Tío Enrique

Mientras Brad velaba a tío Enrique en el lecho de muerte —porque se iba a morir esa misma noche—, intentaba concentrarse en la historia que se escondía en el silencio de aquel dormitorio. Apenas conocía a su tío después de tantos años y, a pesar de todo, le había tocado en suerte acompañarlo en su última jornada. Se iba morir seguro, y a Brad le pareció impropio que lo hiciera solo. Podía haberse excusado y dejarlo a cargo de otro familiar, pero en el último momento tuvo un arranque de hombría (digamos) y acabó dando un paso adelante; despidió a los familiares y se encerró solo con su tío en fase terminal. Si no se muere esta noche —pensó cuando ya todos se habían ido— me lo cargo yo.

El tío Enrique, por fortuna, se encontraba sedado y, según expresó Irenka antes de marcharse, de aquella noche no pasaba. Irenka era la enfermera y lo dijo con rotundidad y en un acento polaco muy marcado: ¡De esta nosche no pasha! Brad le hubiera metido mano allí mismo, le encantaba aquella enfermera polaca, pero no consideró que fuera una situación propicia para intentar nada, había otros familiares presenciando la escena. Lo cierto es que ella tenía que marcharse y a Brad le pareció un gesto de generosidad y atención hacia la familia ofrecerse él mismo para velar al moribundo en la que iba a ser su última noche. Yo me quedo, dijo con aplomo, y el resto de la familia aceptó al vuelo el ofrecimiento sin apenas ofrecer resistencia.

Al cerrar el portón (tío Enrique vivía en una casa antigua con jardín) sintió un ligero escalofrío que, si bien se podría explicar por las especiales circunstancias que le rodeaban, pensó que también tendría alguna relación con el coñac que llevaba bebiendo desde media tarde (tío Enrique disponía de una excelente bodega). Tampoco era indispensable estar sereno, en realidad no tenía nada que hacer, solo esperar y, en todo caso, avisar a los demás cuando ocurriera el fatal desenlace. Definitivamente, se habían quedado solos, pensó incluso en poner la tele, claro que al momento reparó en que quizá no sería lo más prudente en un trance de esas características, aunque solo fuera por respeto, así que le quedaban por delante unas cuantas horas de aburrimiento. Bah, qué tontería, pensó, y al final acabó encendiéndola, pero bajita.

Mientras hacía zapping de forma compulsiva (tío Enrique tenía parabólica), se acordó de esa leyenda urbana que afirma que en la hora suprema todos ven pasar una película de su propia vida. ¿Habría empezado ya la película de tío Enrique? Haciendo un cálculo estimativo, si iba a morirse a las cuatro de la mañana, por ejemplo, que es una hora muy típica de morirse, para que le diera tiempo a pasar los ochenta y nueve años de vida con los que iba a despedirse del mundo, a un ritmo de doce minutos por año, que es lo mínimo que la conciencia debe poder soportar para no perder el hilo, la película ya tendría que haber comenzado y quizá en ese momento podría andar por la primera infancia. Sintió un arrebato de ternura y, sin saber por qué, soltó el mando a distancia y dejó la tele en un canal que retransmitía una especie de lucha libre.

Atraído por otro combate, el de la vida y la muerte, se levantó y entró en el cuarto. Todo parecía tranquilo allí dentro, fue entonces cuando intentó concentrarse en la historia que se escondía en el silencio del dormitorio. En medio de la penumbra, apenas podía distinguir ninguna expresión significativa en el gesto de su tío. Eso no quería decir que estuviera ya muerto. Podía adivinar que seguía vivo sin necesidad de tocarle o acercarse para sentir su respiración, algo que no le apetecía en absoluto, a diferencia de lo que le había ocurrido antes con Irenka, la enfermera polaca. A ella no solo le hubiera tomado el pulso sino que habría estado dispuesto a hacerle una exploración mamaria, a poco que se lo hubiera insinuado. Pero no se dio el caso, y ahí estaba, a los pies de la cama de su tío, con una copa de Remy-Martin en la mano, y observándole mientras intentaba en vano captar algo sobrenatural.

Volvió a la salita y, justo cuando en la tele uno de los luchadores, de larga melena, en un salto espectacular, dejaba caer sus posaderas y, con ellas, todo el peso de su cuerpo sobre la cabeza rapada de su oponente, sintió ganas de vomitar y tuvo que salir al porche de la entrada. A los pocos minutos, el aire fresco de la noche le ayudó a recomponerse y una de las determinaciones que tomó fue dejar de beber coñac, al menos en un buen rato (en realidad lo que hizo fue pasarse al whisky, aprovechando la excelente bodega de su tío). Era una noche estrellada, una noche ideal para morirse y, sin saber por qué, empezó a recordar su propia infancia, intentando por todos los medios no revivir aquellos recuerdos en forma de película, o podría interpretarlo como un mal augurio. No pudo evitar pensar de nuevo en Irenka, esa mujer llena de vida. No hacía mucho que la había conocido y con toda probabilidad dejaría de verla en cuanto sus servicios no fueran necesarios, para ser más exactos, cuando tío Enrique estirara la pata. Y eso iba a ocurrir aquella misma noche. Un desenlace fatal.

