Lo que aconteció al hijo del molinero

Un día se apartó el conde Lucanor con Patronio y le dijo asín:

—Patronio, yo fío mucho en tu entendimiento, y sé que lo que no entiendas tú, a lo que no puedas dar consejo, que no hay otro hombre que le pudiera acertar, por ende, te ruego que eches una mano en lo que ahora te diré. Sabes muy bien que ya no soy muy mancebo, y aun así me mantengo sin esposa, y no por falta de ganas. Sucede que no me parece estado apropiado para hombre de mis cualidades ni de mi posición, a veces surge en mí el deseo de escoger mujer que me siente la cabeza, mas ocurre que no me hallo muy persuadido entre las distintas opciones que me se ofrecen, hay varias mozas que me violentan y, a su manera, me turban el entendimiento hasta el punto de no decidir cuál de ellas me conviene mejor como compañera, en concreto le tengo echado el ojo a tres cortesanas que me encienden el ánimo. Mas ocurre que ninguna de ellas me presta demasiada atención, y acaso se ilusionan con algún dudoso príncipe que solo existe en sus fantasías.

—Señor conde Lucanor, mucho me place de todas estas razones que dices, y señaladamente porque me dijiste que te aconsejase en tu demanda, que si de otra guisa me lo dijeses, bien cuidaría que lo hicieras según conviene a tus intereses, pues ciertamente, señor conde Lucanor, si quisieras dejar tu estado y tomar vida de orden o de otro apartamiento sería una gran maravilla que pudieses vivir sin la aspereza de la renuncia, y algún noble señor podrá estimar que para qué elegir solo a una cuando se puede tener varias, por ende me placería que supieses lo que sucedió a los hijos del molinero.

El conde Lucanor le rogó que le contase cómo fuera aquello.

—Señor conde Lucanor, dijo Patronio, un molinero tenía dos hijos y el mayor de ellos, llamado Apolo, le salió emprendedor. No le bastaba con el molino de su padre, no, al parecer quería su propia cadena de molinos o cambiar de oficio, cualquiera sabe. El más pequeño, Esteban, mucho más dócil y fiel al espíritu familiar, aceptaba de mejor grado sus quehaceres, le distraía la vida en el molino, viendo pasar a las mozas que se acercaban a la aceña, a las que, con frecuencia, regalaba donaires con galantería. Así fue creciendo, entre vituperios y desplantes de su hermano mayor, que sentía mayor atracción hacia la cría de pollos y con esa excusa se vanagloriaba de su audacia, mostrándose a su vez presto a escapar algún día de las rutinas de la molienda. Y fueron evolucionando, fuertes y bifurcados, con la certeza de que su padre abandonaría la vida más pronto o más tarde, dejaría el molino, la hacienda, y las ocupaciones propias de la existencia terrenal. Ya en el lecho de muerte fue y les dijo: Hijos míos, no os dejo gran cosa, este molino ya está obsoleto y para el turismo rural tampoco lo veo, tendréis que valeros de vuestro ingenio, y mejor que espabiléis, que andan los tiempos revueltos como ajetes. Rezad mucho por mí, así os evitaréis pensar demasiado, que eso nunca es bueno. A las pocas horas Apolo, el hermano emprendedor, le dijo al pequeño: yo me voy de aquí, vendamos el molino y marchemos a recorrer mundo. Marcha tú, que yo me quedo, le respondió Esteban, clavando la pala en la que iba a ser la fosa de su padre, bajo el viejo castaño. Coge lo que quieras y llévalo contigo, que yo me apañaré en el oficio.

A los pocos días, después de haber dado enterramiento al viejo molinero, el hermano mayor lio un hatillo con sus pocas pertenencias, metió en una jaula una pareja de pollos de ambos sexos y emprendió la partida a las tierras ignotas del otro lado de las montañas. El pequeño se quedó solo y pensativo, con una difusa sensación de tristeza que le atacaba especialmente cuando cocinaba huevos pochos. A ratos le acudían pensamientos molestos. Ahora estoy aquí solo en el molino, ¿y qué? Puedo comer lo que quiero y nadie se entromete en mis cosas. A pesar de estas aseveraciones, que exclamaba en voz alta para convencerse a sí mesmo, la soledad le nublaba el ánimo. Quizá por ese motivo decidió buscar mujer, para no acabar hablando solo, como el tío Jacinto, a quien más adelante referiré.

