Dioses

A veces el tiempo se nos acomoda en las extremidades, y nos quedamos quietos como buscando el humo de un beso o el tacto de un espejo que nunca cruzamos.

Cada mañana, el ímpetu de nuestras manos intenta atrapar la textura de los sueños, pero el sosiego se va deshaciendo en trágicos latidos que nos devuelven a un mundo abrupto de vehículos mal aparcados.

Recordaremos la espera como un momento intenso de párpados caídos y, a pesar de todo, seguiremos tratando de comprender los gestos de los primeros viandantes, marcados por una castidad impuesta a base de yogures caducados y promesas rotas.

El mundo, al fin al cabo, se compone en su mayor parte de seres terriblemente opacos y arbitrarios, pero no hemos venido aquí a hablar de un mundo que nos sostiene y nos invita a cruzar los brazos, simplemente observamos a los supuestos congéneres desplazarse en cantidades algebraicas de secretos pálidos y muecas deficientemente perfumadas.

No es extraño, entonces, que algunos miren hacia arriba y piensen que quizá sea cierto eso de los dioses.

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