La sinésteta

Me sorprendió cuando me dijo que era sinésteta, porque bajo su vestido se adivinaban unos pechos estupendos. Ella notó mi mirada y en seguida se apresuró a explicarme que la palabra venía de la sinestesia, una facultad que provoca en algunas personas una mezcla de estímulos sensoriales, lo que popularmente se conoce como flipar en colores. Era así, literal, y me puso varios ejemplos: veía colores cuando escuchaba determinados sonidos, o incluso percibía olores y sabores asociados al tacto. ¿Colores? ¿Olores? ¿Sabores? ¿Tractores? Al principio no la tomaba muy en serio, claro, lo atribuí todo al consumo de sustancias raras. Sin embargo ella me aseguraba que tenía sensaciones sinestésicas de forma natural. Poco a poco me fue convenciendo, me hizo una sencilla demostración de lo que percibía, me habló del color de la música que sonaba en el bar en aquel momento, un blues de tonos verdeazulados; la caricia de mi mano la identificó con zanahoria rallada… No supe muy bien cómo tomármelo. Era mi primera vez con una sinésteta y me confundía el concepto de mi mano como una zanahoria. Comencé a formularme preguntas de todo tipo. Por eso terminé sugiriéndole que me llevara de inmediato a la cama, no con la intención de follármela sin más, sino como una forma de descubrir nuevas capacidades para generar emociones.

Al entrar en su dormitorio, le pedí que no pusiera música, no quería interferencias de ninguna clase. También le supliqué que hiciera un esfuerzo por expresar en voz alta las sensaciones que fuera percibiendo así que, mientras la desvetía con parsimonia, me describía aromas como el de la canela o el tomillo. La besé largamente y al finalizar dijo en un suspiro: “blanco”. Menos mal, pensé (demasiado pronto para un beso negro). Nos echamos sobre la cama, casi arrancando las sábanas y ya poseídos por un creciente fervor. Ella repetía “caliente, caliente”, y debía de ser verdad, porque eso lo notaba hasta yo, que no soy sinestésico ni nada.

Comencé a tocarla y a lamerla por todo el cuerpo, confundía los preliminares con los aperitivos, mientras preparaba el banquete con esmero, como queriendo retrasar el momento de la máxima dicha. Pero mi verdadera intriga era saber cómo sería, qué color tendría, a qué sabría un orgasmo conmigo. Así que me apliqué a acariciarla con mis mejores artes, tratando de alcanzar su sistema límbico y, como compensación, ella me devolvía una variada gama de información sensorial: la punta de mi lengua en sus pezones le provocaba olor a tierra mojada, mordisquearle el lóbulo de la oreja le hacía ver destellos amarillos, acariciarle la cara interna de los muslos la envolvía en una nube rosa, mi mano deslizándose por la piel de su culo la sentía en un tono anaranjado… No me pareció extraño que, cuando por fin la penetré, empezaran los colores chillones.

Se subió encima de mí y comenzamos a movernos en común desenfreno. Al poco rato, supe que en cualquier momento tendrían que llegar los fuegos de artificio, pues no podría ser otra la culminación de mi entrega. Cuando al fin vi que entornaba los ojos, me preparé para que su paleta cerebral me cubriera de colores, pero se limitó a exclamar: “¡Ya… ya…!” Se dejó caer a mi lado, jadeando exhausta, y me apresuré a pedirle que me describiera las sensaciones que había experimentado durante el clímax. Por fin, acarició mi mano y emitió su veredicto: “te he estado engañando todo el tiempo, tonto”.

Entonces fui yo quien se quedó con una sensación extraña, como de zanahoria rallada.

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