De las mozas que pasaban por la aceña con asiduidad, que no eran muchas, había puesto el ojo en tres de una misma familia que acababa de instalarse en la comarca, aunque no se decidía en concreto por ninguna de ellas. Las tres mozas eran primas, de carnes morenas y formas pronunciadas. Más que clientas propias del molino, pues no eran de andar con trigo, se limitaban a pasar cada tarde por el sendero hacia el río a lavar la ropa. Esteban se quedaba mirándolas desde una margen de la vereda y les sonreía. Pizpiretas y presumidas, avanzaban con sus cuchicheos entre juegos y risas. Tengo que inventarme algo que las retenga, pensaba Esteban, algo relacionado con el trigo, la harina o los huevos, pero nada se me ocurre. Y así fueron pasando las tardes, los días y los mediodías, el agua por el molino y la sangre por las venas; el tiempo, en suma. A veces Esteban se acordaba de su hermano. Cada vez menos.

Una tarde las mozas bajaban hacia el río y, al pasar por el sendero junto a la aceña, entre juegos y canciones, la mayor de las tres se detuvo a enderezarse las enaguas y dejó que sus dos primas se alejaran. ¿Cómo te llamas, moza? Aprovechó Esteban para preguntarle. Dominica, respondió ella, pero me puedes llamar Dominga. Yo me llamo Esteban y vivo aquí en el molino, con mi padre que murió y mi hermano que marchó a emprender, o sea, que básicamente vivo solo. Tampoco te voy a decir que no me viniera bien una mujer, no por nada, es que os veo bajar al río cada tarde y todo yo me enciendo (esto último lo pensó, pero no se lo dijo). Dominga se ruborizó, y sin emitir respuesta inteligible, dio una carrera a alcanzar a sus primas, que le habían tomado la delantera y andarían ya por el centrifugado. El tiempo en el sendero del río fluye de otra forma.

A los pocos días de aquel encuentro, y sin que hubiera sucedido ningún otro conato de acercamiento, las tres primas volvieron, y esta vez fue otra la que se demoró a calzarse mejor las alpargatas o se detuvo por alguna veleidad. Esteban, que a la hora del paseo siempre se encontraba al acecho, le preguntó: ¿cómo te llamas? Puedes llamarme Cinta, respondió la moza, y sin dejarle ningún margen a la improvisación, el joven molinero fue esta vez mucho más incisivo, le contó que tenía en propiedad el molino, ya que su hermano emprendedor había partido allende las montañas. Vaya con tu hermano emprendedor, respondió Cinta, ¿y tenía mujer? Preguntó. Esteban le contó que se había marchado solo, y que no había vuelto a tener noticias, así que declaró abiertamente: Paso muchas horas aquí solo, y me alegra vuestra compaña, venid a verme siempre que gustéis. La joven, tras escuchar las palabras del molinero, sintió un súbito acaloramiento en el rostro y apretó el paso para alcanzar a las demás.

Al día siguiente volvieron a cruzar las mozas por el sendero del río, y esta vez fue la pequeña Elízabeth quien se hizo la remolona y se apartó, ávida de vivir una experiencia equiparable a la de sus compañeras. Ni siquiera hizo falta que Esteban tomase la iniciativa, fue ella quien se adelantó a preguntar: ¿Cuándo vuelve tu hermano? La pregunta se quedó flotando en el aire unos segundos y Esteban no supo qué responder. Acababa de comprender que, por muy apañado que fuera el molino, lo que excitaba la fantasía de las mozas era la figura de su hermano emprendedor, por ello no parecía que ninguna de las tres mostrara disposición a convertirse en molinera consorte.

Decidido a cambiar de estrategia, pensó en visitar al tío Jacinto, que vivía en una cabaña al otro lado del río. Tío Jacinto, tío Jacinto, le preguntó, ¿qué puedo hacer? Las tres mozas me gustan y ninguna me hace caso, cada tarde las veo pasar y me enciendo como un choto, tío Jacinto, no veo la luz, ¿podrá usted alumbrarme? El tío Jacinto, alzando su cayado, le contó que, aunque no lo pareciera, él también un día fue joven y que igualmente amó a una moza que no le hacía caso, al final se quedó soltero y ahí seguía, viejo, enfermo, en la cabaña, hablando solo y sin nadie que le cuidase, o sea, que para consejos sobre mozas, mejor que se buscase a otro.

