Mei-Yin llegó a mi bar ataviada con un bonito delantal de sumiller que le confería una gracia irresistible. Se ganó mi confianza desde el primer instante y pronto supe que le compraría cualquier cosa que ella se hubiera propuesto venderme. Hablaba un castellano impecable, tanto que su acento oriental incluso lo mejoraba. Era bella y elocuente y yo me estaba poniendo cada vez más… Era muy bella.
Empezó a ofrecerme vinos jóvenes, procedentes de unas bodegas hasta entonces para mí desconocidas. Luego me llevó a profundizar en los crianzas y en algún que otro reserva… Confieso que me sedujo más su forma de describirme los matices de aromas y sabores que la propia calidad del vino. El caso es que poco a poco me fui convirtiendo en cliente asiduo de las bodegas que representaba y a ella en mi proveedora habitual o, al menos, en la cara más hermosa de mi proveeduría. Era la encargada de hacerme visitas regulares para que mi ánimo no decayera.
Claro que con frecuencia también me enviaba a un par de chinos muy diligentes con un carrito cargado de cajas de vino que ellos mismos se tomaban la libertad de distribuirme por el local, eso sí, con bastante más desenvoltura y gracia de la que yo mismo suelo poner en estas labores. Eran chinos alternativos: se alternaban en sus visitas de reparto. Como me parecían unos chicos serviciales, y ya puestos, yo aprovechaba esas visitas para pedirles que me ordenaran un poco el bar, que a mí me cuesta mucho mover cajas. Yo es que tengo una lesión de espalda… Luego me pasaban la factura y sonreían agradecidos cuando les ponía en las manos los billetes de cincuenta euros sin olvidar una propinilla por la faena. Entonces les preguntaba por Mei-Yin y me respondían “Bien glasia”.
Cuando por fin ella se personaba en mi local para presentarme alguna novedad, solíamos charlar un rato entre cata y cata, aunque en realidad ella casi no bebía, quizás porque tenía que conducir, o quizás porque no estaba dispuesta a perder fácilmente los papeles. Esa era, por tanto, mi gran tarea pendiente: ¿lograría un hombre como yo, ya viejo y cansado, hacerle perder los papeles a Mei-Yin?
Una tarde apareció con un delantal distinto. Más bien se trataba de una falda delantal, entallada por encima de la cintura y complementada con un chaleco de color amarillo anaranjado que le realzaba los pequeños pechos. Qué morbo, madre. Había llegado más tarde que de costumbre y, a diferencia de otras veces, parecía no tener mucha prisa, como si con aquella visita finalizara su jornada. El amarillo puede ser también el color de la promesa escondida, y esta era una ocasión que no se podía dejar pasar. La invité a quedarse a cenar. Para mi sorpresa, ella aceptó.
Mei-Yin sabía comer con elegancia los chanquetes, una de nuestras especialidades. Me gustaba su forma de llevárselos a la boca con la puntita del tenedor, después de haberlos observado bizqueando un poco mientras humeaban. Luego los masticaba como solo una sumiller oriental es capaz de hacer, mirando al infinito, sin importarle en absoluto que los chanquetes no fueran auténticos. Su actitud ceremoniosa y abstraída era solo una parte de su inmenso atractivo.
Cuando terminó la cena le ofrecí un orujo de hierbas, que ella rechazó haciéndose la ofendida. A cambio me reclamó una copa de oporto de una marca que ella misma me suministraba. ¿Cómo no caí en la cuenta? ¡Qué estúpido! Le dije: “Mei-Yin, tú eres la que ha traído el sabor a mi humilde casa, has traído el sabor y la elegancia, mi deuda contigo no es una deuda económica, es una deuda de buen gusto, y eso solo se puede pagar con un beso”.
Ha pasado tiempo desde aquel día. No entiendo bien por qué, pero Mei-Yin ya no viene nunca a presentarme novedades. Siempre me envía a los chinos estos, uno de ellos es más bien bajito y con flequillo, el otro tampoco es excesivamente alto, y también lleva flequillo (en realidad, se parecen mucho). Mi único consuelo es que estos muchachos me lo dejan todo bien ordenadito. Ahora que lo pienso, es el orden perfecto.
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