Las lagunas de la Alameda

Si ustedes están leyendo estas palabras en español, no pierdan el tiempo. Ha llegado a mis oídos que circulan por ahí traducciones adulteradas de esta historia. El original está en inglés, y pueden descargarlo en este enlace. Les animo a que hagan el pequeño esfuerzo de acudir al texto auténtico y, si no son capaces de entenderlo, pidan ayuda, no se dejen engañar. Mi nombre es Michael y soy de Birmingham. La primera vez que visité Sevilla decidí montarme en el bus turístico, aprovechando que paraba junto a la puerta de mi hotel y que la recepcionista se empeñó en canjearme un bono que, al parecer, me salía gratis con la tarjeta de puntos. Coño, qué bien, me dije a mí mismo, y solo tras un par de vueltas en este simpático medio de transporte de dos plantas, sin pensarlo demasiado, me bajé al final de un paseo conocido como la Alameda. Me pareció una plaza muy animada y hacía una hermosa tarde. A partir de ahí los recuerdos se confunden en mi cabeza. He tenido que recomponer la historia en función de distintas versiones que han llegado a mis oídos, a veces contradictorias. Yo no había acudido a Sevilla por turismo, nunca hago turismo. ¿Entonces qué jodida idea (fucking) cruzó por mi cabeza cuando me dejé seducir por la recepcionista? ¿Sería su inglés pronunciado con ese impecable acento Brummie sevillano? Algo extraño flotaba en el aire. Era una preciosa tarde y me dije por qué no. Nunca hago turismo, visito muchas ciudades en el desempeño de mi trabajo y cuando no estoy de servicio suelo quedarme en el hotel a leer o busco algún entretenimiento solitario, no tengo ánimos para otra cosa. Aquella tarde, sin embargo, un estúpido optimismo se había apoderado de mi voluntad y me monté en la planta alta del bus turístico, junto a dos señoritas belgas que no dejaban de rascarse el cuerpo, como si jamás en sus vidas hubieran tomado el sol en un bus turístico y eso les provocase picores. A pesar de todo, sonreían todo el tiempo. Me bajé en la parada situada en un extremo de la Alameda y empecé a caminar, observando a los indígenas sevillanos, que se comportaban con una inquietante normalidad. He visitado un par de veces España de vacaciones en mi infancia, desde luego, y también me corrí alguna que otra juerga adolescente en ciertas islas, pero hace ya muchos años de aquello y en ningún caso esos viajes del pasado me sirvieron para avanzar en mi nivel de español hablado. Me llamo Michael, tengo 41 años, soy de Birmingham, mido seis pies y dos pulgadas, peso más de 180 libras y soy negro. No muchos negros de Birmingham pueden permitirse el lujo de ir a España de vacaciones. Yo no estaba exactamente de vacaciones, pero me había montado en el bus turístico y había contactado visualmente con las dos señoritas belgas, que no paraban de sacarme la lengua y de regalarme gestos obscenos, como si nunca hubieran hecho el amor en lo alto de un bus turístico. A pesar de todo, logré desembarazarme de ellas y decidí bajarme en la plaza de la Alameda Square, lleno de hastío y de indiferencia, pero dispuesto a actualizar el poco español que había aprendido en las vacaciones de mi infancia. ¿Cup of café con leche? Pedí a la camarera. ¿No prefieres un carajillo, moreno? Están de oferta. Respondió ella. No entendí un pijo, pero acepté. Hasta un año después no pude reconstruir la pregunta con ayuda de Anthonia, la propia camarera, que ha colaborado en esta historia, y de qué manera. En realidad este relato se debe mucho a las colaboraciones, no recuerdo gran cosa y me he visto obligado a reconstruir los hechos a base de invitar a botellines a unos y a otros. Esto allí, en la Alameda, al parecer es normal. Acepté el carajillo, y después vinieron los vinos generosos, muy apreciados en Birmingham, y mucho más