Viajar juntos

—Cuánto me gustaría viajar contigo a París.
—Podríamos ir en nuestra luna de miel.
—Mejor esta primavera, ¿por qué esperar?
—No estaría bien.
—¿Cómo?
—No me parece adecuado que viajemos juntos, no estamos casados.
—Estaba pensando en habitaciones separadas, por supuesto.
—Aun así, no estaría bien. ¿Qué pensarían tus padres… o los míos?
—Se lo explicaríamos, claro.
—O tus hermanas… Ya iremos juntos cuando estemos casados, ¿no te parece?
—Todo se puede hablar. La comunicación familiar también es importante.
—Sí, es cierto, pero aun así…
—¿Es que no confías en mí?
—Claro que confío en ti.
—Sabes que siempre respeto tu intimidad.
—Lo sé, lo sé… me lo demuestras cada día. En ese sentido no tendría ningún reparo en compartir habitación contigo.
—Claro que no, compartir habitación no quiere decir que dejemos de respetarnos.
—Pero debemos mirar un poco más allá, hay motivos para no viajar juntos.
—¡Venga ya! ¿Qué clase de motivos?
—En primer lugar, si hemos tomado la decisión de esperar al matrimonio para mantener relaciones completas, ¿no crees que viajes de este tipo nos pondrían todo más difícil?
—Pues no, ¿por qué?
—¿Es que no lo ves? Si pasamos la noche juntos es muy probable que nos apetezca darnos muestras físicas de cariño… no es como si fuéramos hermanos.
—No, claro… hermanos no somos.
—Yo sé que siempre me respetas, y que tus propósitos son honestos, pero esas muestras físicas de cariño, sin quererlo, nos podrían llevar a tocarnos demasiado… y si empezamos a tocarnos…
—¡Qué dices!
—Créeme, sé de lo que hablo. Y no solo debemos preocuparnos por cosas así, ni por la imagen que demos a nuestros familiares; es verdad que podríamos hablar con ellos y explicarles nuestras intenciones, pero no olvides que también nuestro comportamiento tiene que servir de ejemplo.
—¿De ejemplo? ¿Para quién?
—¡Para todos! ¡Para otros jóvenes! ¡Para nuestros amigos también!
—¿Qué tienen que ver los amigos?
—Es bueno para ellos contar con la referencia de un modelo de comportamiento como el nuestro, que sepan que hemos decidido esperar al matrimonio antes de mantener relaciones.
—¡Anda! La verdad es que no había caído en eso…
—¡Pues claro! Aunque no seamos unos locos ni nos toquemos podemos transmitir un mensaje confuso acerca de nuestra verdadera decisión, es más, seguro que alguien daría por supuesto que a lo mejor no me respetas.
—¡Cielos! Ahí tienes razón.
—Créeme, no se trata de falta de confianza, esto es otra cosa, te estoy hablando de un estilo de vida.
—¿Un estilo de vida?
—Sí, un estilo de vida libremente asumido que nos debe identificar.
—Recóncholis, Mónica, qué bien te expresas.
—Tenemos que trasmitir los valores personales que deseamos preservar por ser fundamentales en la vida.
 —¡Es verdad… qué tonto soy! Ya iremos a París cuando estemos casados, me has convencido.
—Solo debes tener un poco de paciencia, solo te pido eso.
—¿Sabes una cosa, Mónica? ¡Te quiero!
—Yo también.
—Lo malo es que…
—¿Sí?
—Lo malo es que yo en el paro y tú cobrando seiscientos euros… ¿Así cuándo nos vamos a poder casar?
—Ay, tontito mío… todos lo pasamos mal, desde luego, no sé qué más decirte… ¿quieres que te haga una pajilla?
—Bueno.
 
Diálogo inspirado en el magnífico artículo del Aula de sexualidad del diario ABC: ¿Por qué no debemos viajar juntos de vacaciones si estamos saliendo?
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2 pensamientos en “Viajar juntos

  1. 🙂 Pero una pajilla son tocamientos, que incluso estos no son capaces de ser un poquito coherentes, si no hay contactos no hay contactos, punto, si no se pueden casar que se mueran vírgenes, por idiotas.

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