Esteban volvió a casa meditando sobre las palabras del tío Jacinto, que le arrojaban más sombras que luces. Al pasar por el río se topó con las tres mozas que, tras haberse afanado con la colada, tomaban un baño en el río ligeras de ropajes. En especial le sorprendió descubrir que la pequeña Elízabeth lucía una rosa tatuada en la nalga izquierda. La belleza de la estampa le causó una viva impresión. Decidió que la rosa sería su flor, y plantó un rosal en la entrada del molino, más como gesto simbólico que como una verdadera apuesta de futuro.

Con el tiempo, las primas fueron tomando cierta confianza con Esteban, y se demoraban con asiduidad, aunque siempre andaban con prisas, sus familiares las requerían y no se fiaban mucho de ellas. Al pequeño molinero le pareció que eran unos seres de naturaleza efímera y huidiza. Hubiera dado cualquier cosa por retenerlas cada día un rato más pero, aunque tratara de imaginar alguna argucia con la harina, el salvado o los huevos, nada le venía a la mente. Entonces recordó que su padre le había aconsejado avivar el ingenio, y pensó que podría atraerlas con la figura de su hermano. Así fue como optó por la técnica epistolar, comenzó una simulación en diferido consistente en suministrarles falsas noticias de Apolo que él mismo inventaba: Ahora está en Flandes, les contaba, de picos pardos. Se vio así forzado a imaginar historias que las mozas escuchaban entre suspiros. ¿Has recibido noticias de tu hermano? Le preguntaban, y Esteban respondía: Me ha llegado una carta. ¡Una carta, una carta! Exclamaban las mozas, casi derretidas de la emoción: ¿Nos puedes leer aunque solo sea unas líneas? Y Esteban empezaba: Querido hermano, ¿te conté ya que estoy en Flandes? No te puedes ni imaginar lo bonito que esto es y las ganas que tengo de emprender. Aún no me he casado, porque aquí las mozas son muy diferentes, no como las de nuestra tierra, que son las que de verdad me gustan (suspiros), debí haber buscado mujer antes de marchar. ¿Sigues con el molino? Aguanta, hermanito. STOP.

Podría haber enriquecido la carta con algunos detalles sobre la vida en Flandes, aunque solo fuera por ganar en verosimilitud, pero al fin y al cabo las primas qué sabían. Después de todo, el lenguaje epistolar no era su fuerte. Se trataba de avivar el fuego de su excitación y provocarles el deseo de volver para conocer la historia completa. Hasta aquí bien. Las mozas siguieron pasando con regularidad por la vereda del molino y, dominadas por la curiosidad, paraban cada día a charlar con Esteban, que aprovechaba estos ratos para lucirse y darse importancia entre carta y carta. Hasta aquí bien, ya lo hemos dicho, pero a partir de este punto se produjo un estancamiento, no sabía cómo avanzar, seguía sin tener claro cuál de las tres primas le gustaba más. Eso le hizo acudir de nuevo a la cabaña del tío Jacinto, para pedir consejo.

Le contó que las mozas parecían encendidas, que se paraban cada día, pero solo fantaseaban con su hermano, ninguna mostraba por él un interés especial, soñaban acaso que algún día Apolo volviera para casarse con alguna de ellas, qué disparate. El tío Jacinto, aferrado a su cayado, le contó que él también había sido joven y de igual forma había inventado historias de un hermano inexistente para conquistar a una mujer que le gustaba, pero que esta mujer se acabó hartando de las historias y que al final se quedó solo, en la cabaña, viejo, enfermo y sin nadie que le cuidara, así que mejor que se fuera a pedir consejos a otro que tuviera más experiencia. Y luego añadió: A ver si te enteras: ¡soy un single!

