Un hombre bajo la cama

Ustedes dirán que me lo invento, que estoy loca, ustedes no entienden que quien está pasando por esto soy yo y no ustedes, ustedes no saben lo que es quedarse paralizada sin saber qué hacer, porque ustedes no se encuentran en el aprieto en el que yo me encuentro, y es que ustedes a lo mejor están acompañados, pero yo vivo sola, y duermo sola, entonces cómo es posible que esté ocurriendo, cómo es posible que ahora mismo haya UN HOMBRE DEBAJO DE MI CAMA. Estoy aterrorizada.

He escuchado apenas un débil crujido, no ha sido un ruido fuerte, un golpe seco ni nada de eso, he despertado con la certeza de que no estaba sola y con los ojos como platos. Ojalá fuera un sueño, he pensado, pero no lo es. Aquí mismo, ahora, debajo de mi cama, hay un hombre. Es espantoso.

No sé qué hacer. Es la primera vez que me encuentro en una situación semejante. Nadie nace sabiendo qué se hace cuando te despiertas sola en mitad de la noche con un hombre bajo la cama. No me atrevo a moverme, de verdad que no.

De momento él no debe saber que estoy despierta, pero al mismo tiempo tengo que estar preparada para actuar si hace falta. Es terrible, si reacciono incorrectamente igual me asesina. ¿Cuáles serán sus intenciones? ¿Qué querrá de mí? ¿Quién puñetas será? ¿Qué mierdas hace aquí? Y lo más importante: ¿es posible que tenga una erección?

Se me ocurren varias posibilidades. Puede ser un asesino, un violador, un ladrón o también un perturbado, incluso podría ser todas las cosas a la vez. Créanme, no sé con cuál quedarme.

En estos casos mejor conservar la calma, actuar con sangre fría (claro que yo por naturaleza soy una mujer de sangre caliente). Aun así, permanezco inmóvil. Sería capaz de salir corriendo e intentar escapar, pero no estoy tan loca, no pienso hacerlo. Prefiero permanecer a la expectativa de sus movimientos, seguir lista para actuar, aunque no tengo ni idea de qué puedo hacer ni de cómo voy a salir de esta.

A ver: cómo es posible que haya entrado, si yo siempre cierro con llave. Cuánto tiempo llevará aquí dentro. Por qué es tan silencioso. Qué estará haciendo aquí abajo. ¿Será un asesino? Si pretende matarme, por qué no lo ha hecho ya. Y si lo que quiere es violarme, a qué está esperando. No hay quien entienda a los hombres bajo la cama.

He pensado que puede ser buena idea hacerse la dormida, a lo mejor toma confianza, y da alguna señal. Estoy esperando a que haga algo, es terrible este silencio, no puedo soportar la tensión. Voy a hacerme la dormida. Voy a roncar. Será como decirle que acabe pronto, que esté tranquilo, que no voy a estorbarle en lo que tenga que hacer. Puedo ser una víctima, pero nunca un estorbo.

Ronco como una bestia, como un oso, ronco como un tigre de Bengala, como quien se juega la vida en un ronquido, de forma exagerada. Y aquí no pasa nada. Nada se mueve. Nada se oye. No hay reacción bajo mi cama. Es posible que se trate de un hombre peligroso, pero también debo reconocer que es muy discreto, ni siquiera se atreve a chasquear la lengua para que yo deje de roncar. Qué encanto. Me pregunto si todo estará limpio ahí abajo. La verdad es que hace un siglo que no paso la aspiradora. Puede que este hombre sea un asesino, es cierto, pero tampoco me gustaría que se llevase una impresión equivocada de mí.

A veces tengo la tentación de dejar los ronquidos y dirigirme a él. Un hombre así, con esa templanza, capaz de aguantar bajo la cama tanto tiempo sin inmutarse, tiene que ser un prodigio de autocontrol. Tiene que ser la caña. Podría decirle que subiera, pero ni siquiera sé su nombre, y esto lo vivo como un contrasentido. ¿Será correcto tutearle? Ustedes dirán lo que sea y pensarán lo que quieran, porque para ustedes es muy fácil, pero ya les digo yo que esto hay que vivirlo, quien no haya tenido nunca un hombre en la cama en medio de la noche no se puede hacer una idea de lo que esto es. Ustedes seguramente harán sus propias conjeturas sobre lo correcto y lo incorrecto, lo apropiado y lo inapropiado, pero aquí querría yo verles.

Esa es la cosa: aquí querría yo verles. Pero no, estoy sola. Y no sola del todo, eso es lo peor, que debajo de mi cama hay un hombre.

Llevo roncando ya un montón de tiempo y no pasa nada. Este hombre no se mueve, y empiezo cansarme de hacerme la dormida, tanto que me está entrando sueño de verdad y si me duermo ahora, no respondo (literalmente), podría ocurrir cualquier cosa, incluso puede que nunca más despierte, ya ven qué horror. Lo cierto es que un hombre que entra por la noche en las casas ajenas no es precisamente algo tranquilizador. Y yo, aunque sea por llevar la contraria, en lugar de excitarme me estoy adormeciendo en medio de la incertidumbre sobre mi destino inmediato. Ni siquiera me atrevo a responder a las preguntas que me hago. Sigo paralizada, aunque en realidad ya no tengo miedo. Solo quiero que me dejen dormir. Solo dormir. Dormir. Dormir. Dormir…

A lo mejor no estoy dormida. A lo mejor es todo una fabulación nocturna. Puede que esto no me esté sucediendo. Recuerdo de pequeña haberme metido debajo de alguna cama jugando al escondite o, qué se yo, cuando me perseguían mis primos para tocarme. Esa manía de tocarme. Recuerdo haber jugado con mi primo Carlos bajo la cama. Y encima de ella. Es cierto, Carlos fue mi profesor, y nunca se lo dije a nadie, ni siquiera a mis mejores amigas de la infancia. Recuerdo a Carlos como lo que fue, un cabronazo, bastante mayor que yo, cuatro o cinco años. Un aprovechón, era el Carlos. Pero me gustaba. Me seducía con sus juegos y sus travesuras, siempre tan sigiloso. Debajo de la cama y encima de ella. Lo último que supe de él es que se había divorciado. A lo mejor es una tontería lo que estoy pensando. Después de tantos años… No es posible que me acuerde ahora de esto, tener a un hombre debajo de la cama te hacer pensar en cosas extrañas. Sin embargo, no puedo resistirlo, ya está bien de esperar, tengo un presentimiento y voy a hacer la prueba: Carlos, ¿eres tú?

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