El sueño terapéutico

—Buenas tardes, qué tal.
—Qué tal, Gabriela. Mucho mejor, más tranquilo… Mejor.
—Pasá, tomá asiento.
—Gracias.
—¿Entonces mejor?
—Sí, en general sí. Aunque un poco confuso, me siento raro. He tenido un sueño…
—¡Bah! Dejate de sueños. Ponete cómodo en el sillón. No soy partidaria de hablar de sueños. Empecemos con un poco de relajación.
—Ya, pero este era un sueño muy curioso, extraño… ¿Sabes lo que he soñado?
—No me vengás con sueños ahora, a estas alturas de tu terapia de desensibilización sistemática está contraindicado. En tu caso podría dar lugar a un episodio psicótico y no me hago cargo.
—Te lo cuento rápido. Mira, yo estaba…
—¿Sabés lo que pienso? Que los sueños en realidad solo interesan a sus protagonistas y a algunos psicoanalistas algo anticuados, son un aburrimiento los sueños de los demás. Eso es lo que pienso.
—Te equivocas, a mí sí que me interesan los sueños de los demás.
—¡Menuda boludez!
—Te lo demuestro, si me quieres contar un sueño te escucharé atentamente, pero luego me tienes que dejar contar el mío.
—Te digo que lo dejés, insisto, ya está bien de sueños. No olvidés que aquí yo soy la terapeuta y vos el paciente, ¿de acuerdo? No hagamos cambios de papeles, recordá que entre otras patologías tenés un trastorno bipolar con manías persecutorias y estamos acá para escucharte a vos, no a mí.
—Vamos, ¿qué has soñado? ¿No te acuerdas?
—Claro que me acuerdo, yo recuerdo todos mis sueños, al menos durante unas horas. Luego hago lo posible por olvidarlos. Empecemos con la relajación…
—¿Siempre recuerdas los sueños? ¡Increíble!
—No. Es horrible, te lo aseguro.
—¿Y qué has soñado hoy, por ejemplo?
—Dejalo, no te interesaría.
—¡Claro que me interesa!
—Ya te digo que los sueños solo interesan a quienes los sueñan, por lo que a mí respecta, no tengo ningún interés en recordar nada. Empecemos la terapia…
—¿Ha sido un sueño triste? ¿Una pesadilla?
—Dejalo, te equivocás. Ha sido un sueño muy lindo, muy feliz.
—Entonces ¿por qué quieres olvidarlo?
—Pues por eso, porque los sueños son solo sueños, y luego tenés que volver a esto… a la vida.
—¿Y nunca tienes sueños tristes?
—Pocas veces. El 94% de mis sueños son felices, te lo digo a vos con total certeza. En su tiempo estuve estudiando el tema y me fabriqué mis propias estadísticas.
—¡El 94%! ¡Qué suerte!
—No es ninguna suerte, creeme.
—¿Pero por qué no? ¿Quién no quiere tener sueños felices?
—Yo por ejemplo. No quiero. Solo tengo sueños felices cuando pasé un día malo, y al revés también ocurre. La felicidad, en cambio, me produce pesadillas. Casi siempre la misma.
—¿Pesadillas? ¡Qué interesante! ¿Qué tipo de pesadillas?
—No te interesa… sos tan perseverante… Debemos continuar con la terapia…
—¡Claro que me interesa! Ya te digo que a mí sí que me interesan los sueños de los demás.
—Esta no te interesaría, insisto.
—¿Por qué piensas que no me interesaría?
—Hay pesadillas que mejor no contarlas.
—No importa, cuéntamela. Quiero conocerla… te lo ruego.
—Sería contraproducente, en tu estado… creeme.
—Da igual.
—¿Sabés una cosa? En mi pesadilla habitual estoy aquí en la consulta, como ahora.
—Oh, qué curioso.
—Entonces llega un paciente, un tipo informe, anodino… no me apetece escucharle, pero él se empeña en hablarme y está perfectamente en su derecho, que para eso paga la visita…
—¿Y qué te dice?
—Está empeñado en contarme un sueño. Yo no quiero escucharle, siempre fui partidaria de otro tipo de terapia, como sabés, algo más conductual, qué se yo … y el tipo se levanta alterado: igual que vos ahora.
—¿Cómo que se levanta?
—Se levanta y me lanza una mirada de psicópata… vaya, como esa mirada agresiva que vos me ponés en este instante. ¿Te encontrás bien? Me asustás…
—¿Qué mirada tengo? ¿Eh? ¿Qué mirada quieres que ponga? Me estás tocando los huevos ya ¿me oyes? Un tipo informe… anodino… ¡Me estás tocando los huevos!
—Entonces el tipo del sueño se pone cada vez más violento, los ojos parece que le salen de las órbitas, y me dice que me calle o me va a matar…
—¡Cállate!
—Yo no puedo parar de hablar, y él cada vez más nervioso.
—¡Cállate o te mato!
—No puedo callarme… Se abalanza sobre mí y…
—¡Te matoooo!
—Entonces me despierto del sobresalto… Y vuelvo a la vida real. El tipo ha desaparecido. No trabajo de terapeuta ni falta que me hace, ni hablo con ese extraño acento sudamericano… La angustia se desvanece y, una vez más, se cumple la regla y me siento feliz… porque estoy viva.

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Un pensamiento en “El sueño terapéutico

  1. Mú buenas amigo Elev!!

    Como decía Benedetti:

    Ay del sueño
    si sobrevino es ya borrándome
    ya desconfiado y permanente

    ahora que estoy insomne

    quiero morir de siesta
    para saber quién sos

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