Nos reíamos

Nos partíamos el culo. Reíamos a carcajadas. Nos desternillábamos. Toni se revolcaba de la risa, Tránsito daba golpes en la mesa y soltaba hipidos, Ángela se había levantado y arqueaba el vientre, se tronchaba. Yo, por mi parte, no me quedaba corto, tenía a Toni cogido por el hombro y tiraba de él, que ya empezaba a sufrir convulsiones. Llevábamos tanto tiempo poseídos por la carcajada que ya casi habíamos olvidado la causa, quizá cada uno de nosotros se reía por un motivo distinto. Todo se inició a partir de una historia que en realidad no había ocurrido, eso era lo gracioso, se trataba de una historia inventada. Había empezado Tránsito, que tenía una forma muy peculiar de hablar, chistosa y lúgubre a partes iguales. Contaba algo de un novio que tuvo… en realidad era una historia triste, porque el chico terminó suicidándose, y eso sí ocurrió de verdad. Y mientras ella parecía hablar como si viajara a través de sus propios recuerdos, los demás nos cruzábamos miradas de circunstancias. Ella proseguía su relato con un tono tan lúgubre (y chistoso al mismo tiempo) que todos, en cierta manera, justificábamos interiormente que el muchacho al final se suicidara, y que lo hiciera con un punto de crueldad. Esta parte de la historia no tenía ninguna gracia, es cierto. Entonces Ángela pretendió reconducir la conversación. Con su desparpajo habitual, le soltó a Tránsito que se dejara de tragedias, que yo me podía asustar. Se refería a mí porque Ángela y Toni habían organizado aquella cena para que Tránsito y yo nos conociéramos. Sin embargo ella no se inmutó ante la interrupción de su amiga, prosiguió ensimismada en su monólogo, relatando la historia del chico que se quitó la vida, su novio de los antiguos desvelos, a quien ella había rechazado con altivez después de ignorar uno detrás de otro cada uno de sus requerimientos.

Cómo que me iba yo a asustar, protesté de pronto alzando ambos brazos. Me había quedado unos segundos pensativo y finalmente consideré que debía protestar, por alusiones. Ahí empezó la otra historia, la que nos provocó la risa, y que en realidad no tenía mucho que ver con mi vida real, porque era una historia inventada, como ya he dicho. A lo mejor se trataba simplemente de estar a la altura. El caso es que yo también he intentado suicidarme, y además por amor; claro que fue un intento frustrado, por eso puedo contarlo. Debo reconocer que mi intención de quitarme la vida no era auténtica, más bien se trataba de un farol, una llamada de atención que tampoco me sirvió de mucho, porque ella, mi antigua novia, la causante de mis desequilibrios internos, la que me abandonó sin más porque quería vivir otra etapa vital o porque encontró a un hombre “de verdad” que estaba dispuesto a dejar el tabaco si hacía falta, se marchó restregándome en la cara su último proyecto de futuro: largarse con ese tipo sanote. Así lo definió, como un proyecto de futuro encarnado en un tipo sanote.  No se me ocurrió otra respuesta a su anuncio que declararle mi amor desesperado, le dije que si me abandonaba estaba dispuesto a morir por ella, a quitarme la vida lentamente. Entonces encendí un cigarro, y me puse a fumar de forma compulsiva. Me suicidaría fumando, esa era mi decisión, y así se lo manifesté. Me dejó allí mismo, paralizado, con cara de bobalicón y el pitillo en la boca, mientras la observaba alejarse calle abajo.

Esta es la historia que conté aquella noche, el detonante de todo lo que vino después, cuando tras terminar la cena andábamos ya con las copas en la mano. Al concluir mi relato, observé que los tres me clavaban la mirada mientras yo me encendía un cigarro. ¿Creyeron quizá que estaba decidido a cumplir mi amenaza del suicidio lento? Fue entonces cuando les solté:

—Es mentira, me lo he inventado todo.

Y Tránsito respondió:

—Eres un estúpido, yo me lo estaba creyendo.

