Neutralización

Era una andaluza de excepción, quizá fue su sensual belleza lo primero que me sedujo. Al principio me amaba rotunda y generosamente, me quería mucho, con una ch fricatizada que me volvía loco, sabía arrastrarme con la fuerza de la h inicial que se aspira desde el alma, demonios de hembra, me articulaba a su manera, intercambiando las laterales con las vibrantes cuando le apetecía. En cierto modo, me sentía realizado, aunque si lo pensaba un poco, no pasaba de ser la típica realización fonética.

Sin embargo, con el tiempo nos fuimos relajando, pronto empezó a cecearme el deseo, a tratarme como a una s en posición implosiva, me dejaba apenas reducido a una mera aspiración. A veces le daba más abertura de la cuenta a algunas vocales, o incluso me dejaba caer, como a una d intervocálica cualquiera. Y llegué a sentir el vértigo de las consonantes a final de palabra.

—Me estoy apocopando —le confesé un día.

Al despedirnos, nos dijimos adiós solo con la mirada, casi sin hablar. A pesar de todo, la tengo en gran estima por todo lo que me enseñó. Con ella aprendí, por ejemplo, a describir el sentimiento amoroso. Y a usar bien la lengua.

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