Terapias

Hay muchas formas de hacer las cosas, muchas formas de amar, muchas formas de perderse. Se puede decir adiós con una sonrisa o con un vale de descuento para la próxima vez. Se pueden cuidar las formas o perderlas.

Este tipo de pensamientos asaltaban a Camila mientras iba sacando del baúl la ropa de verano, con la media sonrisa contenida y la certeza de que, sobre todo, hay muchas formas de vestirse. Incluso de desnudarse.

Y pensaba también en que, de todas las formas posibles, ella no siempre sabía escoger la más acertada. Por eso cada vez acumulaba más vestidos y zapatos, igual que otras acumulan encendedores que no encienden o seguidores en las redes sociales.

Esto de acumular nos viene de los fenicios, no porque ellos fueran muy dados al vicio de la accumulatio, sino porque desde el tiempo de los fenicios llevamos por estas tierras acumulando huellas culturales, y por si fuera poco, Camila tenía la típica nariz fenicia.

En medio de una soledad advenediza, las formas de buscar consuelo también son variadas. Salir de compras es una de ellas.

A fuerza de obstinación y empeño, su marido, un viajante de comercio que casi nunca estaba en casa, en un momento de asertividad la convenció de que era urgente identificar la adicción a las compras como una patología, asumirla como tal, localizar su origen y enfocar convenientemente la terapia adecuada. Camila era consciente de que se había casado con el típico psicólogo frustrado que termina de viajante, pero a pesar de todo le hizo caso y así fue como decidió buscar un terapeuta.

Una compañera de la oficina que acababa de superar una ligirofobia estacional motivada en parte por los conflictos del norte de África le ayudó a encontrar al profesional idóneo.

—A mí de momento me ha salvado —le contaba su compañera—. Ahora lo fundamental es no sufrir una recaída. Lo del yihadismo internacional no te creas que ayuda.

Y Camila se puso un vestido de verano y decidió visitar al terapeuta. Su amiga le había advertido que tuviera cuidado, que era joven y muy atractivo.

Desde el primer momento se dio cuenta de que aquel hombre intentaba seducirla,  lo percibió sobre todo por su forma de pronunciar la “l” de “Camila”, apoyando la lengua casi en el labio superior. ¿No tienen estos terapeutas una especie de juramento hipocrático, un código deontológico o algo así? El caso es que pasó a la acción a las primeras de cambio, y Camila, en vez de resistirse, como hubiera sido su proceder natural, se dejó llevar por un desenfreno que le pareció más que justificado en sus circunstancias mentales.

Cuando se despidieron, el terapeuta puso en la mano de Camila un vale de descuento para una próxima visita y le dijo al oído:

—La próxima semana ven a verme con el mismo vestido y con los mismos zapatos.

Anuncios

Deja un comentario, qué te cuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s