Razones de peso

Señor director:

Hace tiempo que vengo observando, en mis salidas de avistamiento para las que nadie me ha contratado, algunos elementos perturbadores de dudoso interés; voy amasando motivos ocultos, razones de peso y simples zarandajas, aun así, no estoy seguro de que me alcance para que me publiquen Vds. esta misiva.

Soy un FIEL pagador de impuestos, pero eso no supone que no tenga piernas para caminar y ganas de hacer cosas, deseos en ocasiones desordenados, si bien la honestidad de mis opiniones con frecuencia me ciega hasta la extenuación. Apenas he conseguido generar un mínimo de confianza entre mis allegados, por razones obvias, y sin embargo ha llegado la hora de elevar el pensamiento, solo espero que la rotundidad de estas palabras se volatilice y no inquiete a los mercados. La contemplación de las faltas ajenas me riega las conservas, algo que no contribuye del todo a atemperar el desenfreno. En estas idas y venidas me he topado con los manuales de instrucciones y con sus contrarios, por seguir el método del metomentodo y del sabelotodo. Dentro de lo inconcebible, he discurrido liviano en medio de una multitud de sentimientos altisonantes y poco descriptibles. A pesar de eso, sigo manifestando mi voluntad de adhesión al día del pájaro, al borrador de la canción de obra y servicio, al espíritu de los inquebrantables y al río de los sueños.

Cualquier otra declaración que se me atribuya, cualquier otro manifiesto, me pertenecerá en la medida en que yo sea capaz de asear las partes nobles del intelecto con sus argumentos. Entrego aquí la vara de la distancia, el sillón imponderable y la derrama de afectos; entrego los amores descatalogados, decidido ya a no dejarme vencer por la inocencia.

Y para no concluir sin exabruptos, me limitaré a no darme por aludido. Atrapado en medio de este perverso holograma del que nadie quiere hacerse responsable me pregunto, arrugando la nariz, quién nos está apretando aún más las ataduras y por qué los dioses ya apenas se nos asemejan.

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