Elkano Browning Cream

La cosa últimamente va de descubrimientos, y el pasado viernes tuvimos la oportunidad de descubrir a Elkano Browning Cream, un trío bastante ecléctico que consiguió convertir La Caja Negra en una caja de ritmos llena de seres danzantes que, tras sucumbir al poder del sonido Hammond, habían olvidado sus obligaciones. Denle al play, no lo duden:

Antonio Lizana al saxo

Ha sido el descubrimiento de este fin de semana. Desde San Fernando, Antonio Lizana al saxo. Véanle:

MadrizZuena

Sonidos ralentizados, desvirtuados, apagados.
Sonidos encontrados, sobrevenidos, buscados.
Sonidos descubiertos, verificados.
MadrizZuena

Charmín Michelle

Magnífica voz en la noche del cierre que, para tratarse de un ciclo con entrada libre organizado por la Universidad Internacional de Andalucía, ha mantenido un nivel más que notable. Aquí tenemos a la vocalista americana en un breve fragmento de su actuación:

Aunque si hacemos balance de estos cuatro días, yo me quedaría con el arranque de los innovadores Atomic. Esperemos que las futuras ediciones continúen en esta línea.

Charmín MichelleQué monos están todos aquí

Placeres solitarios

No se produjo el duelo entre los saxos tenores Scott Hamilton y Toni Solà, por incomparecencia de este último (las próxima vez habrá que retarle dándole con un guante en la cara para que se dé por enterado) pero al menos pudimos disfrutar de otra excelente noche de jazz, con Hamilton entregado impúdicamente a los placeres solitarios:

Joe Magnarelli

En la segunda noche del ciclo, el trompetista neoyorquino Joe Magnarelli nos transportó a un universo cromático mucho más clásico con su preciso y sutil movimiento de pistones, arropado muy dignamente por una banda “de prestado” en la que sobresalió el pianista sevillano Juan Galiardo. Afortunadamente el viento había cambiado de dirección con respecto a la noche anterior y hubo muchas menos interferencias. El inevitable duelo de metales sobrevenido desde los exteriores tuvo un claro vencedor.

Fenómenos auditivos

Aún sin sacudirme la grata impresión tras la actuación del quinteto escandinavo Atomic, se me viene a los intestinos el chiflido de una lejana banda de proxenetas y mamones (también son conocidos como cornetas y cabrones, trompetas y soplones, chufletas y tontones…) que, puntuales a su cita de cada año, organizan para martirio de los espectadores que se congregan cada mes de septiembre junto a los jardines de la Cartuja sevillana a disfrutar de un evento cultural que va cobrando fuerza año tras año, a pesar de los malos tiempos que corren para este tipo de iniciativas (¡y con entrada libre!). ¿Es que esta panda de soplones que viene a situarse justamente en los exteriores del recinto no puede esperarse un par de semanitas o irse a otra parte? ¿No queda mucho aún para la primavera? Qué ciudad, coño, hay cosas que son intocables (contra todo sentido común).

Para saber de lo que hablamos, veamos el siguiente documento:

Pues bien, en contra de lo que pueda parecer tras el visionado, estos cinco músicos noruegos y suecos llegaban a construir momentos de extraordinaria concentración plagados de silencios que la insufrible banda de chufletas se encargaba de reventar, a pesar de la relativa distancia y los muros que nos separaban, a base de pitidos lejanos capaces de romper el hechizo de la reina mora y la luna lunera. ¿Hasta cuándo tendremos que soportar a estos seres de válvulas cornetiles y membranas percutidas que desvirtúan nuestros atardeceres y la placidez de las primeras horas de la noche?

Mírenles

Hay que decir que los escandinavos aguantaron el tipo con absoluta profesionalidad, y continuaron su concierto como si nada extraño oyesen, como si en las estrechas calles de Oslo (por poner) fuera lo más normal del mundo encontrarse a una cuadrilla de jóvenes y rubios noruegos portando acompasademente un armatoste de madera al ritmo de los tambores y los pitos. Pero nadie les habrá explicado que en esta ciudad hay unos cuantos que joden al resto de la población el año entero a cornetazo limpio, preparando una cosa que dura una semana y, en cambio, se prohíbe la música de forma arbitraria en determinados locales de ocio que, en realidad, no molestan a nadie.

Por cierto, muy simpáticos estos escandinavos.

Sam Palmao con Atomic