A Toni se le escapó la primera risita, y Ángela le siguió. Empezaron a dúo con una carcajada detrás de otra. Yo no pude evitar el contagio, al principio era una risa más bien tímida, simplemente nos reíamos bajito. A los tres o cuatro minutos nos dimos cuenta de que nos estábamos partiendo el culo. Nos moríamos de la risa. Es lo que tienen esos momentos, que empiezas a reírte y ya no puedes parar, porque Tránsito me miraba aún con tristeza, y eso nos hacía cada vez más gracia. Quizá ella hubiera preferido a un suicida decidido y honesto que la ayudara a reconciliarse con su pasado, seguramente se trataba de eso, o al menos era la impresión que daba. Era con toda seguridad de esa clase de mujeres que en el fondo siempre buscan a hombres atormentados, es lo que de verdad les excita. Sin embargo mi perfil no cuadraba con el del clásico tío traumatizado, no sé qué le habrían contado de mí; yo lo único que hacía era fumar, menuda decepción. Y va Ángela y me suelta que en el salón no se podía fumar, que había que salir al balcón. Pero me lo decía riéndose y yo no me la tomaba en serio:

Entonces Tránsito emitió su primera carcajada ahogada, un tanto lúgubre, y ya empezamos a encadenar las risas, nos tronchábamos: que si había empezado uno, que no, que el otro, que si tú dijiste, que si yo, que si el novio que se suicidó… si no hubiera sido tan cruel su muerte (esto lo decía Tránsito llorando de risa) si estuviera vivo… quién sabe, habría llegado a amarle, pero después de muerto… Cuando dijo lo de “amarle” Toni entró en una especie de shock espasmódico, y repetía: “¡habría llegado a amarle! ¡A amarle!”. El amor, desde luego, es una de las cosas más ridículas y graciosas que existen en la vida. A raíz de esto, empezamos a reírnos de nuestras propias historias amorosas, de aquellos momentos melodramáticos en que fuimos abandonados. Tránsito se reía tanto que llegó a confesar que se le habían escapado unas gotitas de orina. Eso redobló nuestras carcajadas. No se trataba de una gran pérdida, como el caso de su novio que se suicidó, eran solo unas gotitas, y en concreto yo me sentí realmente identificado con su comentario: de hecho tuve que salir corriendo al baño, y además, para no salpicarlo todo, me vi obligado a mear sentado.

Cuando regresé al salón aún continuaban atrapados por la hilaridad. Con la evidente intención de tranquilizarnos el ánimo, Toni sacó a relucir las cifras del paro, y habló de familiares directos que se habían quedado sin empleo y lo estaban pasando muy mal, pero cualquier cosa que dijera lograba justo el efecto contrario al deseado, no había forma de parar. Lo intentamos también con otros temas: la crisis económica, la violencia de género, el drama de los desahucios, el terrorismo yihadista… nada nos calmaba. Nos descojonábamos de todo.

Llegados a este punto tomé conciencia de que aquella forma de reír resultaba excesiva, me sentía incómodo en medio de tanta carcajada. Cuando parecía que iban a cesar, siempre saltaba uno de los cuatro con una risita contagiosa o un comentario chusco y vuelta al descontrol. Tránsito había empezado a convulsionar y se retorcía en el suelo, literalmente revolcándose. Comprobé con estupor que se estaba asfixiando, la cara se le amorataba, y ninguno de nosotros andaba en condiciones de socorrerla. Toni incluso me preocupaba más, porque había iniciado un proceso de risa sorda y hacia dentro, el rostro lívido y los ojos en blanco. ¿Le habrían echado algo a la comida? Por fin, conseguí sobreponerme decidido a acabar con esa absurda situación, había que cortar en seco.

Usé el resto de fuerza que me quedaba para agarrar a Tránsito por los hombros y la sacudí con un poco de violencia hasta que dejó de reírse. No estoy seguro, pero es probable que la salvara de morir asfixiada. Por su parte Ángela, que también había recobrado algo de vigor, se encargó de hacer reaccionar a Toni a base de puñetazos en la espalda hasta que cayó al suelo de bruces. Después de unos segundos dubitativos, las risas por fin cesaron. Apenas podíamos respirar, nos seguíamos palpando el vientre dolorido o dejábamos escapar débiles lamentos.

