A dedo

Era la quinta o la octava vez en mi vida que hacía auto-stop, no recuerdo bien. En realidad detesto hacer auto-stop, siempre acabo reafirmándome en la idea de que no resulto atractivo a casi nadie. Y sin embargo, ahí estaba yo, cerca de la glorieta de salida, con una idea poco definida de adónde quería ir, aunque determinado a escapar como fuera.

Empezaba a apretar el calor, y había decidido seguir el viejo consejo de ponerme al sol por dos razones: una, para ser más visible, y la otra, para suscitar lástima en los conductores, exactamente la misma estrategia que suelo emplear en mis relaciones y, hasta el momento, los resultados se antojaban como de costumbre: mi sino consistía en hacerme primero visible para terminar dando pena. En el ánimo pesaban los excesos de la noche anterior y volvieron a mi mente las mismas sensaciones, los mismos pensamientos atormentados de aquellas otras veces en que también me sentí solo y desdichado a la salida de una rotonda.

Sin embargo, un golpe de fortuna puede cambiar el color de las cosas y abrir nuevos horizontes. Un poco más abajo, una chica algo enigmática, con un vestido largo estampado de flores, se apeaba de un Citröen oscuro y maldecía al mundo con gesto de desolación: había sufrido un reventón, pobrecilla. Consideré la ocasión como lo que era, y me aproximé al vehículo con mi mejor expresión de amistad. En poco más de un cuarto de hora la dejé asombrada gracias a mi pericia en el manejo del gato, en medio de un calor que me hacía sudar a chorros; al fin y al cabo le solucioné el asunto y ella, en agradecimiento, se ofreció a llevarme adonde hiciera falta. Da igual, le dije, hacia donde tú vayas.

Me contó que era artista, y que vivía no muy lejos, en una casa de campo. Este detalle terminó por aclararme la mente y me condujo a descartar cualquiera de mis posibles destinos, nada me apetecía tanto como reclinarme en el asiento y dejarme llevar. Ante la perspectiva que se me abría, quise interesarme por su especialidad artística, sin embargo ella, muy juguetona desde el principio, se negaba a desvelármela:

—Tranquilo, ya lo descubrirás tú mismo, —me anticipó—. Por cierto, me llamo Esmeralda.

Esmeralda. Repetí su nombre, que se quedó rebotando como un eco en mi cabeza. Una mezcla de curiosidad y atracción me invadía, sentí que una fuerza tiraba de mí, deseaba acompañarla, cualquiera que fuese su destino. Viajábamos en un vulgar Citröen, insólitamente acogedor, y desde su interior todo parecía diferente. Nunca antes me había sonado tan grato el estilo hardcore, por ejemplo. Claro que ella tuvo la delicadeza de bajar un poco el volumen en atención a nuestra conversación y a mi resaca.

Aunque en un principio no resultara una chica muy vistosa, o quizá precisamente por ello, fui poco a poco descubriendo su belleza detrás de cada curva, en cada golpe de aceleración, o cuando dejaba un segundo de atender a la carretera y me clavaba la mirada como si supiera quién era yo y qué buscaba; de hecho no mostró demasiado interés por mi vida ni por mis circunstancias y, en cambio, me hablaba con extraña desenvoltura de las nacionalidades de sus exnovios.

Al cabo de unos veinte minutos me advirtió que ya quedaba poco, y caí en la cuenta de que aún no había descubierto qué clase de artista era, imaginé que quizá pintora o escultora, pero tampoco había indicios concluyentes. No tenía aspecto de tonadillera, desde luego, así que me puse a bromear sobre el asunto, con la clara intención de que me invitara a su casa. Ella seguía conduciendo como si nada: después de desviarse de la carretera, franquear un pórtico solitario, sortear un terreno de pequeños socavones, continuar por una sinuosa zona de árboles frutales y cruzar un arroyo a través de un viejo puente de piedra, por fin llegamos a una explanada donde paró el coche. Me explicó que el edificio no se veía desde allí, pero que siguiendo el sendero hacia arriba no estaba muy lejos. Cómo resistirse al magnetismo de los senderos.

Emprendimos el ascenso a pie, y ella aprovechaba para hablarme de los cambios de estación y de botánica aplicada, unos temas que a mí solo me interesaban de forma parcial. A pesar de todo, una energía soterrada tiraba de mis hilos y me ayudaba a ascender. Por fortuna subía ligero de equipaje, porque mi resistencia física empezaba a verse mermada. Finalmente, después de vencer la última pendiente, llegamos a su refugio. Menudo chozo.

Se trataba de un lugar con encanto, aunque algo siniestro. Al entrar se cruzaba junto a un huerto, una parra, un pequeño estanque y un grupo de acebuches. Del más alto de ellos pendía un columpio fabricado con soga de esparto y asiento de tabla, un columpio apetecible. Me senté en él, necesitaba reponerme de la subida, y aproveché para detenerme unos segundos a contemplar con curiosidad insana el exterior de la casa. Parecía una construcción corriente. Por ejemplo, la puerta de entrada y la de salida era la misma. Pero de esculturas y pinturas, visto así desde fuera, ni rastro. En este punto, opté por insistirle en que me revelara de una vez su secreto: qué clase de artista era.

—¿Pero no te has dado cuenta todavía? —respondió— Hago marionetas.

Entonces se me acercó por detrás, puso las manos en mi espalda, y empezó a columpiarme con impulsos muy suaves que me sumieron en una dulce sensación de olvido.

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