¿Qué iba a ser de ella? ¿Se quedaría sin trabajo? ¿Se marcharía de la ciudad? Le disgustaba la idea de perderla sin haber llegado siquiera a tratarla un poco. ¿Qué va a ser de ti?, pensó que le decía entrelazando las manos el día en que ella volviera a recoger sus cosas o a cobrar sus últimos honorarios. ¿Qué va a ser de ti?, repetía besándola con pasión mientras le entregaba su cuerpo. Brad solía dejarse arrastrar por este tipo de ensoñaciones cuando bebía más de la cuenta, su imaginación desatada le transportaba y le llevaba a adoptar actitudes casi ridículas. Mientras tanto en la habitación de al lado tío Enrique, reviviendo a la película de su vida, debía de andar ya por la edad del pavo.

Pensó que una buena idea sería buscar el teléfono de Irenka, o de su agencia. En alguna parte tendría que estar apuntado, por ejemplo en la cocina. Sin embargo, al abrir el frigorífico sufrió un repentino rapto de amnesia y pensó: ¿qué había venido yo a buscar aquí? Estas pérdidas de memoria le ocurrían cada vez con más frecuencia. En cualquier caso, no le importó demasiado, encontró una lata de anchoas del Cantábrico y decidió prepararse un bocadillo. En realidad se le despertó un apetito desordenado y empezó a picar de aquí y de allá, todo lo que pillaba, aprovechando que quedaban restos que sobraron de la última visita. ¿Mortadela?

Cuando hubo finalizado la cena tardía, se asomó de nuevo al dormitorio. Todo seguía igual, tío Enrique parecía tranquilo y más o menos vivo. Recordó de nuevo a Irenka (claro, había ido a la cocina a buscar su teléfono, eso era, qué memoria…) sin embargo, algo atrajo su atención en la mesita de noche, junto a la mascarilla de oxígeno: parecía una agenda. Aprovechando el estado inconsciente de su tío, se tomó la confianza de llevársela a la salita. Esta vez se vio impelido a apagar la tele, el luchador de cabeza rapada que antes había recibido el impacto de las posaderas de su contrincante de larga melena ahora ejercía su derecho a la venganza de una forma que a Brad le pareció poco decorosa.

Comenzó a pasar las páginas de la agenda, escudriñando a su manera la película de la vida del tío Enrique, solo que en lugar de un orden cronológico aquella libreta con tapas de piel seguía el orden alfabético. Acabó descubriendo que en realidad su tío había sido mucho más putero de lo que pensaba, y no pudo evitar que le viniera a la mente la imagen de la película, vio a su tío Enrique estrenándose en una casa de citas acompañado del bisabuelo, su padre. Mientras vivía esta especie de nuevo desvarío de la mente, escuchó un gemido estremecedor que procedía del dormitorio y, por primera vez, sintió miedo.

Una de dos: o había llegado la hora definitiva o aquello había sonado como un orgasmo. Brad tuvo la incierta esperanza de que fuera lo primero y, con paso tembloroso, se dirigió de nuevo al dormitorio de su tío. Esta vez encendió la lámpara del techo y lo que descubrió le impresionó en tal grado que volvió a apagarla a los pocos segundos, quizá porque sintió que de alguna forma violaba su intimidad. El tío Enrique parecía sonreír y daba la sensación de relamerse interiormente. Menudo putero estaba hecho.

Esto va para largo, pensó Brad, y volvió a la salita. Allí tomó de nuevo la agenda en sus manos y, a pesar de todo, por ninguna parte halló el número de Irenka. Tan solo encontró uno que parecía ser de una agencia de enfermeras, pues junto al nombre se podía leer en letras destacadas: “24 h”. Se animó a llamar con cualquier excusa, aunque su objetivo fuera solo tener a Irenka localizada. Sin embargo, se encontró con que aquel número, en lugar de pertenecer a una agencia de enfermeras, era de un servicio de chicas de compañía, y estuvo tentado de concertar una cita, claro que desistió cuando la madame les informó de los precios (su tío Enrique tenía contactos de alto nivel).

Llevado por estos pensamientos, terminó cayendo en la cuenta de que, con el fallecimiento de su tío, quizá le tocara algo en la herencia. Enrique era el segundo de un total de siete hermanos. Al menos nunca se casó ni tenía hijos reconocidos. En cambio, sus otros tíos sí se habían reproducido y salían primos de debajo de las piedras por toda la comarca, e incluso en el extranjero. Eran demasiadas manos para el reparto y, aunque tío Enrique hubiera acumulado un patrimonio interesante, tampoco es que tuviera cuentas en Suiza. Quizá en su favor vendría bien levantar acta notarial de que la última noche se la estaba tragando él solito, pero con rapidez se dio cuenta de que aquello, a efectos de sus legítimos derechos de heredero, no pasaba de ser una idea ridícula (otra más). Así que se entregó al scotch con hielo, tomándolo con la solemnidad que requería una copa convertida en auténtica herencia en vida. Al final se quedó dormido en el sillón, con la agenda de su tío sobre las piernas.

