Relectura

I

Rebeca dejó el libro sobre la mesa y alzó la mirada. Acababa de terminar la novela y ya le estaban entrando ganas de otra caña. Por eso agarró el móvil y se conectó a algo que parecían mensajes. El camarero pasó por su lado, carraspeó apenas una palabra ininteligible y le cambió el cenicero. Entonces ella quiso aprovechar para bromear, pero no dijo nada, porque una cosa es bromear y otra aprovecharse. Tres muchachos intelectualmente bien plantados llegaron en medio del típico tira y afloja en el que no está claro quién tira ni quién afloja. Se sentaron lo bastante lejos como para no tener que oír su conversación. Sin saber muy bien por qué, a Rebeca le vino a la memoria su primera etapa escolar, cuando la obligaron a venerar la figura de una monja que curaba milagrosamente a los desviados. En el colegio fue muy feliz, aunque entre alegría y alegría a veces le caía un capón o también una lágrima. Qué importaban ya los capones. Así que agarró de nuevo la novela y comenzó a releerla desde el principio, saltándose los prólogos y la carta laudatoria del editor. A los cinco minutos ya estaba mareada, de tanta caña. Sonó el móvil y, en lugar de cogerlo, rechazó la llamada. Cayó en la cuenta de que su vida siempre había fluctuado entre coger y rechazar. Pensó que había hecho bien, no se puede una pasar el día cogiendo, hay que rechazar de vez en cuando. Volvió a la novela. La protagonista de la historia era una mujer casta, de una pureza insultante, y eso a Rebeca la enfurecía de tal manera que a veces le brotaba el llanto, cuando nadie miraba. Una mujer casta a la que mientras oraba le temblaba la entrepierna y, en ocasiones, le evitaba (al impulso oscuro, le evitaba). En realidad Rebeca, más que leer, lo que hacía era apoyarse en las páginas del libro para revivir sus propios traumas. De hecho se estaba dando cuenta, con horror, de que en la segunda lectura la historia había cambiado, no era la misma, se había llenado de personajes libertinos, caracteres que la primera vez le pasaron inadvertidos. No pudo evitar una ligera excitación cuando alzó la mirada y contempló de nuevo a los tres muchachos, que aún se mantenían en el típico tira y afloja. Entonces la realidad telefónica volvió a reclamar su atención, esta vez en forma de aviso de mensaje. Era Ricardo, un antiguo amante. A Rebeca le fascinaban los mensajes de Ricardo, siempre larguísimos. Este en concreto constaba de un prólogo, treinta y dos capítulos, y fe de erratas. No era extraño que su promedio rondara un mensaje cada dos años. Ricardo podría ser lo que fuera, pero esos mensajes tan largos se los mandaba a ella y no a otra. Solo por eso, interrumpiría la lectura de la novela y empezaría con el mensaje. Tenía toda la tarde por delante.

II

Al terminar el capítulo X, y ya casi tambaleándose de tanto mareo y tanta caña, Rebeca se asombró de que el relato de Ricardo fuera tan simple en su concepción y tan elaborado en su estructura. Para haber sido tecleado con los pulgares no estaba mal, pensó. Sin embargo, halló algo en la trama que no le convencía, sobre todo porque ella en teoría debía de ser la única receptora de esas largas epístolas en forma de relato, y esta vez descubrió en la historia indicios claros de que había alguien más. Cuando avanzó hasta el capítulo XIII no solo se convenció de que el mensaje se lo había mandado además a otras mujeres, sino que seguramente habría empleado alguna técnica de spam telefónico. Se sintió engañada, despechada, estafada e hiperbólica, así que arrojó el aparato al suelo y lo pisoteó hasta asegurarse de que estaba bien roto, fue así como comprendió que los teléfonos móviles en realidad solo son simples terminales. En su decisión de romper con todo había pesado sin duda la ofuscación, pero también las cañas. El móvil le daba igual, que para eso lo tenía asegurado. Como mucho le molestaba caer en la cuenta de que no podría responder al mensaje de Ricardo, por ejemplo con una crítica demoledora. Tampoco se le venía a la mente ninguna respuesta clara, excepto improperios. Levantó de nuevo la vista en dirección a los tres muchachos, que en esta ocasión habían aparcado el tira y afloja y también la miraban a ella. Sus miradas se cruzaron unos segundos, con un matiz que podría definirse como de perplejidad. Cambiando el gesto, Rebeca volvió a la relectura de su novela. Le importaban una mierda ya los tres muchachos, de hecho dos de ellos parecían unos tirados y el tercero un aflojado. Quizá fuera a causa de las cañas, lo cierto es que empezó a encontrar interesante al camarero.

III

Por qué algunas tardes pasaban llenas de volatilidad y otras de desmesura, se preguntaba Rebeca, ya convertida en devoradora de párrafos. Por qué los únicos amores ciertos eran los imaginarios, los ficticios o los nunca encontrados. Mientras discurría por el meollo de la trama, las preguntas volvían a las páginas del libro sin ser respondidas. Atrapada en su propia velocidad lectora, no tardó demasiado en concluir el relato por segunda vez.

IV

Empezaba a anochecer. Los tres muchachos ya se habían marchado. El camarero se acercaba con la cuenta, más seductor que nunca. Rebeca soltó el libro sobre la mesa y alzó la mirada.

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