baratos en aquellos bares, donde los humanos convivían con sus mascotas en perfecta armonía. I have a dream, le anuncié: quiero que seas parte de mi historia. No muchos negros de Birmingham viajan regularmente a España ni a Gibraltar y a pesar de todo sacan un hueco para montarse en el bus turístico de la vecina ciudad de Sevilla. Un día es un día, podría haber añadido. Vengo por negocios, pero esta tarde la tengo libre, mañana me esperan no sé cuántas entrevistas, le contaba a Anthonia, que además de inglés hablaba portugués y otros tres o cuatro idiomas. Me rogó que la esperara, terminaba su jornada en media hora, y dijo que estaría encantada de acompañarme porque —afirmó— yo era un moreno guapo. I have a dream, repetí haciéndome el interesante. La esperé sentado en la terraza de un bar de por allí cerca, el corral del maltés creo que se llamaba. Ella prefería citarme allí por un motivo que no estaba muy claro (aún hoy no lo sé). Yo tampoco desvelo a menudo demasiados datos sobre mi profesión. Es cierto que trabajo para grandes clientes de algunos bancos, aunque a veces me gusta tirarme el farol de que soy un hombre de negocios como mis jefes, no en vano conozco perfectamente sus rutinas, controlo sus agendas, tengo información de sus chanchullos y de sus flaquezas. Aquella tarde mi jefe andaba por ahí en algún club privado al que no quiso que le acompañara, así que disponía de la tarde libre. La libertad tiene mucho más valor cuando dura solo una tarde, aun así no suelo montarme en los autobuses turísticos de ninguna ciudad. Y menos en Sevilla, donde siempre están dándole al rollo del embrujo flamenco, la luna lunera o no sé qué. No solo mi jefe, también Anthonia me había dado media hora libre y la aproveché tomando una tapa en el bar donde nos habíamos citado, consciente de que media hora es muy poco tiempo para que la libertad cobre algo de valor. Sin embargo la chica no apareció, no volví a verla hasta un año después, cuando tuve que viajar de nuevo a Sevilla a reconstruir la historia (por encargo de mi abogado y por lo que pudiera pasar). Necesitas pruebas, me dijo, vuelve a Sevilla, busca a quien sea que se pueda acordar de ti, no hay muchos negros de Birmingham en la Alameda, alguien te tuvo que haber visto. Créeme George (así se llama mi abogado) yo no la violé. Claro que no, pero tienes que volver a Sevilla y reconstruir la historia. Me ha costado horrores poner en pie aquella jornada, y todo para que luego venga cualquiera y la traduzca al castellano alterando datos, unidades de medida, nombres y cantidades de líquido ingerido. Por eso insisto, si están leyendo esto en otro idioma, no se mareen más, descarguen el original en inglés, que lo pueden encontrar aquí. Me llamo Michael, vengo de Birmingham y llegué a la Alameda Boulevard en un medio atípico como el bus turístico, más atípico si tenemos en cuenta que ejerzo el oficio de chófer y que soy ambidiestro, tanto me da circular por la izquierda como por la derecha, el whisky o la ginebra, ocho que ochenta. Al cabo de una hora de espera en el corral del maltés (o como se llamara aquel sitio), e intuyendo que estaba a punto de recibir mi primer plantón sevillano, volví a lo de Anthonia y allí me informaron de que había finalizado su jornada y se había marchado. Así aprendí el verdadero sentido de la palabra plantón, que en un principio confundía con el plancton marino, qué gilipollez. Me quedaba aún bastante tiempo por delante para disfrutar del embrujo de la luna lunera, no tenía ningún servicio hasta la mañana siguiente y mi jefe ocasional (un banquero danés residente en Gibraltar) andaba de corridas y no me obligaría a madrugar. Así fue como me adentré en el apasionante mundo de la tapa de autor, el rulo de cabra y la mermelada de arándanos.

