Manos libres

Entre los sueños que se nos caen y las miradas que se nos apelmazan me voy acostumbrando a no hacer demasiadas interpretaciones en torno a los lances fortuitos del juego, prefiero evitar los síntomas de encogimiento de ánimo cada vez que me dejo llevar por la rotundidad de los hechos, en cualquiera de sus manifestaciones. Me hastía enredarme en los nudos de la realidad aunque, por otro lado, soy capaz de llegar a mis propias conclusiones, como cualquiera. Prefiero no sacar demasiadas conclusiones, la verdad. A veces se me ocurre alguna, pero respiro humo y se me pasa.

A pesar de todo, es difícil aislarse de lo que ocurre alrededor, además casi todos llevamos encima algún cacharro que mantiene activas nuestras redes de contactos. Yo, por ejemplo, ando siempre con una armónica en el bolsillo. Eso me conduce a menudo a desviarme del camino, no sé por qué. Aun así, diría que mantengo una relación armoniosa con la mayor parte de las criaturas que me rodean, claro que tampoco pretendo que se me note mucho.

Salgo a la calle. Algo tira de mí cuando empieza a caer el sol, algo que me hace fuerte y que disipa mis temores mundanos. Deben de ser los campos magnéticos, que se alteran con el crepúsculo. Y me alteran a mí.

Una tarde, en una de estas salidas crepusculares, me encontré con ella, inesperada en su singularidad, que es como no decir nada. Me la encontré por la razón que fuera, sin haber tenido tiempo siquiera de humedecerme los labios, sin haber ensayado una pose de indiferencia. Daba igual, la pillé en medio de una conversación con el manos libres. Sentí una sensación confusa. Es extraño esto del manos libres en la calle. Podía observarla delante de mí, pero estaba sin estar, con la mirada perdida, como una mística. Al menos había tenido la delicadeza de pararse, incluso me hizo un gesto para retenerme. Qué detalle. Por un momento llegué a pensar que se iba a hacer la loca.

Después de cinco minutos asistiendo con cara de bobo a su conversación, empecé a sentirme incómodo. Procuraba retirarme unos metros, para permitirle cierta intimidad, pero ella misma se encargaba de dar unos pasitos de aproximación y de levantar la voz lo suficiente como para que yo la pudiera oír. Siempre le hizo feliz sentirse escuchada.

Era una conversación íntima, en cualquier caso, hablaban de sus cosas. Desde luego, debían de tener mucha confianza, porque le decía palabras como… (pensándolo bien, prefiero no reproducirlas, pero las decía mirándome a los ojos). Sí, su interlocutor era una persona especial, no cabía duda. Lo que me molestaba, en cambio, no era lo que pudieran decirse, ni el cómo, sino las risitas que se le escapaban.

Pensé en sacar la armónica para aliviar la espera, sin embargo no lo hice. Le habría dado pie a que luego me saliera con un “no has cambiado nada”, y esa es una frase que a todo el mundo le sienta bien, excepto A MÍ cuando me la dirige ELLA. Así que opté por distraerme con el escaparate de una ferretería, haciendo como si no la escuchara.

Qué largos pueden ser cinco minutos esperando a que alguien deje de hablar por teléfono. Claro que a ella cinco minutos de acción siempre le parecieron pocos, me lo repetía a menudo a lo largo de nuestra relación. El tiempo es relativo, mejor no protestar por eso.

Al fin cortó la conversación, en una especie de arrumaco embelesado que le hacía pestañear más de la cuenta, y se acercó a saludarme disculpándose mientras me regalaba una sonrisa en falsete. No quiso entretenerse mucho charlando conmigo, ni tomar una cerveza ni nada. Tenía prisa, decía. Pues vaya manos libres. Definitivamente, se había convertido en una mística muy rara.

–Tú, en cambio, no has cambiado nada –dijo antes de despedirse. Y me estampó dos besos protocolarios.

Me di la vuelta con resignación, agarré la armónica y continué calle abajo, haciendo como si tocara un blues, mientras notaba que mis piernas se empeñaban en desviarme irremisiblemente hacia los bares.

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2 pensamientos en “Manos libres

  1. “…casi todos llevamos encima algún cacharro que mantiene activas nuestras redes de contactos. Yo, por ejemplo, ando siempre con una armónica en el bolsillo.”

    Me ha gustado todo mucho pero con esta parte me has conquistado…

    Un abrazo cruje-huesitos

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