Observaciones

Menudo aburrimiento. De cada diez personas que entran solo cinco parecen reparar en mi presencia. Menos mal que consigo entretenerme recabando datos estadísticos, me ayudan a analizar los acontecimientos que me rodean y a pasar el rato. En vez de lamentarme me reconforto en la certeza de que los números tienen un lado mágico y poético que intento descifrar en mi observación, más metódica que contemplativa. O quién sabe. Cuando me saludan suelo responder con una simple sonrisa, a veces apenas esbozada, a veces amplia. Me gusta combinar las matemáticas con la actitud poética y, en medio de estos rostros circunspectos que veo pasar,  sé que una sonrisa es un rayo de luz en la oscuridad. Sonrío el noventa por cien de las veces, y cuando no lo hago es solo porque no me parece adecuado a la situación, o porque intuyo que la otra persona tampoco va a sonreír. Esta capacidad de intuición te la da el oficio. Algunos lo llaman empatía. Yo prefiero llamarla simpatía.

Sonrío por simpatía y también por educación. En toda sonrisa hay un porcentaje de simpatía y otro de educación, que varía en función de las circunstancias o de la persona a quien vaya dirigida. Este porcentaje se refleja en la curva geométrica de los labios. He comprendido que una sonrisa puede ser falsa sin dejar de ser sonrisa. No descarto que en otros idiomas, por ejemplo en balinés, tengan palabras distintas para designarlas. A veces me siento idiota cuando muestro una sonrisa amplia a esa chica nueva que han contratado en la gestoría de la tercera planta, y ella responde con una sonrisa falsa que en balinés ni siquiera sería una sonrisa. Me desconcierto aún más cuando no reacciona, o si no se fija en mí, como el cincuenta por cien de los que cruzan esta puerta. En esos casos he notado que la sonrisa se me queda un par de segundos en la cara hasta que empieza a desfigurarse como un helado que se derritiera. Aquí la vida es un continuo ir y venir, un entrar y salir, aunque en mi caso lo experimento de forma más bien contemplativa. Hay distintos estilos de contemplación, que van desde la práctica indiferencia hasta la excitación. Todas las variedades las practico a lo largo de una jornada cualquiera, aunque debo advertir que en esto también los porcentajes pueden variar en función de muchas circunstancias, entre otras, las estaciones del año. A diferencia de la sonrisa, la contemplación nunca es falsa. Se contempla o no se contempla, se mira o no se mira, y no siempre la voluntad es capaz de controlar el gesto. Es lo que ocurre cuando se te van los ojos. A mí, por ejemplo, me pasa mucho. Si he de destacar algún defecto en el desempeño de mi oficio, sin duda uno de ellos es la falta de autocontrol, al menos en la mirada.

Esa chica nueva de la gestoría, por ejemplo, me llama mucho la atención. Debe de tener un contrato a media jornada, porque sale todos los días puntualmente a las dos de la tarde. También suele bajar a media mañana a fumarse un cigarro, lo que me hace pensar que, aunque sea de costumbres ordenadas, tiene un lado vicioso. La veo salir y soy capaz de leer en su gesto cómo le ha ido el día, incluso adivino si se le avecina una tarde feliz o la pasará con su novio. Es triste imaginarlo, pero seguramente tiene pareja, y por la razón que sea no es feliz. Lo confirman todos los indicios. Esos días en que apenas se fija en mi presencia o se despide con un gesto rápido me gustaría decirle algo que la confortara, poder ayudarla. O al menos presentarme. Quizá le tengo demasiado respeto a mi propio uniforme y temo que pueda molestarse por una intromisión de este tipo en el desempeño de mi trabajo. Si supiera la cantidad de datos que voy almacenando de sus idas y venidas en el poco tiempo que lleva en este edificio no sé cómo se lo tomaría. Me gustaría que fuera ella quien se dirigiera a mí para preguntarme cualquier cosa. No dejaría escapar la oportunidad de mostrarme solícito sin abrumarla. Le sonreiría y, si ella me devolviera la sonrisa, le hablaría del rayo de luz en la oscuridad de mi mañana, para que comprendiera que debajo de este uniforme existe un ser de una refinada sensibilidad. Quizá ella se aficionaría a saludarme cada vez, y a pararse un rato para escuchar mis símiles. Y eso solo sería el comienzo. Luego me lanzaría a por las metáforas.

 No puedo evitar una sensación de abatimiento cuando la veo marcharse cada día. Nunca le digo nada. Después me queda toda la jornada de tarde por delante, las estadísticas vuelven a ser frías, y los números pierden su magia. En medio de este hastío me viene a la mente el recuerdo pertinaz de su última sonrisa, cuando me descubrió hechizado por su dulce contoneo. De estas veces que no atino a colocar los labios en la posición correcta, como un niño al que pillan en plena travesura. Se me fueron, una vez más, los ojos. Es difícil entender lo que me pasa. Ya no sé si la simple observación se está convirtiendo en fijación. Me queda toda la tarde por delante para decidirlo. Menudo aburrimiento.

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