La memoria

Me puse el otro día a releer viejos escritos de unos años atrás que tenía por ahí almacenados en una carpeta con el sospechoso nombre de “poemas”. Había algunos realmente malos. Malísimos, de verdad (¿en qué estaría yo pensando cuando escribí “no haré con las lágrimas como con tu deseo” o cosas de ese tipo, madre mía?). Pero me encontraba con buena disposición de ánimo, así que me dio por eliminar archivos. Cuando leía uno de esos poemas lastimeros lo cerraba y acto seguido lo mandaba directamente a la papelera de reciclaje. Sentía un raro placer cada vez que repetía esta acción. Calculo que a la media hora había llegado a suprimir ya por lo menos… veinte poemas de amor y una canción desesperada. Sin embargo, aquella primera satisfacción pronto comenzó a esfumarse. Caí en la cuenta de que los estaba eliminando únicamente del ordenador portátil, pero ¿qué pasaba con las copias? Hubo un tiempo, era yo joven o vete a saber, el caso es que hacía copias de seguridad de todo. ¡De todo! Te recomendaban que siempre era bueno hacer backups y tú te lo creías (¿backups?). Calculé en un rato que debía de haber copias de esos horribles poemas en unos cuantos ordenadores, discos duros, cedés, pendrives, sin contar lo que estuviera almacenado en la nube… ¿Cuántas copias habría? ¿Doce? ¿Quince? No era tan fácil desprenderse de los archivos. Con ese disgusto me fui a la cama. ¡Esos poemas me perseguirían el resto de mi vida! Mierda, mierda, mierda.

Al día siguiente encontré hueco en mi apretada agenda para retomar el propósito de la víspera. Fui uno por uno iniciando ordenadores y revisando dispositivos con el único objeto de eliminar los putos poemas. ¿Está seguro de que quiere enviar este archivo a la papelera de reciclaje? ¡Pues claro! ¿Está seguro de que quiere vaciar la papelera de reciclaje? ¡Y quemarla si hace falta! Fue un trabajo agotador, incluso la torre de un viejo 386 tuve que subirla a casa desde el cuarto trastero. Me encontré al vecino en el ascensor. ¿Qué? ¿De mudanza? De mudanza, tu puta madre…

Al final, tras una agotadora jornada, lo conseguí: me deshice de todos los archivos conflictivos de la carpeta “poemas” allí donde los encontré. Al mismo tiempo era consciente de que eliminar todos todos… era imposible. Me acordé, por ejemplo, del notebook que me habían robado en el aeropuerto de Castellón. ¿Me podría alguien chantajear en el futuro con sacar a la luz esos poemas cuando fuera yo, por ejemplo… famosete? Bueno, en ese caso ya se vería, al menos la tarea principal ya estaba terminada.

Exhausto, pero satisfecho del trabajo realizado después de haberme quitado ese peso lírico de encima, me eché en la cama a descansar. Mientras intentaba conciliar el sueño, me vinieron a la cabeza los versos de aquel poema: “no haré con las lágrimas como con tu deseo…” ¡Lo recordaba enterito! ¡Oh, no, la memoria! —pensé—. Mierda. Mierda. Mierda.

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8 pensamientos en “La memoria

  1. Ja, ja, ese es más difícil de eliminar voluntariamente, pero bueno tengo el teléfono de un tal Dr. Alz Heimer, que podría ayudarte…yo el otro día creo que me tragué un chicle y ni me acuerdo!

    • Claro, también está el recurso de darse a la bebida, lo malo es que tiene efectos secundarios: es posible que así se te olvide algún poema, pero se te ocurren otros, y es casi peor.

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