Esteban se marchó de la cabaña con las ideas aún más confusas y, al pasar por el río, contempló a escondidas de nuevo a las tres mozas tomando un baño. Esta vez fue Cinta, la segunda de las primas, quien atrajo su atención. Llevaba tatuada una luna en el pecho izquierdo. La venturosa estampa, más que aclarar nada, no hizo sino aumentar su desconcierto. Una luna, una luna… ¿y ahora yo qué planto? Se preguntaba. Hasta que se le ocurrió tallar en madera la silueta del cuarto menguante, la pintó de blanco y la colgó en la entrada del molino, a la usanza de los hippies.

Otra tarde en que las mozas se pararon a charlar, Esteban había urdido una nueva trama para progresar en su estrategia de seducción a tres bandas: les anunció que su hermano regresaría en breve. Las tres mozas enloquecieron con la noticia y empezaron a acosarle con preguntas del tipo ¿Y cuánto tiempo se va a quedar? ¿Y qué día llega? ¿Viene solo o con esposa? ¿Está bien armado? Esteban respondía con evasivas, se daba cuenta de que no había previsto los detalles concretos de la invención, así que optó por visitar de nuevo al tío Jacinto, no porque le sirvieran de mucho sus consejos, sino porque así podía pensar en voz alta apoyándose en un interlocutor competente. Sin embargo esta vez el tío Jacinto le sorprendió con una idea imaginativa: Si les has dicho a las mozas que tu hermano va a llegar pronto, tiene que aparecer pronto como sea. En ese caso, puedo hacerme pasar por él. ¡Tío Jacinto, esa idea es genial! Exclamó Esteban. Sabía que te gustaría, a mí después de todo, no me va a venir mal un poco de movimiento en esta fase vital, viejo, enfermo y solo como me hallo… al menos aún soy capaz de aparearme. Ni lo sueñe, tío Jacinto, está usted demasiado viejo para parecer mi hermano, pero la idea es buena. Yo seré Apolo, dijo mirando al infinito.

En su regreso a casa, al pasar junto al río, pudo ver de nuevo a las tres primas tomando un baño. Esta vez le sorprendió menos que Dominga, la mayor, también luciera tatuaje: una estrella en el vientre, alrededor del ombligo. Aquella visión reveladora aumentó la pasión de Esteban, y se refugió en el molino a solas con sus pensamientos, enardecido por las perspectivas del nuevo plan, aunque sin terminar de decidir a cuál de las tres primas prefería. ¿Sería posible tres en una? A veces, la autoestimulación produce monstruos.

Un día por fin se despidió de las primas, dispuesto a llevar su estrategia hasta las últimas consecuencias. Les anunció que se marchaba a Flandes a encontrarse con su hermano y que regresarían juntos con los beneficios de sus empresas. Era una trola evidente, pero surtió efecto: las tres lloraron con emoción su partida sin ocultar tampoco el estado de agitación que les producía la idea de conocer pronto al hermano emprendedor. Sin embargo Esteban, en lugar de lanzarse al largo viaje que había anunciado, tenía el plan de ocultarse unas semanas en las montañas con ánimo de transformar su apariencia y de este modo hizo: en su refugio se dejó crecer el pelo y las barbas, cambió su aspecto y su forma de encarar la realidad cotidiana. Durante el tiempo que allí habitó, se ocultó en una cueva que conocía de los tiempos en que vivía su abuelo, que había sido pastor sin rebaño, y también le había enseñado a distinguir las hierbas o a practicar el ayuno. Esteban permaneció tanto tiempo en las montañas que perdió la cuenta de los días. A menudo le venía a la mente la imagen de las primas y seguía sin decidirse; una rosa, una luna y una estrella, ¿A cuál de las tres escogería? O se enfrentaba a las preguntas universales: ¿cómo llamar a esta tristeza vaga, profunda y pesada como piedra de molino que me recorre el cuerpo?

Cuando observó una mañana el reflejo de su imagen en un remanso de agua, comprobó que al fin su aspecto se había transformado por completo; le inquietó de algún modo hallarse con un look tan alternativo y demodé, pero comprendió que en asunto de tal calado mejor no escatimar sacrificios. Al fin decidió que había llegado el momento de retornar y emprendió el camino de regreso.