Fue poco después cuando, tras recobrar gradualmente el aliento, Ángela empezó a contar la historia de que había visto en la tele un documental sobre los bonobos, y que en él explicaron que la sexualidad cumple en sus comunidades una función similar a la risa en los seres humanos, que estos monos practican el sexo de forma promiscua y rápida, y que lo hacen incluso en grupo, les sirve para aliviar tensiones antes de tomar decisiones importantes, por ejemplo; el sexo para los bonobos sería algo así como las bromas y la risa para nosotros. Y por si fuera poco, compartimos con ellos el 98 por ciento de nuestro genoma. Eso dijo. Nos quedamos mirándola estupefactos. Yo al menos veía una relación un poco forzada entre esta historia de los monos africanos y la experiencia que acabábamos de vivir. A duras penas conseguía interpretar la situación. ¿Pretendía escurrir el bulto y echarle a Darwin la culpa de todo?

Por su parte, Toni se puso a hablar en un tono repentinamente circunspecto, y nos soltó un rollo sobre los sistemas simpático y parasimpático. Si lo hubiera dicho unos minutos antes nos habríamos descojonado directamente, pero ya estábamos los cuatro por la labor de calmarnos y nadie se atrevió a esbozar el más mínimo comentario jocoso. Sin duda esta pareja era víctima de una afición desmedida a los documentales científicos, estaba clarísimo. Mientras tanto, Toni proseguía entusiasmado con su explicación, y nos informó de que el sistema parasimpático era el encargado de relajar nuestro organismo y que había formas de potenciar su funcionamiento para superar un ataque de risa como el que habíamos sufrido. De hecho aseguró que, si hacía falta, disponían en casa de algunos medicamentos que lograban ese efecto relajante.

A mí todo aquello me parecía una insensatez, o quizá una cortina de humo. Lo que en un principio iba a ser una inocente cena entre amigos se había definitivamente enrarecido, ni siquiera me sentía con el grado de lucidez mínimo como para emitir algún comentario coherente al hilo de lo que se hablaba. Aproveché un momento en que la pareja se ausentó con la excusa de ir a la cocina y me acerqué a Tránsito, que se había apartado en un rincón del sofá con un whisky en la mano y miraba en silencio al infinito. Le pedí disculpas por las sacudidas que me había visto obligado a propinarle; también le susurré al oído que no era normal lo que había sucedido y la invité a que, si le parecía bien, pudiera volver a hablarme sobre la historia de su novio que se suicidó. Por su mirada me di cuenta de que no me prestaba mucha atención.

—Perdona, no te escuchaba —dijo—. Estaba pensando en los bonobos.

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2 pensamientos en “Nos reíamos

  1. Me ha encantado la referencia a los bonobos jaja. Hace diez anios que digo que mi religion es el bonobismo. Que mejor manera que arreglar los problemas con sexo? Ademas, es una sociedad matriarcal donde el lesbianismo esta fuertemente extendido. Lo dicho, buena punteria! 🙂

  2. Ya sabía yo que tú tenías que ser muy bonoba, Adwoa. Mira lo que dice la wikipedia al hilo de lo que comentas: “Las hembras bonobo también usan el sexo genital hembra-hembra (tribadismo) como forma de establecer relaciones sociales entre ellas, fortaleciendo así el núcleo matriarcal de la sociedad bonobo. La estrecha relación entre las hembras les permite dominar la estructura social, aunque los machos son físicamente más fuertes, no pueden plantar cara solos a un grupo unido de hembras, y no suelen colaborar entre ellos de esa forma.”
    Por otro lado, me llama bastante la atención esa teoría de que los seres humanos hemos sustituido el sexo por las bromitas y la risa. Mucho mejor lo de los bonobos, dónde va a parar…
    Un beso, guapa, cuando vuelvas por Spain tenemos que vernos un día y nos echamos unas risas, jaja.

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