lagunas_01.jpgMi apariencia física, bastante agraciada aunque esté feo confesarlo, ha sido sin duda un factor decisivo a la hora de conseguir este empleo de chófer, que está muy bien remunerado porque entraña un cierto riesgo. De cuando en cuando, en lugar de un servicio normal, lo que toca es algún trabajo sucio o directamente hacer de gorila, sobre todo ahora que se está poniendo de moda el asedio al banquero. Mucho más relajado resulta cuando el jefe de turno es un poco sarasa (en el mundo de la banca los hay a porrillos, por si no lo sabían). En estos casos viene muy bien ser ambidiestro. Qué más puedo decir de este oficio. Está bien pagado y punto. Libertad no hay mucha, pero al menos te permite de vez en cuando pasar tardes inolvidables, como aquella de la Alameda Square de la que, paradójicamente, recuerdo más bien poco. Por eso tuve que hacer el esfuerzo de reconstrucción, al revés que en las tapas de diseño, en las que lo que se lleva es todo lo contrario: la deconstrucción (eso lo aprendí también en aquellos bares en los que cuentan que antiguamente se bebían hasta los tanques). Claro que había putas en la Alameda, quién dijo que no, pero yo nunca he necesitado ir de putas, pregúntenle si quieren a las señoritas belgas, con quienes en mi labor investigadora de reconstrucción nunca conseguí contactar. El caso es que a la víctima (¿pero la víctima no soy yo?) le dio por decir que la violé (¡voilà!), y aunque no me denunció a la policía me chantajeaba a base de bien. Afirmaba tener manchas de mi semen repartidas en puntos estratégicos (no me dio más datos). Las pruebas obraban en poder de un primo suyo, me dejó muy claro que si a ella le ocurría cualquier cosa su primo tenía instrucciones para sacarlas a la luz y enmarronarme. Que alguien tenga que trabajar para banqueros o mafiosos no le convierte de forma automática en un inmoral ni eso da derecho a cualquiera a jugar con la vida de nadie. Mi primera reacción fue buscar el significado de la palabra enmarronarme. En una rápida investigación por Internet obtuve unas respuestas horribles. No me suelo inquietar con facilidad, pero algo me decía que aquel asunto olía mal. Por eso un año después viajé de nuevo a Sevilla, de incógnito, a reconstruir la historia. Me alojé en el mismo hotel y, aprovechando que la recepcionista había cambiado, decidí no usar el bus turístico en mis desplazamientos urbanos. A la Alameda de Jércules: ordené al taxista. ¿Y quién era esa víctima, esa señorita que afirmaba haber sido violada por mí y que me amenazaba con denuncias y con sacar a la luz otros trapos sucios sobre mi vida y, lo que era mucho peor, algo de unos asuntos de mis jefes que me salpicaban de forma muy directa y que podrían arruinar mi vida? Ese debía ser el objeto fundamental de mi investigación, tenía que identificarla, encontrarla, contrarrestar los efectos de sus amenazas con alguna oportuna maniobra, o al menos recabar pruebas testimoniales de que aquella noche yo no violé a nadie, soy un negro agraciado que no necesita andar por ahí violando a las personas. Sin embargo, una pregunta insistente me golpeaba el cerebro: ¿por qué no recordaba nada y por qué también después de diez años de servicio como chófer aquella fue la primera vez que la cagué y dejé plantado al banquero danés a las ocho de la mañana en la recepción del hotel? ¿Y qué carajo tenía todo esto que ver con el plancton marino? Hay muchos tipos de reconstrucciones, están por ejemplo las totales y las parciales. En este caso debía ser necesariamente parcial, por la causa principal de que una laguna de amnesia de una noche completa y parte del día siguiente no era algo que pudiera llenarse a base de botellines (little bottels of beer). Me monté en el taxi y dije: A la Alameda de Jércules, déjeme en la parada del bus turístico, y el taxista se volvió a mirarme sin comprender nada. Pensé que la mejor forma de reconstruir la historia sería volver sobre los mismos pasos de la otra vez, recrear los lugares en los que estuve, hablar con la gente. No me costó mucho encontrar de nuevo la primera cafetería. Y lo mejor de todo: allí estaba la chica, Anthonia. Un carahillo, please, le pedí, y ella me reconoció al instante. Cómo estás, moreno guapo. Lo bueno de que alguien te dé un plantón es que cuando vuelve a verte se siente culpable y hace lo que sea por redimirse, aunque haya pasado un año. O eso pensaba yo para convencerme a mí mismo. La chica me informó de que le quedaban aún dos horas para terminar su jornada, por lo que me dejaba de nuevo la tarde libre, y me señaló un bar de por allí cerca donde podríamos encontrarnos. Todo era demasiado parecido a la otra vez, solo que en esta ocasión tuve la oportunidad de hablar un poco más con ella y de explicarle el embrollo en el que me había metido. Tengo una mujer en Birmingham y una niña de seis años. Este no es un buen oficio para tener familia, demasiados viajes, le expliqué a la chica, que decía comprenderme y se ofreció a ayudarme en mis pesquisas, enternecida por la foto familiar que le mostré en la que salíamos los tres (mi mujer, mi niña y yo) en un campo de golf. No muchos negros de Birmingham practican el golf. ¿Me dejarás plantado otra vez? Le pregunté. No tonto, respondió ella, y le pidió a otro cliente que andaba por allí que me acompañara en la espera: este es Jimmy, te ayudará a encontrar a esa chica, nos vemos luego. A pesar del nombre, Jimmy no hablaba ni papa de inglés: ¿Qué pasa, canijo? Me saludó extendiendo la mano.

