El sonido de la hormigonera

hormigonera-bf01Me acostumbré al sonido de la hormigonera, su runrún continuo me adormecía después de cada almuerzo. Podía imaginar el giro de sus engranajes, una intensa vibración se apoderaba del salón cada vez que la ponían en funcionamiento. Cuando la máquina se detenía, empezaban los porrazos despiadados, azulejos rotos, rascados, chirridos, martillazos, mazazos, caída de escombros, cascotes, arenilla, estrépitos momentáneos que me sobresaltaban, golpes de herramientas al caer al suelo… En esta sinfonía de matices, lo mejor era con mucho el sonido de la hormigonera, podía imaginar que mientras se preparaba la mezcla, los albañiles se quedarían absortos en su contemplación, permitiéndose instantes de relativo descanso antes de seguir con la faena. Esa vibración grave y continua arrastraba mi voluntad, me hice adicto a ella, de alguna forma me transportaba a un universo hipnótico que hacía crujir las paredes de todo el edificio. La obra era justo en el piso de arriba, no tenía ni idea de lo que estarían haciendo, seguramente lo habían vendido y su nuevo propietario había decidido cambiar el suelo y tirar la mitad de los tabiques antes de habitarlo, el caso es que llevaban así más de dos meses y aquello parecía no tener fin, lo sentía todo como si estuvieran dentro de mi propia casa. El sonido de la hormigonera suponía el único consuelo en medio de aquella agitación diaria.

Al cabo de otros dos meses, en que ni siquiera descansaron en los días festivos, la hormigonera se había convertido en parte de mi vida, esperaba con ansiedad que encendieran su motor eléctrico y que comenzara la interpretación, era la única forma de iniciar el viaje interior a través del cual había llegado a descubrir la esencia de mi identidad. Los golpes y demás ruidos no me incomodaban, estaba acostumbrado a ellos, ya ni siquiera me sobresaltaban en los momentos de máxima concentración, formaban parte de aquella peculiar banda sonora que se había instalado en mi vida.

Un día la obra se terminó y el silencio volvió al hogar. No podía soportarlo. Daba igual poner la radio, siempre me ha horrorizado escuchar música (tampoco comprendo esa pasión humana por la música). Me encontré vacío y sin ningún medio que llenara tanto silencio. De entre todos los ruidos, el que más añoraba era el de la hormigonera, a veces incluso trataba de imitarlo con gruñidos guturales que me brotaban de la garganta como algo espontáneo, casi inconsciente. Me sentía desolado. Así hasta que otro día escuché pasos en el piso de arriba. Presté atención a los indicios sonoros tratando de interpretarlos: ¿serían por fin los nuevos inquilinos?

Al poco rato empezaron los gemidos y los gritos de placer. Eran sonidos nuevos, desconocidos. En un principio me provocaron cierto sobresalto. Hoy ya me he acostumbrado a ellos, tanto que, cuando se van de vacaciones y dejan el piso solo, los echo de menos. A veces me sorprendo a mí mismo tratando de imitar esos jadeos de placer. De cuando en cuando suelto también algún ladrido, para disimular. Mejor que no se note mucho qué clase de perro soy.

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