Negocios paralelos

Siempre quise tener un negocio. Hoy ya lo he conseguido, lo tengo, es mío, o al menos como si lo fuera. Porque ella, su verdadera propietaria, es mi esclava, sumisa por siempre, enamorada sin remedio; ha sucumbido a mis dos o tres atractivos, que tan bien he aprendido a lucir, a la vez que disimulo mis insignificantes defectos.

—¿Es posible que seas tan perfecto? —me preguntó una vez.

—Sí, es posible —contesté yo, ni corto ni perezoso. Así era, al principio, mi forma de actuar ante ella. Si buscaba la perfección, por qué no dársela, ofrecérsela generosamente encarnada en mí. Yo era consciente del engaño. Yo era consciente de demasiadas cosas que revoloteaban por los alrededores de mi puntillosa existencia, y no podía sino callarme, reservarme para mi disfrute particular el conocimiento de la verdad, aunque fuera una verdad un tanto frágil y con achaques.

Ella, Catalina, examinada de forma objetiva, no estaba mal; pero el negocio de su padre la convertía a mis ojos en una mujer poderosamente atractiva. Como cliente, yo había frecuentado mucho el local desde que llegamos a la ciudad, pues no quedaba lejos de la vivienda que nos proporcionaron a mi padre y a mí en el barrio de la Onomástica; y había observado con orgullo de vecino la curiosa evolución del negociete. Al principio sólo vendían pan, pero pronto trajeron pasteles, golosinas y frutas. Más tarde se especializó en fritos y en churros y, quizás como consecuencia de los papeles con que envolvían los churros, se convirtió en papelería, pero sin dejar de vender pan a la vez que bolígrafos o grapadoras, chucherías y carteras de cuero. Las flores que decoraban el local también comenzaron a venderse, aunque sólo los martes y los jueves… Todos estos cambios se fueron produciendo de forma gradual a través de los años, y los clientes no se alteraban por ello, se adaptaban con naturalidad, y a veces, ni siquiera reparaban en las diversas transformaciones, atolondrados como caminaban en el discurrir de sus vidas anodinas.

Don Víctor, el padre de Catalina, era el alma del negocio; un hombre afable, avispado, entusiasta con su trabajo, moderado en sus expresiones y discreto en sus vicios. Su única hija, Catalina, tímida en apariencia, efectivamente lo era, aunque más tarde habría de conocer su faceta de amante apasionada, incluso enloquecida. Su lado animal. Lo cierto es que si desde pequeña hubiera sido una niña tan descarada habría resultado atractiva por sí misma, sin tener que recurrir al reclamo de su negocio… o el negocio de su padre, para ser más exactos.

Claro que don Víctor nunca fue un verdadero obstáculo para mí, un hombre afable como él, simpático, resultaba fácil incluso hacerlo desaparecer si hubiera necesidad. Y la había, sobre todo una vez ganado el corazón de Catalina, esa amante embrutecida y arrolladora.

 

Pero yo asesino no soy, es cierto, nunca lo fui, no me dio por ahí. He conocido a pocos asesinos en mi vida, y nunca los incluí en mi círculo íntimo de amistades, precisamente por eso: por asesinos. Mis amigos son gente rara, desde luego, en la tienda entra toda clase de personas: oficinistas, amas de casa, ceramistas, comerciantes y profesionales autónomos de gran variedad. A veces, alguno de ellos me dice: “Sí que tienes tú amigos raros”. Y yo me quedo pensando: “Pues es verdad”. En cambio Catalina, ya convertida en mi esposa y amante al mismo tiempo, me inspira equilibrio y serenidad, me acaricia y me da de comer, me reconforta en los ratitos que echo con ella jugando, por ejemplo, al tenis de mesa.

De noche, cuando cerramos la tienda y subimos a casa, se pone guapísima. Es muy coquetona, y se pasa minutos enteros maquillándose frente al espejo. Yo le digo: “¿Vamos a salir?” Y me contesta: “No, tonto”. Antes tuvimos una criada que nos preparaba la cena, pero decidimos despedirla, ya que se llevó dos años sin aparecer por casa. Aún no ha vuelto y no hemos tenido más noticias de ella. Me gustaría encontrarla algún día y darme el gustazo de informarle de que está despedida. Por tanto, Catalina y yo nos preparamos la cena a medias. Mientras ella corta el pan yo, por ejemplo, corto el chorizo. Y cuando terminamos de cenar está aún más bella, más colorada y nutrida. Es entonces cuando me parece que la quiero.

Así empieza Negocios paralelos, una novela rescatada del pasado.

Si te apetece continuar leyéndola estará PRÓXIMAMENTE descargable GRATIS en este mismo blog. Permanezcan atentos a sus monitores.

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