lagunas_03Con mi nuevo acompañante traté de seguir el débil hilo de mi memoria e iniciamos un recorrido por diferentes lugares en los que se supone que podría haber estado en mi anterior visita, en cada uno de los cuales me veía obligado a pagar una ronda de little bottels of beer, no solo a él, sino al resto de los colegas con los que se iba topando; cerveza que a menudo era acompañada por unos minúsculos platitos de lo que en Andalussia se conoce como shoshitos. Me vino a la mente una historia antigua de un hombre que se quejaba porque se sentía tan desgraciado que no tenía otra cosa que comer. A pesar de la ingesta de estas leguminosas y del gran número de botellines a los que me vi obligado a invitar, no hice grandes progresos en mis investigaciones, y en cierta forma tuve la sensación de que nos estábamos desviando de la ruta. Es cierto que conocí a muchas personas que decían recordarme de la otra vez, y eso al principio me llenaba de expectativas, hasta que me di cuenta de que no distinguían mucho a unos negros de otros (lo descubrí porque uno de los que afirmaba de forma más categórica acordarse de mí intentó que un senegalés que cruzaba casualmente vendiendo baratijas le invitara a un botellín. Lo confundía conmigo, claro). En estos asuntos me hallaba hasta que reparé en que habían pasado más de dos horas y Anthonia seguía sin aparecer, ¿se trataba de otro plantón? Jimmy se empeñó en que fuéramos a ver a las putas, sostenía que ellas debían de tener la clave del misterio, que todo aquello podría obedecer a la manipulación de un proxeneta. Consideré su propuesta y le seguí por un callejón que me indicó, aunque yo no soy de andar con esta clase de mujeres. De todas formas, las putas de la Alameda me parecieron unas mujeres bellísimas, y muy altas. Incluso había algunas más negras que yo. Sin embargo el diálogo que mantuvimos con ellas resultó del todo infructuoso, no parecían comprender el motivo de mi investigación. Una de ellas, la más alta, metiéndome mano directamente en mis atributos, se atrevió a pedirme: Déjame verlo, si tienes un buen rabo seguro que me acuerdo. Me dio la impresión de que se estaba propasando un poco. Menos mal que en aquel momento, como si fuera una superheroína de barrio, apareció de forma providencial Anthonia y me sacó de allí. Reparé entonces en que Jimmy hacía un rato que se había quitado de en medio y ya no supimos más de él en toda la noche. Por fin a solas con Anthonia. Nada de esto tiene ningún sentido, le dije, sea quien sea esa mujer que me acusa falsamente, tiene que esconderse en el mundo de la tapa de autor, no en estos lupanares ni en los bares de botellines y shoshitos. Ella entendió perfectamente mi inquietud, a pesar de eso trató de tranquilizarme, me dijo que antes de continuar la búsqueda quería hacer el amor conmigo, que sentía por mí una atracción irrefrenable. Hazme tuya, dijo. ¿Quién puede negarse a una propuesta de esta naturaleza? Ni siquiera hizo falta acudir al bus turístico, ella vivía muy cerca de allí, en un pequeño apartamento situado en una planta baja, desde cuyo dormitorio se escuchaban las conversaciones de los transeúntes, lo cual robaba un poco de intimidad, aunque a ella al parecer esa clase de exhibicionismo la ponía. Anthonia era una amante furiosa y descarnada que confundía el dolor con el placer y decía que no cuando quería decir venga palante, le gustaba alternar la sumisión con el dominio, o probablemente había dejado cotaminar sus preferencias sexuales por la nueva literatura erótica. En medio de sus jadeos y de sus alaridos, cuando con mayor empeño me aplicaba en mis arremetidas, soltaba exclamaciones en francés y en alemán, por este orden. Mientras escuchaba este batiburrillo de gemidos y lenguas tuve por primera vez la sensación de que recobraba la memoria, me venían imágenes a ráfagas, como si ya hubiera vivido antes aquella experiencia políglota. Empecé a sospechar algo terrible: quizá fuera ella la víctima de mi supuesta violación, la autora intelectual y material del chantaje que me había llevado por segunda vez a la ciudad de Sevilla. ¿Sería posible? ¡Claro que sí! ¿Cómo no se me pasó antes por la cabeza? No hizo falta ahondar mucho más en esa hipótesis, ella misma se adelantó a confesarlo: Eres un negro muy guapo, no se me ocurrió otra forma mejor de hacerte volver. Esto me dijo, y me pidió que le diera unos azotes para castigarla porque había sido una niña muy muy mala. Tuve que emplearme a fondo hasta que ambos nos dejamos caer en la cama, extenuados por el esfuerzo. Echó finalmente la cabeza sobre mi torso y, mientras me acariciaba, fui arrastrado por el sueño y me sentí desvanecer en una dulce sensación de olvido.

