Humedad

Me había vestido como cualquier día, con pantalón vaquero y camiseta. Iba más bien tranquila, pedaleando con una elevada concentración en mi propia acción motriz, por lo que no prestaba mucha atención a los transeúntes que me salían al paso, bastante tenía ya con esquivarlos. Tampoco me inquietaba demasiado la posibilidad de lluvia. Dos años sin vernos era mucho tiempo. A veces la vida te separa de las cosas queridas y, a cambio, te regala dolencias pasajeras, a las que también se les toma cariño (cuando desaparecen). Como si estuviera escrito, se puso a llover. Y así fue que nos encontramos los dos empapados.

—La última vez que nos vimos también tenías el pelo mojado —le dije.
—Es verdad, y tú —respondió él.

Me pareció que iba a llorar, o que le había dado un brote de nostalgia, pero solo eran figuraciones mías. Porque me contó que estaba muy feliz, que había encontrado por fin lo que buscaba (aunque no llegué a enterarme bien de qué se trataba, algo relacionado con su propio ego, seguramente). Y me habló de viajes, y también de viajes interiores. Y casi me forzó a soltar la bicicleta y a entrar en un café mientras seguía contándome de su nueva etapa tan positiva. Y quiso besarme, y yo aparté la cara. Qué manía esta, de besuquearlo siempre todo.

Pero seguía lloviendo y no había forma de largarse. Era uno de esos días en que la humedad se apodera de la voluntad. Así que me quedé escuchándole largo rato. Lo cierto es que me apetecía su excéntrica conversación, lo reconozco, le había brotado espontáneamente ese lado cautivador tan fascinante, como mínimo de notable alto. Por un momento me dio por pensar que cualquiera que nos viera creería que éramos pareja. Todavía. No sé para qué mierda tuve que pedir la copa.

Será por eso que ahora cada vez que llueve me pongo como un robot de cocina (a saber qué habré querido decir con esto) y solo se me pasa desconectándome de la corriente, más que nada para prevenir las sobrecargas. Eso es lo que hago, pongo el botón en off y me desenchufo, por si acaso.

El otro día, en cambio, que hacía un bochorno húmedo de esos que desatan los anhelos escondidos, me dio por hacer gazpacho. Con el robot me sale un gazpacho insuperable, así que me serví un vaso bien fresquito y permanecí un rato mirando por la ventana mientras lo tomaba. De pronto se puso a llover y le vi aparecer caminando en medio de la lluvia. Era él otra vez. Y venía empapado.

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