Cuando las tres primas vieron al muchacho aparentemente desconocido instalarse en el molino corrieron intrigadas a preguntarle, así que el joven molinero, haciéndose pasar por Apolo y cambiando con sutileza su voz, les relató la historia que tenía planeada: Esteban se había visto obligado a quedarse en Flandes a arreglar unos asuntillos, unos negocios. Al saber de esta noticia (otra evidente trola), Dominga le preguntó: ¿es que se ha vuelto emprendedor? Puede ser, respondió el falso Apolo, se va quedar un año, y luego regresará al molino. Tal vez para mitigar la contrariedad, las tres jóvenes se volcaron en atenciones al supuesto Apolo que, vencido por los agasajos, hubo de ordenarles que se marcharan, más que nada para hacerse valer. Todo parecía salir según lo planeado.

Cada día las siguió viendo pasar camino del río y las saludaba con simulada timidez, escuchando sus murmullos y sus risitas. Prosiguió en el papel de su hermano, sin rasurarse ni cortarse el pelo, engolando la voz y tratando de aparentar laboriosidad en el molino. Así fue hasta que un día, con los propósitos desatados, acudió a la cabaña del tío Jacinto, quien se llevó un pequeño susto al verle aparecer con aquellas barbas. El tío Jacinto, que no tenía mayores experiencias con las mujeres pero en cambio era un gran observador de la naturaleza, le aconsejó: la pequeña Elízabeth es una rosa, pero cuídate de ella, recuerda que las rosas también tienen espinas. Cinta es hermosa como la luna, pero nunca llegarás a alcanzar su auténtico amor. Dominga es la estrella que debes seguir, su camino te indica su vientre, está llamada a ser la madre de tus hijos. Esteban se sorprendió de que el tío Jacinto hubiera adivinado los tatuajes, ¿o es que también los había visto? Muy típico de los singles. Gracias, tío Jacinto, acertó a decirle, siempre sospeché que en usted habitaba un sabio, claro que tampoco me importaría que mis hijos tuvieran diferentes madres… Aún no he terminado, le interrumpió tío Jacinto, no te he dicho lo más importante: si quieres hacer feliz a las tres no te cases con ninguna, gózalas como merece su lozanía. Cuando te fallen las fuerzas recuerda siempre a tus parientes cercanos. Así lo haré, se despidió Esteban, y emprendió el camino de vuelta. Esta vez en su regreso no halló a las primas bañándose en el río, y sintió un vacío que le congeló el alma. Entonces comprendió que las amaba.

A la mañana siguiente, aún travestido de su hermano Apolo, tuvo la ocurrencia de ponerse a asar unos choricitos mientras esperaba el paso de las primas. Cuando al fin llegaron y se sintieron embriagadas por el humeante aroma de las viandas, lanzaron exclamaciones del tipo: ¡qué bien huelen esos choricitos, primo! Así fue como Esteban sacó unas jarrillas, pero ellas rehusaron la invitación, en casa descubrirían el olor del vino, así que el molinero, siguiendo la plática, se interesó por lo que cada una sabía hacer. Yo soy canastera, dijo la pequeña Elízabeth; yo, canastera también, respondió Cinta; pues yo qué te voy a contar: canastera soy, fue la respuesta de Dominga. Entre invenciones y argucias, les pidió luego que le contaran cosas de su hermano, una forma no muy honesta de sacarles información sobre su propia persona. Elízabeth dijo que Esteban era la gracia del camino, Cinta respondió que para ella siempre fue el magnetismo de la esencia. ¿Y a ti, Dominga, te cae bien mi hermano? Preguntó el falso Apolo. Tu hermano es, tu hermano es… y no fue capaz de articular respuesta.

Imbuido del espíritu emprendedor de Apolo, Esteban condujo a las primas al interior de la casa y aquella misma tarde se amó con ellas hasta alcanzar una comunión carnal que nunca antes había sentido, por falta de práctica. Se sintió feliz en la cadencia y en el balanceo, en el apretón y en la caricia, en el lado animal y en el plano oblicuo. Experimentó el recio brincar y el abandono transitorio, conoció sonidos nunca antes sentidos, sabores que le transportaban al río y a su fauna. En algunos instantes sintió la confusión de no saber quién era ni con quién se amaba, sobre todo cuando alguna de las tres le llamaba por su falso nombre, Apolo, o si lo exclamaban con la intensidad del éxtasis logrado, ¡Apolo, Apolo! Y perdió la conciencia (en sentido metafórico) y la vergüenza (en sentido estricto).