lagunas_02Me llamo Michael, tengo 41 años, nací en Birmingham y trabajo de chófer para clientes importantes de algunos bancos. Este oficio con frecuencia me obliga a viajar y me absorbe demasiado tiempo, aunque ocasionalmente dispongo de ratos libres que aprovecho para hacer turismo, es mejor eso que quedarse en el hotel a buscar entretenimientos solitarios. Puede que el relato de los hechos resulte algo incompleto, aún quedan demasiados datos sin poner en pie. Cuentan que hace muchos años hubo una laguna en la Alameda, quizá por ese motivo haya tantas lagunas en esta historia. Claro que si por cualquier circunstancia la están leyendo en otro idioma que no sea inglés, desconfíen, y recuerden que el documento original está accesible en este enlace.

Anuncios

6 pensamientos en “Las lagunas de la Alameda

  1. Por Dios! que lo he leído hasta el final, me merezco un premio, este formato es antiblog totalmente. Pero me ha gustado la currada que te has pegado, especialmente para transcribirlo al inglés 😉 Fructífero y creativo 2014, aunque no lo necesitarás!

    • Tienes toda la razón Fedora, de hecho estuve planteándome si publicarlo en partes porque se me había ido la mano con la extensión. No creo que lleguen al final muchos más, jaja, pero bueno, ya que estaba terminada, me dije “enga”, seguro que alguien pica y se la lee entera. Te deseo también todo lo mejor en este año que empieza. ¿Alguna sugerencia para tu premio?

  2. yo también lo he leído entero, por supuesto el original en “inglés” y así repasar un poco mi gramática anquilosada. Magnífico. Un abrazo

  3. Pingback: Pac-Man Barcelona – nosoloimpulsos

Deja un comentario, qué te cuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s