Trabajos verticales

Cuando me preguntaban con siete años qué quería ser de mayor, solía dar respuestas aleatorias, del tipo “ventero” o “callista”. Con los años, fui matizando mis elecciones en función de las películas que veía o de las profesiones que decían los niños de más edad, algunos de los cuales hacía tiempo ya que habían dejado de ser niños. Elecciones más bien inverosímiles.

Nunca me quitó el sueño la introspección vocacional, me importaba mucho más perfeccionar mi estilo de regate en corto, aunque no por ello la idea de ser futbolista me rondaba ni de lejos: jamás conseguí dar más de cinco toques seguidos a la pelota sin que cayera al suelo.

Crecí en un ambiente más bien plano, y en las acometidas de la existencia me dejé aconsejar por unos y por otros. De esta forma tan poco sólida, llegué a ejercer el oficio en el que ahora me veo: los trabajos verticales.

Hay un cierto orgullo al decirlo, para qué negarlo: no somos muchos los que nos dedicamos a esto. En una sociedad llena de vértigos, con cifras de vértigo, velocidad de vértigo y escotes de vértigo, nosotros somos los auténticos profesionales del vértigo. Cuando tomamos la cerveza de los viernes nos congratulamos de nuestras proezas verticales, con un respeto y una mutua admiración que no he visto en otras profesiones (tampoco conozco muchas). Nuestras anécdotas suben y bajan con la ligereza de un cántaro que va a la fuente. He aprendido, por ejemplo, que el ascenso y el descenso pueden ser uno y lo mismo, aunque sea esta una teoría cuántica que nadie me entiende.

También hay chicas en los trabajos verticales. Son pocas pero ahí están, aún más exclusivas que cualquiera de nosotros, aficionadas al alpinismo y la escalada, hembras de altura. En mis ires y venires por esas fachadas, me he rozado con más de una, así, literalmente, suspendidos casi en un común afán, pero cada uno en su arnés, como si dijéramos, con arnés juvenil.

Las fachadas te atraen y te empujan, te marcan el camino, y sobre todo, te enseñan la vida por dentro, la vida de los hogares y de las oficinas. He visto cosas terribles: camas sin hacer, impresoras olvidadas, calcetines desparejos, macetas que nadie riega, vigilantes dormidos, qué sé yo.

Cuando miro a través de las ventanas hacia el interior, a veces se me olvida por qué me he quedado ahí, embobado, y nunca sé si es mejor estar dentro o estar fuera.

Lo bueno de esto es que resulta muy fácil tirar del arnés y cambiar de planta.

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3 pensamientos en “Trabajos verticales

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