Abandonado

¿Por qué usar el tiempo para pensar en el tiempo? —se preguntaba Juan Roberto.

Hay pasos que nunca terminan de darse y nos dejan ante el mundo en una pose ridícula que incluso los organismos más tibios son capaces de percibir. Juan Roberto lamentaba su indecisión desde una mesa discreta del Restaurante Update, observando con atención al resto de los comensales y comprobando una vez más que la chica rubia no estaba. Llevaba justamente una semana sin aparecer.

¿Por qué no usar el tiempo para hacer cosas a tiempo? —Juan Roberto seguía empeñado en trascender a su propio abismo.

Nada como encajar las ausencias con solo media lágrima. Nada como recordar las ocasiones perdidas para sentirse perforado por lo no vivido, como aquella vez que ella le regaló una mirada sugerente desde la mesa vecina o aquel otro día en que se quemó los labios con el caldo gallego y se le escapó un gemido ahogado que, aunque Juan Roberto lo interpretó de inmediato como una invitación, reaccionó con ausencia absoluta de reflejo simpático.

Después de un año coincidiendo en los almuerzos terminó amándola con la pasión plana de los carteles que nadie mira. Sabía poco sobre ella: que trabajaba cerca, que le gustaban los postres de chocolate, que eructaba con elegancia… A veces almorzaba sola, otras veces venía acompañada por algunos majaderos de su empresa, a menudo veinteañeros vestidos como cincuentones o viceversa. Nunca hizo nada para llamar su atención, no se atrevió a dirigirle la palabra, ni siquiera a seguirla cuando se marchaba. Solo una vez le esbozó un gesto como de “no veas las cosas que se me ocurren” pero ella fue incapaz de interpretarlo o ese día no estaba para fiestas. Qué sentido tenía darle más vueltas: había desaparecido, ya no estaba, se esfumó.

Un par de meses después, a Juan Roberto le seguían sobreviniendo meditaciones espontáneas acerca del tiempo, mientras en su corazón la chica rubia continuaba en busca y captura.

No volvió a saber de ella. El comedor se fue convirtiendo en un lugar cada vez más triste y vacío. Preguntar a alguno de sus ocasionales acompañantes hubiera sido una extravagancia fuera de lugar. Pero un día uno de aquellos majaderos dejó un diario abandonado en la mesa contigua y Juan Roberto lo tomó en sus manos por puro aburrimiento. Solo con ojear los titulares de pronto lo comprendió todo: el nerviosismo de los mercados, la amenaza de recesión mundial, la caída de las bolsas, las cifras de desempleo…

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