Cuando despertó había perdido la noción del tiempo y de su propia ubicación, tardó aún unos minutos en cobrar conciencia de dónde se encontraba. Casi tambaleándose, se encaminó de nuevo al cuarto de su tío. La verdad es que se estaba pasando la noche de la salita al dormitorio, yendo y viniendo, solo que esta vez encontró en su interior un panorama diferente: esta vez sí le dio la sensación de que su tío estaba muerto. Recordó las palabras de Irenka: De esta nosche no pasha. Se acercó a examinarlo. En esta ocasión se atrevió a tomarle el pulso, pero no sirvió de mucho: confundía las pulsaciones de sus propios dedos con signos de vida y eso le hizo llevarse más de un sobresalto. Trató de calmarse: la película se ha terminado, pensó, esto deben de ser los créditos. Aun así, no estaba seguro de nada. Recordó que había un sistema infalible para certificar un fallecimiento, lo había visto precisamente en alguna película y también en los cómics: consistía en prenderle un fósforo entre los dedos de los pies, si al alcanzarle la llama no se quejaba es que estaba muerto. Era algo así como el racionalismo cartesiano con efectos especiales. Le pareció una idea práctica y elegante al mismo tiempo, tampoco era plan de empezar a despertar a la familia vendiendo la piel del muerto antes de certificarlo, así que se dirigió de nuevo a la cocina a por los fósforos.

¿Qué había venido yo a buscar aquí? —se preguntó Brad a sí mismo cuando se sorprendió abriendo y cerrando cajones. Finalmente encontró una caja de cerillas, pero había olvidado para qué las necesitaba, en cambio le vinieron unos deseos irreprimibles de fumarse un porro, así que salió de nuevo al porche de la entrada y se puso, una vez más, a pensar en la vida contemplando la infinitud del firmamento.

El ambiente de la noche había refrescado bastante, serían poco más de las cuatro de la mañana, tal y como había previsto en sus primeras estimaciones, y recordó de nuevo a Irenka, recordó que había dicho que no volvería hasta las nueve, así que le quedaban aún unas cuantas horas a solas con el cadáver. Además, la marihuana estaba empezando a hacerle efecto. Quizá lo correcto sería avisar a la familia, pero no era Brad muy amigo de despertar a nadie a esas horas; además, si empezaban a llegar primos, perdería la oportunidad de recibir a solas a Irenka cuando retornase por la mañana. Decidió no llamar a nadie hasta que al menos hubiera amanecido, así que entró de nuevo en la casa y se entregó por completo al scotch mientras preparaba la estrategia para su encuentro matinal con Irenka.

Quizá fuera por los efectos de la mezcla de whisky, coñac y marihuana, pero durante un buen rato Brad se olvidó por completo de la presencia del cadáver de tío Enrique en el cuarto contiguo y, en cambio, se perdió en sus propias fantasías con Irenka. Empezó a diseñar un plan. Cuando ella llegara y fuera informada del fallecimiento de su cliente, automáticamente se vería liberada de tener que incorporarse a los quehaceres de su jornada. Podría aprovechar para invitarla a tomar café en algún bar cercano, allí le pediría el teléfono y se interesaría por su situación personal, incluso se ofrecería a ayudarla si con eso conseguía despertar sus apetitos. En realidad, terminó comprendiendo que con tales pensamientos los únicos apetitos que despertaba eran los suyos propios. En estos desvaríos se encontraba cuando volvió a acordarse de la muerte de su tío Enrique y, sin saber muy bien el motivo, se descubrió a sí mismo llorando como un imbécil.

Estaba ya completamente borracho cuando decidió entrar de nuevo en el dormitorio. En caso de quedarse otra vez dormido y de que alguien llegara daría una imagen más apropiada si le encontraban velando el cadáver con respeto en el sillón junto al lecho, mucho mejor que topárselo en la salita viendo programas de lucha libre. Tampoco importaba demasiado que estuviera ebrio, de hecho era lo normal en aquellas circunstancias. A pesar del respeto que le imponía dormir junto a su tío ya fallecido, la cantidad de alcohol ingerido hizo que no tardase en dejarse vencer por el sueño.

Tuvieron que ser varias horas las que permaneció dormido en el sillón, cuando el sonido de las llaves en el portón le despertó. Con un rápido vistazo a la ventana comprobó que ya había amanecido, seguramente se trataba de Irenka, que empezaba su jornada. Se incorporó de un salto y fue al encuentro de la enfermera polaca, para informarle del fatal desenlace e iniciar, ya de paso, su plan de conquista. Efectivamente, era ella. Se encontraron en el pasillo.

—Me parece que tienes el día libre, Irenka, tío Enrique ha fallecido esta noche —acertó a decirle tratando de poner el tono más compungido que era capaz de conseguir.

Irenka no respondió, se abrió paso apartando a Brad a un lado con cierta brusquedad y se internó en el dormitorio de su paciente. Desde el pasillo, la escuchó abrir la ventana y trastear con algunos objetos. Finalmente, se quedó de una pieza al escuchar un débil hilo de voz que decía:

—Qué guapa vienes hoy, Irenka.

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