Mi intención era otra

Al final no importa demasiado, se puede salir con la intención de hacer una cosa y luego terminar haciendo otra distinta. En mi caso es incluso lo más corriente. Quizá se deba a que fui una niña adoptada. Eso en principio, puede parecer que no tiene mucha relación con el tema, sobre todo cuando sabes que tu familia adoptiva te ha dado siempre lo mejor, solo que en algunos detalles aparentemente insignificantes empiezo a descubrir conexiones algo extrañas. Por ejemplo, un día sales a hacer una gestión en el banco y en vez de eso terminas, qué se yo, charlando con la chica de la panadería, y le cuentas que lo bueno de los bancos es que entras en la sucursal y te hacen creer que trabajan para ti cuando, en realidad, eres tú la que trabaja para ellos. Mi amiga la panadera siempre me da la razón y me pone ejemplos que refuerzan mis argumentos. Haré un inciso, porque acabo de acordarme de que mi madre adoptiva me contó que, antes de tenerme, estuvo acudiendo a una clínica de inseminación artificial, y que iba como se suele ir a estos sitios, dispuesta a dejarse inseminar por todo lo alto. No se me escapa que esa clínica también funcionaba como banco de semen, que al fin y al cabo no dejaba de ser un banco, y allí los espermatozoides cotizaban al alza. La diferencia entre mi madre y yo es que ella siempre fue más voluntariosa, y cuando quería ir al banco no se entretenía por ahí con las panaderas ni se le iba el santo al cielo. Sin embargo, en el tema de la reproducción asistida no se salió con la suya y ese fue el motivo de que acabaran acudiendo a las adopciones. Ahí es cuando aparezco yo, soy una especie de acto fallido. Por eso digo que es comprensible que todo esto me haya dejado secuelas, como esta falta de determinación a la hora de llevar a cabo mis propósitos.

Lo peor de todo es que en el banco me conocen mucho, y hay un empleado con bigotito que se fija mucho en mí y se me pone zalamero. A veces me dice cosas muy fuertes: «a ti te lo hago yo sin comisión», por ejemplo, y yo no sé qué responderle, porque mi madre adoptiva, que no es una madre real, nunca me previno contra los hombres expansivos, ni siquiera me habló de ellos, como si no existieran, ni mucho menos me contó que pudieran trabajar en los bancos. No me extraña que terminen interviniéndolos.

Así ando por la vida, proponiéndome objetivos que luego nunca cumplo. El año pasado, sin ir más lejos, me propuse echarme novio. Por supuesto que no lo conseguí, es difícil encontrar novio cuando te distraen tanto los pretendientes. Es como eso que cuentan de los árboles que no te dejan ver el bosque, que es una frase que, por otra parte, nunca he entendido. Y lo mejor de todo es que mi padre adoptivo una vez intentó abusar de mí. En su disculpa solo puedo decir que él había bebido, y que yo no soy su descendiente carnal. El caso es que tuve que reconvenirle, se lo dije muy clarito: «papá, como pretendiente no te veo». El pobre se marchó con las orejas gachas y aproveché la ocasión para pedirle una vivienda en propiedad, qué menos. Por eso ahora ando tanto de bancos, el cabrón de mi padre me hizo un regalo envenenado, me pagó solo la entrada, y eso es un método que puede funcionar para invitar al cine, pero no para comprar un piso. Entonces entendí el verdadero significado de la palabra hipoteca, pues eso de que tienes una vivienda en propiedad es algo meramente hipotético. Todo habría salido mucho mejor si hubiera tenido un trabajo que me permitiera pagar las mensualidades, eso habría sido casi perfecto, pero no. Luego, cuando les pedía pasta a mis adoptivos, les dio por responderme que ya habían hecho bastante por mí en la vida, que ya estaba mayorcita. «Válete por ti», me repetían. Muy bien. Ahora me veo en esta situación. Cuando les insisto en el tema me responden que eso ya lo hemos avalado, y ahí tienen razón, que si a mí me desahucian me los llevo a ellos por delante.

Mi intención era otra, cierto, por eso al acudir a la entrevista en la que solicitaban a una persona comunicativa, abierta y unas cuantas cosas más no sospeché, en medio de mi estúpida ingenuidad, que me estaban ofreciendo convertirme en una chica de compañía. ¿Entonces lo de trabajar en equipo se refería a sexo en grupo? No era este el empleo al que yo aspiraba, sin embargo, desde que empecé a satisfacer las mensualidades mis adoptivos se tranquilizaron y dejaron de hacer preguntas.

En el oficio es normal sentirse a menudo en crisis con una misma. Lo que ganas en pasta lo pierdes en confianza. Yo intento llevarlo de la forma más discreta, he aprendido a jugar todas mis cartas y, como punto oscuro, tan solo debo reconocer que los clientes, por lo común, son de lo peor. Qué casualidad que algunos de ellos sean precisamente banqueros, mira tú, y que me hayan hecho comprender qué significa en nuestro país eso de la dación en pago. Ya digo, son de lo peor.

Me gustaría dejarlo, es cierto. Aunque habrá quien piense que hago esto de forma voluntaria, yo sé muy bien que he perdido la voluntad. O me la han robado. Los bancos.

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