Al despertar la mañana siguiente, las tres primas habían abandonado el molino, dejando en su lugar un aroma de laurel chamuscado. Esteban se sentía aturdido, sin poder afirmar si la experiencia vivida la tarde anterior había sido real. Por eso, en cuanto pudo, acudió a relatarle la hazaña al tío Jacinto. Los jóvenes siempre igual, corriendo a contarlo. El viejo solitario observó con picardía el gesto demacrado de su sobrino. ¿Te has tirado a las tres? Le preguntó. Varias veces, tío.

Así fue que en los días que siguieron las tres primas se fueron demorando cada vez más rato en su paso por el molino, aunque siempre apremiadas por la escasez de tiempo, en la familia no dejaban de desconfiar. El joven molinero, a pesar del cariño de muchachas tan hermosas y liberales, cuando se quedaba solo empezó a desatender las faenas del molino abrumado por las dudas. A veces recordaba que, tras el último encuentro, el tío Jacinto concluyó, con un golpe de cayado, que había llegado el momento de dar a conocer su verdadera identidad. En más de una ocasión las mozas le habían metido en aprietos, con frecuencia ellas le pedían que les contara historias sobre sus negocios pasados o sobre Flandes. Esteban, siguiendo  con la simulación, apenas acertaba con respuestas entrecortadas: Flandes es… Flandes es… Tremenda. Poco a poco fue sintiendo cada vez más pereza, hasta que un día Dominga, en presencia de las otras primas, le preguntó: ¿y qué pasará con tu hermano cuando vuelva? Al escuchar la pregunta, Esteban comprendió que un encubrimiento de identidad no podía prolongarse para siempre en el tiempo, así que se armó de arrojo y blandió al aire una navaja de barbero. Las tres dejaron escapar una exclamación de asombro. Le pidió a Dominga que hiciera el favor de rasurarle, y ella obedeció con oficio y buenas artes. Cinta se ocupó de su cabello y Elízabeth le llenó de perfumes. Cuando concluyeron, las exclamaciones sonaron de nuevo: ¡Apolo era clavadito a Esteban! ¡Qué leches clavadito! ¡Apolo era Esteban! Tendréis que perdonarme, dijo el molinero, y trató de elaborar un discurso a base de pretextos de muy poca consistencia, llenos de tópicos y con momentos realmente flojos que en modo alguno consiguieron hacer digerible su alegato. Entonces… no marchaste a Flandes, se atrevió a comentar la pequeña Elízabeth. No, rosa mía. Entonces has vuelto, dijo Cinta. Sí, luna querida. ¡Qué cabronazo, mira que engañarnos! Exclamó Dominga, a lo que Esteban respondió: Más putas sois vosotras, que no habéis sabido ni tres meses guardarme la ausencia.

Tras el incidente, las mozas fueron espaciando cada vez más sus paseos por el sendero del molino hasta que un día le llegó noticia de que la  familia de canasteros había abandonado la aldea. Cuando fue a contárselo al tío Jacinto, este dio un recio golpe con el cayado en el suelo de su cabaña, y afirmó: Ya te lo advertí, que no me pidieras consejo. Y le hizo entender que nunca debió haber entregado su corazón nada menos que a tres canasteras, que todo el mundo sabe que las canasteras son nómadas. Y tú, señor conde, si quieres cuidarte de los daños que te puedan suceder, apercíbete, o mejor, mantente a buen recaudo antes de que los daños aparezcan; si andas con la cabeza pensando en buscar mujer, cuida bien de no tomar varias al mismo tiempo, y si las quisieras probar, guárdate y no aventures ni pongas de lo tuyo nada que sea dudoso o vano.

Poco convencido con la última explicación, el conde rogó a Patronio que le aclarara en qué medida aquel ejemplo tenía relación con su primer planteamiento, pues solo encontraba coincidencias difusas y no acertaba a sacar conclusión alguna. Patronio respondió:

-Señor conde Lucanor, puede que esta historia no se ajuste a los propósitos, pero tenía ganas de contarla.

Y viendo don Johan que este ejemplo era bueno, mandó ponerlo en este libro y fizo estos versos, en que se entiende abreviadamente toda la historia:

Si con canasteras hubieres asuntos
No te juegues canastas de tres puntos.

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