormigonera, a veces incluso trataba de imitarlo con gruñidos guturales que me brotaban de la garganta como algo espontáneo, casi inconsciente. Me sentía desolado. Así hasta que otro día escuché pasos en el piso de arriba. Presté atención a los indicios sonoros tratando de interpretarlos: ¿serían por fin los nuevos inquilinos?

Al poco rato empezaron los gemidos y los gritos de placer. Eran sonidos nuevos, desconocidos. En un principio me provocaron cierto sobresalto. Hoy ya me he acostumbrado a ellos, tanto que, cuando se van de vacaciones y dejan el piso solo, los echo de menos. A veces me sorprendo a mí mismo tratando de imitar esos jadeos de placer. De cuando en cuando suelto también algún ladrido, para disimular. Mejor que no se note mucho qué clase de perro soy.

Apnea

A menudo me vencía una tímida somnolencia al volante, más de una vez me sorprendí entregado a esporádicas cabezadas que no duraban más de un segundo. Parecerá una imprudencia pero, lejos de inquietarme, me propuse mejorar con la práctica la capacidad de conducir en este estado. Al principio me quedaba traspuesto en rectas con poca densidad de tráfico. Poco a poco fui prolongando los intervalos, aprendí a tomar las curvas medio adormilado, así hasta que llegué a recorrer distancias considerables en fase de sueño profundo, como si una especie de piloto automático me llevara. No me da miedo conducir dormido, incluso me produce cierto orgullo haber alcanzado este nivel de perfección técnica. Ahora lo que de verdad deseo es despertar y que se acabe de una vez este viaje.

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Dobles negaciones

Las personas muy dadas a las dobles negaciones son tan irresistibles como desconcertantes. Nina es una de ellas. Ya cuando la conocí decía cosas como “no soy incapaz de negarme” y eso significaba que estaba dispuesta a todo, o también “no voy a decir que no” en lugar de decir que sí, como si nunca se atreviera a afirmar nada con rotundidad. Lo malo de las dobles negaciones es que son contagiosas, se pegan muchísimo. ¿Que no? Un caso nada insólito ha sido nuestra relación. Comenzamos a salir como quien no quiere la cosa y casi sin darnos cuenta un día ya no podíamos negar que estábamos juntos. Tampoco quisimos rechazar esa atracción, todo lo contrario, era impensable concebir separarnos el uno del otro, no solo nos unía un deseo irreprimible, sino que un día ella me confesó que su vida sin mí no tenía sentido. Yo no supe qué responderle, me quedé anonadado, mientras intuía que no sería fácil dejar de amarla. Sin embargo con el tiempo, y como no podía ser de otra forma, sin que sucediera nada especial que nos desestabilizara, desapareció el deseo de los primeros tiempos, el cariño se fue desvaneciendo y su mirada se llenó de indiferencia y desprecio. Poco a poco yo también empecé a ningunearla, así hasta que no pudimos más. Un día me lo soltó a la cara: “Ya no me quieres, ¿a que no?” Sin pensarlo mucho, le respondí: “No Nina”. Y ahí seguimos, más ilusionados que nunca.

Cantar de Urdangarín (V). La Iffanta Imputada

Ixie pora declarar donna Christina la Iffanta,
espossa de Urdangarin, que del rey non avie graçia,
otrora Duque Empalmado, hoy los uebos por corbata.
En la insula Maiorica, a do la famossa rampa
que queda para axeder a los Iulgados de Palma,
el joez donn Xoseph Castro la avie çitada.
Despues que el Grant Ffiscal de facto la salvara,
con dosçientos e mas folyos de nuebo la imputava.
La rampa bien abaxo, donna Christina descabalga,
todo el tiempo sonrrie, va bien alexionada,
sortea el arco de seguridat, ca non leva espada,
mallorquesses e mallorquessas gritavan a dos cuadras,
portant estandartes e otrossi pancartas
e aun demás insignias republicanas,
desde la sala de vistas elos puede oir la Iffanta.
Por mas de medio dia el joez Castro preguntava
la Iffanta rrespondie que ela non sabie nada:
quando ffirmava los pagos non sabie lo que ffirmava
los costes de los muebles a ela non le constavan
nin todas pertenençias e averes de la cassa,
la soldada del serviçio, los criados e criadas,
e otras demas faturas que de suyo colocavan.
Por mas de quatrosçientas vezes todo lo negava
e rrepetie insistent: solo se que non se nada
e que avie en su esposso grant amor e confiança.
Usso mas de diez tarxetas, se oyo deçir en la caussa,
e preguntava el joez: ¿Mucha xeta o mucha cara?
Despues de media tarde la vista es finada,
ixie donna Christina, los gritos arreçiavan,
de guissa va la Iffanta, commo si escapasse de arrancada,
todos sont exidos, adbogados et demas companna,
al joez donn Joseph Castro tocaronle las palmas
por sentar en el banquillo a su alteza soberana,
mas diffiçil que cazar elephantes en Botswana.
Mallorquesses e mallorquessas una raçon preguntavan:
donna Elena e donna Christina, avemos dos iffantas,
si donna Elena es la tonta, a aquesta, ¿como llamarla?

Uso más de diez tarjetas ¿qué os habíais creído, plebeyos?

Uso más de diez tarjetas ¿qué os habíais creído, plebeyos?

Todos los episodios del Cantar de Urdangarín