Mover el culo o el economista

Después de quedarse sin empleo, el joven economista, en un impulso inopinado, agarra su vieja guitarra, un pequeño amplificador y decide probar fortuna como músico callejero.

La primera jornada le resulta sorprendentemente fructífera, eso le conduce a reproducir la experiencia en días sucesivos y comprueba con relativa excitación que no está tan mal eso de ganarse la vida en modo mendicante.

Al cabo de dos semanas ya está consolidado en la calle.

Tras verificar los primeros balances de ingresos, cae en la cuenta de que sería positivo poner en práctica alguna de las premisas teóricas que conoce gracias a su formación universitaria, con la finalidad de mejorar los resultados. Es entonces cuando concibe la idea de iniciar una recogida de datos.

Las primeras estadísticas son sencillas, se limitan a considerar variables como los días de la semana, las horas del día, la temperatura atmosférica o el repertorio musical.

Con estas mediciones elementales llega a conclusiones como que tocar la guitarra a las once de la noche un martes lluvioso con temperatura bajo cero en una calle solitaria no es la mejor opción para hacer una buena recaudación (sobre todo si tus máximos referentes artísticos son Leonard Cohen y Luis Aguilé).

Gracias al análisis estadístico logra mejorar el rendimiento de su jornada laboral con solo evitar las variables menos productivas.

Piensa el economista en la posibilidad de incrementar los beneficios de la actividad pedigüeña a través del enriquecimiento de sus estadísticas y en las jornadas posteriores se esmera en recabar una gama más amplia de factores, como la edad aproximada de las personas que echan dinero en su lata, el sexo, el grupo étnico e incluso la filiación política (verificable a través del estilismo y de la longitud de los paraguas). Adquiere también un pluviómetro casero.

Su jornada se complica por el hecho de usar técnicas como el análisis de frecuencia acumulada, que le obliga a interrumpir continuamente sus conciertos callejeros para poner crucecitas en un cuadrante, examinar la recaudación, anotar cantidades o inventar símbolos.

Al concluir varios períodos de muestreo y examinar con detalle los resultados, descubre con decepción que los beneficios no solo no han aumentado sino que incluso han decrecido ligeramente. Intuye que el mismo proceso de toma de datos dificulta su dedicación principal, que no es otra que tocar la guitarra. Ha llegado la hora de ampliar plantilla.

Así es como conoce a María Alejandra, una bailarina venezolana, a quien le ofrece la posibilidad de trabajar para él encargándose de recabar los datos a cambio de un 20% de la recaudación y un modesto almuerzo.

Qué desperdicio, endosarle a María Alejandra las estadísticas en vez de ponerla a mover el culo, que es lo que hace bien.

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